Hazte socio/a
Última hora:
Oficial: el Papa se reunirá con víctimas de abusos

Santidad, España le recibe con esperanza: ayúdenos a ser Iglesia de puertas abiertas

Lectores, socios y colaboradores de Religion Digital le recibimos con el corazón abierto y con la memoria despierta

"Háganos ver, Santo Padre, que la primavera de Francisco no fue un paréntesis en la historia de la Iglesia, como algunos querrían. Que lo que el Papa argentino abrió con tanta fuerza evangélica no puede quedar reducido a un recuerdo bonito, a una tormenta de verano o a una moda pasajera. Que su legado sigue vivo y fecundo"

Bienvenido, Santidad

Santidad, bienvenido a España. En nombre de los lectores, socios y colaboradores de Religion Digital, le recibimos con el corazón abierto y con la memoria despierta, porque usted no llega a una tierra extraña, sino a un país que conoce bien, tras haberlo recorrido varias veces como superior general de los agustinos.

Aquí dejó pasos, conversaciones, fraternidades y, seguramente, una comprensión más honda de lo que significa ser Iglesia en un país de hondas raíces humanas, históricas y espirituales. España no es un decorado. Es una tierra de santos y místicos, de altísimas cumbres espirituales y también de sombras muy profundas, de luz y de barro, de grandeza y de heridas.

Bienvenido a España, Santidad

Por eso su visita -y su palabra, y su sola presencia- tendrá un eco especial. Porque España necesita no solo al Papa, sino al pastor que ayude a reconciliar lo que hoy parece roto. Necesitamos una voz que teja consensos donde otros solo siembran trincheras; una voz que nos saque de la polarización, del ruido y de la tentación de convertir la fe en arma arrojadiza.

Usted, Santidad, puede ayudarnos a recordar que la Iglesia no está para dividir, sino para juntar; no para bendecir bandos, sino para abrir caminos.

Una Iglesia en camino

Háganos ver, Santo Padre, que la primavera de Francisco no fue un paréntesis en la historia de la Iglesia, como algunos querrían. Que lo que el Papa argentino abrió con tanta fuerza evangélica no puede quedar reducido a un recuerdo bonito, a una tormenta de verano o a una moda pasajera. Que su legado sigue vivo y fecundo.

España necesita seguir siendo Iglesia en salida, hospital de campaña, samaritana y acogedora; una Iglesia que no se repliegue sobre sí misma, sino que salga al encuentro de todos, especialmente de los emigrantes que hoy llaman a nuestra puerta, como nosotros mismos llamamos a tantas otras puertas de otros muchos países a lo largo de nuestra historia.

Que no nos falte, Santidad, esa palabra que reconcilia fe y calle, altar y periferia, doctrina y compasión. Porque demasiadas veces la Iglesia en España fue más madrastra que madre. Demasiadas veces se mostró rígida, defensiva, dueña de la verdad y no servidora del Evangelio.

Usted puede ayudarnos a mirar ese pasado sin máscaras y sin miedo, para que la Iglesia española aprenda de una vez que la autoridad no se impone con el ‘martillo de herejes’ de otras épocas, sino con la mansedumbre del servicio y la credibilidad del testimonio.

Papa FRancisco y la primavera sinodal

Humildad y verdad

Díganos, Santo Padre, que una Iglesia humilde no es una Iglesia débil. Que reconocer sus errores, sus pecados y también sus delitos no la empequeñece, sino que la purifica. Que la verdad no destruye a la Iglesia, sino que la salva. Y que entre esas verdades que no podemos seguir escondiendo están los abusos del clero, una herida abierta que ha causado tanto dolor y tanta vergüenza.

Solo una Iglesia que se deja interpelar por el sufrimiento de las víctimas puede volver a ser creíble. Solo una Iglesia que hace justicia y practica la reparación puede volver a hablar en nombre del Dios de los pequeños.

