San Agustín en León XIV: una voz antigua para un tiempo nuevo 

"Agustín contemplaba la vida humana como una navegación por un mar en tempestad hacia un puerto firme. León XIV lleva esa imagen hasta nuestro presente. Y pocas imágenes describen mejor nuestro tiempo"

San Agustín de Hipona
San Agustín de Hipona
Rafael Lazcano
28 ago 2026 - 03:59

Cada 28 de agosto, la Iglesia vuelve a san Agustín. Vuelve al hijo de santa Mónica, al retórico y filósofo, al convertido por la gracia, al teólogo y pastor, al obispo de Hipona, doctor de la Iglesia y padre de Occidente. Pero, sobre todo, vuelve a un hombre que convirtió su propia inquietud en camino hacia la verdad y descubrió, al término de una larga búsqueda, que la verdad tenía un rostro: Cristo.

El Papa reza ante las reliquias de san Agustín en Pavía
El Papa reza ante las reliquias de san Agustín en Pavía | RD/Captura

Y quizá sea precisamente por eso por lo que Agustín continúa hablándonos. Su grandeza intelectual no nació de la fría acumulación de conocimientos, sino de una experiencia profundamente humana: el corazón busca, desea, se inquieta, ama y solo encuentra descanso cuando alcanza aquello para lo que ha sido creado.

Agustín no es memoria de museo, sino presencia viva en las preguntas esenciales. Mientras el hombre siga preguntándose quién es, qué busca y para qué vive, la voz del africano universal seguirá encontrando un lugar en nuestro tiempo. 

Este 28 de agosto, la figura de León XIV, «hijo de San Agustín», permite contemplar esa herencia bajo una luz particularmente sugerente. En él, Agustín parece encontrar una voz contemporánea: una tradición espiritual que no se limita a conservar un legado, sino que lo convierte en criterio para leer el presente.

Interioridad, búsqueda de la verdad, amistad, comunión, servicio y discernimiento dejan así de ser conceptos pertenecientes a otra época para convertirse en respuestas ante algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la dignidad de la persona ante la inteligencia artificial, la soledad en una sociedad hiperconectada, las fracturas que amenazan la unidad y la necesidad de recuperar una autoridad concebida como servicio y orientada al bien de los demás. 

La verdadera tradición no encierra el pasado: abre el futuro

Agustín lo sabía: «Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas»: «No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad» (De la verdadera religión, XXXIX, 72).

Vivimos volcados hacia fuera, rodeados de estímulos que reclaman nuestra atención a cada instante; por eso estas palabras adquieren una fuerza casi profética. Disponemos de innumerables medios para salir de nosotros mismos: pantallas, redes, imágenes, datos, algoritmos, comunicación instantánea. Y, paradójicamente, tanta conexión puede dejarnos más expuestos al ruido, a la dispersión y a la dificultad de escuchar lo esencial. 

Imagen de San Agustín de Hipona, en la basílica de la ciudad natal argelina, orden que profesa León XIV
Imagen de San Agustín de Hipona, en la basílica de la ciudad natal argelina, orden que profesa León XIV

Por eso la interioridad adquiere hoy un significado nuevo: expresa la capacidad de permanecer en el mundo sin perdernos en él. El regreso al hombre interior nos conduce al lugar donde la conciencia escucha, la inteligencia discierne y la libertad responde. Desde esa profundidad nace una resistencia silenciosa frente a todo aquello que pretende reducir al ser humano a consumidor de estímulos, ejecutor de instrucciones o pieza intercambiable de sistemas cada vez más complejos.

Frente a una cultura que puede indicarnos continuamente qué mirar, qué comprar, qué pensar e incluso qué desear, la interioridad se convierte en una forma de libertad.

León XIV ha hablado de su propia vocación desde esta lógica del discernimiento. En Asís, el 6 de agosto de 2026, recordaba la necesidad de «aprender a conocerse a sí mismo, a tomar decisiones y a arriesgarse —es decir, a responder a la llamada del Señor—». Y añadía desde su propia experiencia: «El Señor nunca me ha abandonado: siempre me ha acompañado, regalándome incluso personas con quienes caminar juntos».

Conocerse, decidir, responder, caminar acompañado: casi una pequeña gramática de la vocación. La libertad alcanza su grandeza no cuando se contempla como autosuficiencia, sino cuando descubre que la existencia es también llamada, don, responsabilidad y entrega.

