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Plegarias no escuchadas

"En el reino de Dios 'no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino solo dignidad, comprensión y perdón', por lo cual ¡basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!"

Plegarias
Plegarias
Enzo Solari
03 ago 2026 - 08:28

1. Escuchar la voz de alguien, lo recordaba hace poco más de un año, es la definición de literatura que hacía suya el papa anterior, recién muerto entonces, tal como Vargas Llosa. Ahora, y tras cumplirse 40 años de la muerte de Borges, al que ambos admiraron ostensiblemente, es posible enlazar (sin incompatibilidad ninguna) el aprecio del nuevo papa por el silencio sutil y el rumor suave (más que por el lenguaje atronador) que allí terminaba saludando, con su catarata de declaraciones que, en vena profética, anatematizan con dureza la falsa religión de aquellos que tienen manchadas sus manos con sangre, cuya plegaria YHWH (יהוה) no escucha. 

Y de hacerlo dando un rodeo similar, aunque más amplio, que el que brevemente realicé allí: el de reparar en ciertos decires de creyentes chilenos de facción girondina, ánimo impaciente, pálido amor literario por Borges y Varguitas (y gustos cinematográficos de lo más ofendidos –que conste su reacción censuradora ante La última tentación de Cristo de Scorsese, cineasta no solo apreciado por Francisco, sino cuya veta teológica es a estas alturas comparable a la de neorrealistas italianos y otros cineastas nórdicos, rusos, franceses). Veámoslo.

2. Enfático viene siendo el juicio de parte de no pocos ciudadanos e intelectuales acerca del estallido de 2019. Sería, este, un evento fundamentalmente delincuencial. Los ciudadanos, erigiendo protestas de lo más atendibles, habrían caído en pasiva complicidad, la de una massa damnata aprovechable por parte de grupos ariscos y violentos, verdaderos protagonistas de esos meses, y que lejos de la ciudadanía responsable por actos pasados han de ser tratados como enemigos que por su peligrosidad hay que controlar penal y securitariamente también hacia adelante. Aquel octubre fue teledirigido partisanamente, si bien a través de canales aún desconocidos, y echó a andar dinámicas nihilistas. Y fue justificado por el octubrismo chileno, plagado de intelectuales afines al wokismo global y pirómanos.

Octubrismo chileno
Octubrismo chileno

Ante tal énfasis, en cambio y paralelamente, tímido había sido entre nos el juicio específicamente cristiano acerca de la administración trumpista y sus parientes. Lo que no deja de llamar la atención. Sobre todo por el insoslayable nacionalismo cristiano del original. Cuya confesionalidad se despliega urbi et orbi a través del católico vicepresidente, el cristiano reconstruccionista secretario de guerra y el mismísimo presidente antes presbiteriano, ahora cristiano no denominacional (y que leyera, en una cadena bíblica, 2 Crón 7,11-22). La timidez de este otro juicio resulta teológicamente llamativa. Porque en el fenómeno referido se combina tal autocomprensión confesional con belicismo digitalizado y neomercantislismo caprichosamente proteccionista. También con oscura ilustración, batalla cultural cuasigramsciana y posliberalismo católico y evangelista. Con frenesí por la inteligencia artificial (IA) de las grandes oligarquías tecnológicas (Silicon Valley, Shenzhen, Hangzhou) y tectónica disputa global por la hegemonía entre EE.UU. y China. Sin olvidar que símiles y original suelen agruparse dentro de los gobiernos y movimientos que forman parte de la cuarta oleada ultraderechista populista o extrema (con inicio fechable en torno al año 2000, según la calendarización de Mudde). 

3. Se puede advertir, con alguna excepción, que en Chile las voces cristianas habituales en medios y redes son las de derechas cristianas o, si se quiere, de cristianos conservadores. Bien por ellas/os, diría yo. Allí están, gozan de todo el derecho del mundo a expresarse con libertad, ¡viva la diferencia! Pero, agregaría, brilla por su ausencia entre nosotros el pluralismo cristiano en el espacio público, una amplia y diversa opinión pública formada por las iglesias cristianas. Como asimismo se echa en falta la conciencia de que la diversidad tiene bordes, de que hay prácticas, políticas, creencias intolerables, inaceptables desde la perspectiva de la fe en Jesús de Nazaret. Aun y así, siendo amplias y variadas las posibilidades creyentes, en materias candentes como la del trumpismo originario y afín campean más bien cristianismos poco plurales. Esos que reclaman por intolerancia a su alrededor, pero cuyo propio ejercicio de la tolerancia es deficitario. 

Precisamente tales cristianismos son los que se habían mantenido silentes o, si acaso, parcos sobre las derivas de la política al estilo trumpista. Aunque sí han alzado de vez en cuando la voz –y engrosado el número de la fanaticada local de la IA made in USA- comentando que Chile tiene que elegir a los EE.UU., pese a Trump y Maga, por valores compartidos aún existentes. Y alinearse sin dudarlo con “las naciones que promueven la libertad y la democracia”. Y pararse contra la dictadura china de partido único, aunque el comercio con la superpotencia oriental sea voluminoso. ¿Se habrán hecho desde semejantes teologías políticas nacionales soterrados comentarios, en voz baja, abrazando por necesidad cierto ‘desuso público de la razón’, en el sentido de que Maga, La libertad avanza y otras especies del mismo tronco serían, tal como es frecuente oírlo en la gran nación del norte, las valedoras o salvadoras de la civilización occidental?