La Iglesia española necesita una palabra que no suene a autoprotección, sino a conversión. Una palabra que devuelva a los descartados el lugar que nunca debieron perder. Porque el potencial de la Iglesia no está en su poder social ni en sus estructuras, sino en su capacidad de servir, de amar y de ponerse al lado de quienes no cuentan. Ahí se juega hoy nuestra credibilidad social y, sobre todo, nuestra fidelidad al Evangelio.

Levadura y esperanza

Santidad, aunque los católicos españoles seamos cada vez menos, ayúdenos a entender que estamos llamados a ser levadura y no masa. Que la fecundidad cristiana no depende del número, sino de la calidad del testimonio. Que una comunidad pequeña puede ser inmensa si ama de verdad. Y que lo fundamental es que, cuando la gente nos mire, pueda decir de nosotros aquello que susurraban de los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”. No hay mejor evangelización que esa. No hay mejor apologética que una fraternidad visible, humilde y limpia.

Bienvenido, Santidad

España necesita una gran inyección de esperanza. Porque está cansada, dividida, a menudo desconfiada de sí misma. Y usted, Santidad, puede recordarnos que la paz no es un lujo, sino una tarea; que la esperanza no es ingenuidad, sino resistencia; y que la reconciliación no nace de olvidar, sino de sanar.

Por eso su voz, en un mundo desgarrado por guerras internas y externas, tiene un valor inmenso. No en vano llega usted como adalid de la paz en un pueblo que la ama, porque ha conocido también sus propias tragedias bélicas y sus heridas históricas.

Un Papa cercano

Aquí recibirá, Santidad, cariño, devoción y admiración. También gratitud. Porque España sabe reconocer a quien habla con autoridad moral auténtica. Y usted la tiene. No solo como sucesor de Pedro, sino como hombre capaz de plantar cara al poder cuando se vuelve arrogante, alzar la voz por los débiles y recordar al mundo que ninguna ideología, ningún imperio y ningún presidente están por encima de la dignidad humana. En tiempos de Trump, Netanyahu, Putin y de tantos otros emperadores de Occidente, su palabra puede ser una referencia ética de primera magnitud, pero no permita que los políticos la instrumentalicen.

Además, muchos españoles le sienten cercano, porque su segundo apellido ‘Martínez’, el apellido materno, lo hace nuestro.  Usted lleva en sus venas parte de nuestra sangre, y eso aquí no es un dato menor. Hay una emoción legítima en reconocer como propio a un Papa que es uno de los nuestros y conoce nuestras tierras, nuestra historia y nuestras contradicciones.

Pero la cercanía no nace solo de la biografía. Nace también de una intuición compartida: la de que la Iglesia debe volver a ser buena noticia, casa abierta, mesa de hermanos, abrazo limpio.

Bienvenido, Santidad

Bendiga a España

Santidad, bendiga a nuestra España. Bendiga a esta Iglesia que quiere ser más humilde, más samaritana, más pobre y más fiel al Evangelio. Bendiga a sus obispos, a sus curas, a sus religiosos y religiosas, a sus laicos comprometidos, a sus jóvenes en búsqueda, a sus migrantes, a sus mayores, a sus familias heridas y a sus comunidades cansadas pero todavía vivas. Bendiga a esta tierra que ha dado tanto a la Iglesia y que quiere seguir dando, si se le ayuda a respirar en libertad y en verdad.

Y ayúdenos, por favor, a no perder la esperanza. A creer que otra Iglesia es posible y que otro país también lo es. Una Iglesia menos pendiente de sí misma y más atenta al mundo. Un país menos crispado y más fraterno. Una comunidad cristiana que no tenga miedo de pedir perdón, de amar sin condiciones y de servir sin reservas.

Eso le pedimos hoy, Santo Padre: que nos confirme en la fe, sí, pero también en la misericordia; que nos ayude a reconciliarnos con nuestro mejor futuro; y que, al pasar por España, deje en nosotros la huella de un Evangelio que no divide, sino que abraza.

Papa en España

También te puede interesar

Lectores, socios y colaboradores de Religion Digital le recibimos con el corazón abierto y con la memoria despierta

Santidad, España le recibe con esperanza: ayúdenos a ser Iglesia de puertas abiertas

Lo último