Aquí vuelve a aparecer la gran pregunta agustiniana: «¿Qué desea el hombre más profundamente que la verdad?» (Tratado sobre el Evangelio de san Juan, 26,5).

La pregunta resulta hoy especialmente provocadora. La inteligencia artificial multiplica nuestra capacidad de procesar información, reconocer patrones y producir respuestas. Las máquinas pueden hacer cada vez más cosas que antes considerábamos exclusivamente humanas. Y precisamente por eso la pregunta decisiva deja de ser cuánto puede hacer una máquina para convertirse en qué debe hacer el hombre con todo aquello que ahora puede hacer.

Hemos aprendido a producir respuestas a una velocidad extraordinaria. Ahora necesitamos recuperar la profundidad de las preguntas. Porque la inteligencia no alcanza su plenitud cuando puede hacerlo todo, sino cuando descubre para qué merece la pena hacer aquello que puede hacer. Ahí Agustín vuelve a resultar sorprendentemente actual: «Porque en Ti está la fuente de la vida; en Tu luz vemos la luz» (Confesiones, XIII,16). 

La inteligencia busca una luz que no puede producir por sí misma. El conocimiento se sostiene en una verdad que lo precede. La razón alcanza su verdadera grandeza cuando reconoce que la realidad no tiene su origen en ella. Por eso, el debate sobre la inteligencia artificial termina remitiendo a una cuestión mucho más antigua y profunda: el misterio del hombre. 

San Agustin Predicando IA
San Agustin Predicando IA

¿Qué significa ser humano cuando nuestras máquinas pueden realizar tareas que durante siglos consideramos expresiones de nuestra inteligencia? ¿Dónde reside la dignidad? ¿Qué lugar ocupa la conciencia? ¿Qué significa decidir, crear, amar? ¿Qué queda de específicamente humano cuando una máquina puede conversar, generar imágenes, analizar información o imitar determinadas formas de razonamiento?

La pregunta tecnológica termina reclamando una respuesta antropológica. Y la respuesta cristiana conduce a Cristo, porque en Él aparece revelada la verdad plena de lo humano. Humanizar la tecnología exige, antes que nada, profundizar en el misterio de la persona.

Una sociedad conectada en busca del encuentro

La persona, además, no existe aislada, sino que es relación. Y por eso la amistad ocupa un lugar tan significativo en esta herencia. León XIV recordaba el 2 de agosto de 2025: «Cuán difícil es encontrar una amistad auténtica». Evocaba al joven Agustín, que «no se conformó, no silenció el clamor de su corazón», porque buscaba «la verdad que no defrauda, la belleza que no pasa». Encontró a quien ya lo estaba buscando: Jesucristo.

Dice el Hiponense que «no hay amistad que sea fiel si no es en Cristo», y añade: «Ama verdaderamente al amigo quien ama a Dios en el amigo» (Sermón, 336,2). 

Nuestro tiempo conoce una paradoja singular: nunca hubo tanta conexión y nunca resultó tan valiosa la presencia. Las redes multiplican los contactos, pero la amistad reclama rostro y encuentro. Los mensajes recorren el mundo en segundos, pero el corazón sigue buscando una palabra cercana, una escucha verdadera, una presencia fiel. 

La comunicación transmite información. La amistad entrega presencia. Y esa diferencia es decisiva. El hombre necesita rostro, reciprocidad, gratuidad y fidelidad. Busca a alguien ante quien pueda dejar de representarse, alguien delante de quien no tenga que construir permanentemente una versión de sí mismo. 

La cultura de los perfiles, las imágenes y la exposición permanente hace todavía más valiosa una amistad capaz de devolver a la persona algo elemental: el derecho a ser conocida sin tener que exhibirse. 

In illo uno unum
In illo uno unum

La unidad: no borrar las diferencias, las reconcilia

Desde ahí se comprende también su insistencia en la unidad. In Illo uno unum: «En Aquel uno, somos uno». Es el lema episcopal de León XIV, tomado de san Agustín, y expresa una de las convicciones centrales de esta tradición: también nosotros, aun siendo muchos, «en Aquel uno —o sea en Cristo—, somos uno» (Comentario a los Salmos, 127,3). «La unidad ha sido siempre una constante en mí», afirmó el papa Prevost.

Allí donde la diferencia amenaza con convertirse en frontera, esta pequeña frase abre una perspectiva distinta: la unidad cristiana no consiste en uniformar, sino en encontrar en la comunión la plenitud de la diversidad. Agustín no elimina a los muchos para fabricar un uno abstracto, sino que los conduce hacia Cristo. Conserva los rostros, las historias y los dones, y los reúne en una pertenencia más profunda. Por eso la unidad exige caridad. El propio Hiponense se pregunta: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Comentario sobre la I Carta de San Juan, 2,3).

No rasgar. La expresión merece quedarse entre nosotros. Hay palabras que rasgan, juicios que rasgan, ambiciones que rasgan, silencios que rasgan. También hay trincheras culturales, ideológicas y personales que convierten al otro en enemigo antes incluso de haberlo escuchado. Frente a esa lógica de la fractura, Agustín propone la caridad como fuerza de recomposición: «Ojalá —decía san Agustín— que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Sermón, 354,6,6).

La caridad no es un adorno de la verdad: le da un rostro. Impide que la verdad se convierta en un instrumento de juicio, exclusión o enfrentamiento, y que la identidad termine convertida en frontera. Hace posible una unidad que no necesita borrar las diferencias para preservar la comunión. Ahí se encuentra una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo: aprender a permanecer unidos sin exigirnos ser iguales. La verdadera comunión acoge las diferencias, reconoce en ellas una riqueza y las pone al servicio de un vínculo más profundo, sostenido por la caridad. 

La autoridad que se arrodilla ante el servicio

La caridad alcanza también la autoridad. «Nos ponen en un cargo y somos siervos; tenemos autoridad, pero solo si servimos» (San Agustín, Sermo Morin Guelferbytanus, 32,3). Pocas frases contienen una concepción tan exigente del poder. La autoridad cristiana nace de una responsabilidad recibida. El cargo no pertenece a quien lo ocupa: reclama su tiempo, su inteligencia y su corazón para el bien de aquellos que le han sido confiados.

El obispo de Hipona lo llamó amoris officium, el oficio del amor. De ahí la humildad como fundamento: «¿Quieres ser grande? Comienza por lo ínfimo. ¿Pretendes cons­truir un edificio grande y elevado? Piensa primero en el cimiento de la humil­dad» (Sermón 69,2). Cuanto más alto el edificio, más hondos deben ser los cimientos.

San Agustín
San Agustín

La autoridad necesita raíces; la Iglesia, profundidad; y quien recibe una responsabilidad mayor ha de recordar que ninguna altura dispensa del servicio. Allí donde el poder tiende a medirse por la visibilidad, la influencia o la capacidad de imponer la propia voluntad, esta concepción adquiere un marcado carácter contracultural. Para Agustín, mandar no significa elevarse por encima de los demás, sino cargar con ellos. La verdadera autoridad no se mide por cuántos obedecen, sino por cuántos pueden crecer gracias a ella. 

Aprender a navegar

Desde esa hondura se comprende la imagen agustiniana de la navegación, recuperada por León XIV en Salina, Lampedusa (Italia), el 4 de julio de 2026: «No nos dejemos vencer por el miedo, sino consideremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio».

Agustín contemplaba la vida humana como una navegación por un mar en tempestad hacia un puerto firme. León XIV lleva esa imagen hasta nuestro presente. Y pocas imágenes describen mejor nuestro tiempo.

Vivimos entre guerras, fracturas, incertidumbres y transformaciones vertiginosas. La revolución tecnológica abre posibilidades inmensas y riesgos igualmente profundos. Las sociedades cambian a una velocidad que dificulta incluso comprender aquello que está cambiando. El futuro ya no aparece simplemente como algo que llegará: entra continuamente en el presente y nos obliga a aprender de nuevo.

Pero la respuesta cristiana no necesita negar la tormenta, sino aprender a navegarla. La fe ofrece dirección. La esperanza mantiene el rumbo. La caridad sostiene la travesía. No se trata de vivir sin incertidumbre, sino de no permitir que la incertidumbre determine quiénes somos.

