«Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos».
Es por la mañana. Jesús camina con sus discípulos por una calle de Jerusalén. Juan (9,1-41) abre la escena con un encuentro inesperado: un hombre ciego de nacimiento. No es él quien habla primero. Son los discípulos. Miran a ese hombre y hacen la pregunta más antigua del mundo: ¿de quién es la culpa? «Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?». Quieren una explicación, una causa precisa. Jesús no entra en la lógica del tribunal. No busca un culpable. Solo dice que su condición es la premisa para que se manifiesten en él las obras de Dios. ¿Cuáles? Aumenta la expectación, el suspense. Algo está a punto de suceder.
Jesús se inclina, escupe, hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Es un gesto tosco, hecho de saliva y polvo. Nada sagrado. La luz de la escena cae sobre manos sucias y cuerpos reales. Jesús no tiene instrumentos de curación: toca. «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», le dice. El hombre se va. Todavía no ve el mundo mientras camina: ¿alguien lo acompaña? Vuelve viendo.
Esperaríamos alegría, asombro, sorpresa. En cambio, el relato cambia de tono. Ya no es la historia de una curación, sino la de una serie de interrogatorios. Los vecinos lo miran: «¿No es él el que estaba sentado pidiendo limosna?». Algunos dicen que sí, otros que no. Él insiste: «Soy yo».
Lo llevan ante los fariseos. Y aquí comienza la comedia de las interpretaciones. El problema no es que un hombre ahora vea, de hecho esto no parece interesar a nadie. El problema es que el gesto tuvo lugar en sábado. Y eso no se hace. Las reglas sustituyen a los ojos. «¿Cómo te abrió los ojos?», le preguntan. Él cuenta la escena, no sabe qué más hacer: «Me puso barro en los ojos, me lavé y ahora veo». Eso es todo. Es un hecho. No sabe nada más.
Entre los fariseos surge una división. Algunos dicen: este hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado. Otros replican: «¿Cómo puede un pecador hacer señales semejantes?». Es una discusión que gira sobre sí misma. Inútilmente. El ciego curado es interrogado de nuevo. «¿Tú qué dices de él?». Él responde: «Es un profeta».
La escena se complica aún más. Los jefes no confían. Convocan a los padres. Estos confirman que es su hijo y que era ciego: «Cómo ve ahora, no lo sabemos. Pregúntenle a él». La responsabilidad vuelve al hijo.
Segundo interrogatorio. Ahora el tono es más duro: «¡Da gloria a Dios! Sabemos que ese hombre es un pecador». El ex ciego no responde, no entra en la disputa: «Si soy pecador, no lo sé. Una cosa sé: era ciego y ahora veo». Sale de la teología y vuelve a la experiencia. La suya es una frase que podría estar en una página de Tolstói, donde la verdad no nace de un sistema, sino de una simple experiencia. El ciego insiste en que no tiene ni idea de por qué le ha pasado lo que le ha pasado. Sabe que ha pasado.
Los jefes insisten. No les interesa que vea: quieren el método, los detalles, la fórmula, la teología. Él, exasperado, responde: «Ya os lo he dicho y no me habéis escuchado». Añade con sutil ironía: «¿Quizás queréis vosotros también ser sus discípulos?». Es en esa ironía donde aparece su libertad. El resultado es inmediato: lo echan fuera.
Ahora el relato da su giro más fuerte. Jesús lo encuentra. No lo encuentra después de la curación, sino después de la expulsión.
Se reencuentran fuera, en la calle. El diálogo final es breve. Jesús le habla del Hijo del hombre. El hombre pregunta: «¿Quién es, para que crea en él?». Jesús responde: «Lo has visto».
A su alrededor permanecen los fariseos, que escuchan. Jesús concluye secamente: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos».