La sala de espera
Serie 'Reparación y memoria'
"A quienes, después de encontrar el valor para contar lo ocurrido, tuvieron todavía que aprender a esperar"
La espera empezó el día en que terminé.
Había enviado la documentación que me habían pedido. Comprobé el destinatario, los archivos adjuntos y la hora. Volví a comprobarlos. Todo estaba allí.
Durante meses había reconstruido una historia ocurrida hacía décadas. Había buscado documentos, fechas, nombres. Había abierto carpetas que llevaban demasiado tiempo cerradas y regresado a lugares de la memoria a los que uno no vuelve por gusto.
Siempre quedaba algo por hacer.
Una fecha que comprobar.
Un papel que encontrar.
Una pregunta que contestar.
Un nombre que confirmar.
Hasta aquel día.
Miré otra vez la pantalla.
Enviado.
Pensé:
Ahora les toca a ellos.
No sabía que acababa de entrar en una sala de espera.
Al principio no parecía una sala. No había sillas de plástico, ni revistas viejas, ni una puerta detrás de la cual alguien pudiera pronunciar mi nombre.
Había una casa.
Una mesa.
Un teléfono.
Y tiempo.
Sobre todo, tiempo.
Los primeros días todavía conservé la sensación de estar haciendo algo. Abría el correo. Comprobaba si había llegado alguna comunicación. Repasaba mentalmente lo enviado.
Después comprendí que no había nada que revisar.
Estaba todo.
Entonces empezó el teléfono.
Sonaba un número desconocido y durante unos segundos pensaba que podía ser la llamada. Contestaba.
Una compañía telefónica.
Otro día, un banco.
Otra vez, alguien que quería hacerme una encuesta.
Nunca había atendido con tanta rapidez a personas a las que no deseaba escuchar. Colgaba y dejaba el teléfono sobre la mesa.
Hasta la siguiente vez.
Durante aquellos meses todos los números desconocidos tuvieron, durante tres segundos, la posibilidad de cambiarme la vida.
Con el correo ocurrió algo parecido.
Lo abría por la mañana.
Nada.
Volvía a mirarlo al mediodía.
Nada.
Otra vez por la tarde.
Nada.
Llegué a revisar la carpeta de correo no deseado. Durante una temporada busqué allí una decisión sobre mi infancia entre ofertas de seguros, hoteles con descuento y mensajes de señores desconocidos que aseguraban querer regalarme varios millones de euros.
No estaba.
Cerraba el correo.
Y a veces, veinte minutos después, volvía a abrirlo.
Sabía que el teléfono me avisaría si llegaba un mensaje. Lo sabía perfectamente. Pero lo abría. Esperar tiene sus propias supersticiones.
Mientras tanto, la vida continuaba.
Eso es quizá lo más extraño.
Uno imagina la espera como una interrupción: alguien sentado mirando una puerta hasta que finalmente se abre.
No es así.
Se puede esperar mientras se desayuna.
Se puede esperar comprando pan.
Se puede esperar durante un paseo.
Se puede hablar de otra cosa.
Reírse incluso.
Descubrí que la espera no exige dedicación exclusiva. Le basta con acompañarte. Puede permanecer silenciosa durante horas y aparecer de pronto mientras uno hace cualquier cosa: ¿Habrán decidido ya?
Y vuelve a irse. Hasta la próxima vez.
De vez en cuando llegaba alguna comunicación. El expediente seguía su curso. El procedimiento continuaba.
Había trámites que cumplir, comprobaciones que realizar, personas que debían estudiar lo ocurrido. Lo comprendía.
También comprendía que una institución no puede medir el tiempo como lo mide quien espera una decisión sobre su propia vida.
El expediente tenía plazos.
Yo tenía días.
Para ellos podía haber una fecha administrativa.
Para mí había lunes.
Martes.
Miércoles.
Semanas que empezaban y terminaban. Meses que cambiaban en el calendario.
No eran tiempos enemigos.
Simplemente eran tiempos distintos.
Uno se medía.
El otro se vivía.
Algunas noches me despertaba.
Una vez miré el reloj.
Pasaban de las cuatro.
Cogí el teléfono de la mesilla. No había nada.
A aquellas horas sabía perfectamente que nadie iba a enviarme una resolución. Miré el teléfono de todas formas.
Después lo dejé otra vez junto a la cama. Nunca supe muy bien qué esperaba encontrar. Quizá nada.
Quizá solo comprobar que la puerta seguía cerrada.
En algún momento pregunté si necesitaban algo más de mí.
Me dijeron que no. Que estaba todo.
Está todo.
Deberían haber sido palabras tranquilizadoras. Lo eran, seguramente, para quien las pronunciaba. Para mí significaban otra cosa.
Mientras faltó un documento pude buscarlo.
Mientras faltó una fecha pude comprobarla.
Mientras hubo una pregunta pude responderla.
Mientras necesitaron un nombre pude encontrarlo.
Mientras me pidieron cosas tuve una tarea.
Cuando dejaron de pedirme cosas, solo tuve tiempo.
Había tardado muchos años en poder contar aquella historia con mis propias palabras. Después de hablar, otros tenían que leerla, comprobarla, valorarla y decidir.
No comparo ambas cosas.
Pero había una sensación antigua que regresaba de una forma distinta: otra vez una parte de mi vida estaba en manos de alguien que no era yo.
Y no podía hacer nada.
Solo esperar.
6
Un día llegó.
No hubo música.
No ocurrió nada especial en la calle.
El mundo no se detuvo.
Era una mañana cualquiera, en la misma casa.
La resolución era favorable.
Leí.
Volví a leer.
Habían reconocido mi condición de víctima.
Había imaginado muchas veces aquel momento. Nunca lo había imaginado así. Me quedé quieto.
A veces una noticia tarda en llegar al cuerpo incluso después de haber llegado a la pantalla.
Pensé en los documentos.
En las fechas.
En las preguntas.
En las noches.
En todos aquellos números desconocidos que durante tres segundos habían podido cambiarme la vida. Y comprendí algo que no había sabido formular mientras esperaba.
Durante aquellos meses no había esperado únicamente una resolución.
Había esperado algo que, traducido a mis propias palabras, significaba:
Basta.
Ya no tienes que demostrar nada más.
Aquello fue lo que más se pareció al alivio.
El pasado no desapareció.
Una resolución tampoco podía reparar lo irreparable.
Pero, por primera vez después de mucho tiempo, podía dejar de aportar pruebas sobre una historia que yo llevaba toda la vida conociendo.
El expediente había terminado.
Mi cuerpo tardó un poco más en enterarse.
Al día siguiente volví a abrir el correo con la misma atención de los meses anteriores. Solo después recordé que ya no esperaba nada.
Otro día sonó el teléfono. Un número desconocido. Lo cogí inmediatamente. Era alguien que quería venderme algo.
Esta vez sonreí.
El cuerpo tarda más que los expedientes en enterarse de que una espera ha terminado.
Y entonces pensé en las salas de espera. Todos conocemos alguna.
Sillas colocadas contra una pared.
Revistas que nadie lee.
Una puerta cerrada.
Una pantalla con números.
Personas que levantan la cabeza cada vez que alguien aparece.
La mía no había tenido nada de eso.
Había tenido una mesa.
Un teléfono.
Una bandeja de entrada.
Un calendario.
Una mesilla de madrugada.
Y una puerta que nadie podía ver.
Finalmente se abrió.
Hay salas de espera que no tienen paredes.
A veces una vida entera cabe dentro de ellas.