Y entonces irrumpe otra frase de Agustín que parece escrita para un tiempo que todavía no conocemos: «Ama lo que serás» (Sermón, 216,8). En ella late una verdadera filosofía de la esperanza. El hombre no queda encerrado en lo que ya ha sido. La gracia trabaja en lo que todavía puede llegar a ser. También la Iglesia recibe el futuro no como una amenaza, sino como una llamada.

La tradición que abre el futuro

La tradición agustiniana permite mirar hacia delante sin perder las raíces. En León XIV, la herencia de Agustín se proyecta sobre los grandes desafíos del presente: una inteligencia capaz de dialogar con la revolución tecnológica, una espiritualidad capaz de atravesar la soledad contemporánea, una pasión por la unidad capaz de responder a la fragmentación y una comprensión del poder capaz de devolver al servicio toda su dignidad.

«Exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz» (Confesiones, X, 27,38). Aquí la arquitectura intelectual de Agustín alcanza su centro: la verdad pensada se convierte en verdad amada; la belleza despierta el deseo; el deseo conduce a Dios; y el encuentro transforma la existencia. No hay en él una inteligencia separada de la vida, ni una búsqueda de la verdad que permanezca al margen del corazón. Todo conocimiento auténtico termina abriendo un camino hacia el encuentro.

San Agustín y santa Mónica
San Agustín y santa Mónica

En León XIV, esa herencia se hace camino para el presente: una inteligencia que busca la verdad, una verdad que conduce a Cristo, un Cristo que conduce al hermano y una caridad capaz de reunir lo que la historia fragmenta. Así, la tradición agustiniana no mira hacia atrás con nostalgia, sino hacia delante con esperanza.

La grandeza de Agustín atraviesa los siglos porque mantiene despiertas las preguntas esenciales del corazón humano. Su voz nos invita a mirar nuestro tiempo con una inteligencia más profunda, una libertad más consciente y una mirada capaz de poner cada avance tecnológico, cada decisión política y cada transformación cultural al servicio de la persona. Las raíces, cuando permanecen vivas, no nos atan al pasado: nos dan la fuerza necesaria para abrir el futuro.

Un corazón despierto para un tiempo nuevo

Celebrar a san Agustín el 28 de agosto significa mucho más que volver la mirada hacia una figura excepcional del pasado. Significa reconocer una herencia viva y dejar que su luz alcance nuestro presente. Su inquietud despierta nuestra inteligencia; su búsqueda ensancha nuestra mirada; su amor a la verdad purifica nuestros deseos; su encuentro con Cristo fortalece nuestros pasos.

Que esa herencia nos encuentre despiertos, libres y disponibles. Que nuestra inteligencia discierna con hondura, que nuestra palabra construya comunión, que nuestra amistad venza la soledad, y que nuestra esperanza abra caminos allí donde otros solo perciben incertidumbre.

Este es nuestro tiempo. Y esta es también nuestra responsabilidad. Recibamos el mundo que llega con una inteligencia iluminada por la verdad, un corazón ensanchado por la caridad y una esperanza capaz de mirar más lejos. Hagamos de la tecnología un instrumento al servicio de la persona, de la diversidad una riqueza compartida, de la responsabilidad una entrega y de la Iglesia una casa donde muchos puedan reconocerse hermanos.

San Agustín nos ofrece una mirada que trasciende su tiempo. León XIV recoge esa mirada y la proyecta hacia nuestro tiempo. Celebremos, pues, una tradición que no envejece, porque sigue despertando preguntas, generando encuentro y abriendo horizontes.

Que su voz antigua despierte en nosotros una pasión nueva: la pasión por la verdad, la alegría del encuentro, la fuerza de la unidad y la audacia de la esperanza. Que nuestro tiempo encuentre en esa herencia una luz para discernir, un camino para avanzar y un motivo para confiar.

'San Agustín meditando sobre el misterio de la Santísima Trinidad'
'San Agustín meditando sobre el misterio de la Santísima Trinidad'

La profecía comienza cuando la verdad despierta la inteligencia, la caridad ensancha el corazón y la esperanza abre el futuro. San Agustín sigue vivo entre nosotros cuando su mirada ilumina nuestro presente y su pasión por Cristo dilata nuestro horizonte. Con él, miremos el mundo que llega con los ojos de Cristo: La inteligencia despierta, el corazón abierto y la esperanza encendida, siempre en marcha. 

¡Feliz día de San Agustín!

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