4. Ahora bien, a partir de la última campaña presidencial chilena la timidez mudó en locuacidad. Porque desde entonces apareció una franca molestia ante el tratamiento del nuevo conservadurismo local como derecha ultra, radical o populista. La inflexión, con voces sonoras, generosamente reproducidas, denuncia que la campaña académico-mediática contra la nueva derecha es poco perspicaz, así como sintomática acerca de la pobreza analítica y el elevado activismo de las ciencias sociales chilenas (cosa que “debería preocupar, al menos, a las autoridades universitarias”, se ha añadido). Quienes hacen la denuncia, no reconociéndose activistas (pese a ser tan académico-mediáticos como sus adversarios), acusan a la izquierda universitaria y periodística de hacer uso antojadizo, poco cognoscitivo, altamente emotivo, del epíteto ultraderecha. Prefieren -es público y notorio- motes como nueva derecha, neoconservadurismo. 

En cambio, arguyen que identificar ultraderecha y conservadurismo implicaría achacar a posturas neoconservadoras, como la que defiende la penalización del aborto, un radicalismo comparable al de “quien intenta desmantelar las instituciones democráticas”. Lo cual se acompañaría de un tufillo cancelador, porque las derechas en el poder dejan de ser entonces interlocutores con los cuales negociar o dialogar, pasando a ser enemigos a los que resistir y bloquear. El peligro obvio, se concluye, es una autocomplacencia severa de las izquierdas respecto de su trayectoria termocéfala, democráticamente riesgosa, como ocurriera en la convención constitucional y en su oposición desleal y destructiva al gobierno de la época.

5. Al silencio, pues, ha seguido cierto escándalo. Pero, advino un nuevo tono menor. Lenta, en efecto, casi callada, ha sido la digestión local del enfrentamiento del papa romano con el inquilino de la Casa Blanca, sus bandazos guerreros, su alianza con los tecnooligarcas de la IA sita en EE.UU., sin preterir sus afinidades electivas con catolicismos y evangelismos winners, beligerantes, nacionalistas y tradicionalistas. Un choque de aquellos, ante el que los analistas locales casi brillaron por su ausencia hasta no hace mucho. Aunque se notan ya, nobleza obliga, signos de resquebrajamiento de ese silencio espeso, algunos actos de habla debidos a las públicas desmesuras del presidente contra el papa al que detesta por liberal y progre. Y es que algunos analistas, en el mundo restringido que estoy describiendo, han esbozado una estrategia discursiva que abandona el trumpismo craso y acrítico. Las manifestaciones antipapales, han dicho, no hacen más que profundizar los defectos del que ejerce el poder (y sus tentaciones). Incluso Simone Weil, non sancta de la devoción conservadora, es recordada: “hay que estar siempre dispuesto a cambiar de bando, como la justicia, esa eterna fugitiva del campo de los vencedores”. Según los opinantes privilegiados a los que me refiero, es saludable recordarle a Trump lo mismo que a los emperadores que “intentaron deificarse a sí mismos en clave pagana”, como a todos los poderosos de este mundo: que su autoridad proviene de Dios –es prestada-, que su límite son los mandamientos divinos, que el poder temporal no tiene derecho a desafiar a Dios. 

José Antonio Kast, presidente de la República de Chile
José Antonio Kast, presidente de la República de Chile | Javier Torres, Efe

Si se me permite, yo lo pondría de otra forma. Los poderosos de este mundo nunca tienen autoridad recibida de Dios, son más bien sus usurpadores, suplantadores del gozoso reinado anunciado y encarnado. Porque solo hay un Rey, está sentado a la diestra del Padre, es un cordero pacífico, y comparte la mesa con pobres y pecadores. Sin embargo, neoconservadores chilenos todavía denuncian el pacifismo y defienden a brazo partido la doctrina tradicional (agustiniana, tomista, canónica) de la guerra justa. Así como enarbolan el derecho penal del enemigo, no tanto al modo (fino y ambiguo) del famoso penalista de Bonn, sino más bien de la manera apenas discernible del punitivismo penal característico de las derechas duras, no cobardes. Es el recurso al derecho penal y procesal penal que alguna nostalgia guarda de la pena capital, así como de la extensión (e intensidad) de las cárceles, que suele reaccionar con tanta diferencia ante la criminalidad protagonizada por pobres y ante la vestida con cuello y corbata. Y que, con marcas de clase, distingue la ciudadanía exigente o excluyente -basada en derechos y deberes recíprocos, conjuntos- del delincuente severo, recalcitrante, “que deja de ser ciudadano”, que ha de “ser administrado por el Estado según su peligrosidad, y no según su responsabilidad”.

6. A mi manera de ver, esas voces que han defendido la guerra justa (frente al -a su juicio equivocado- pacifismo) tienen que encarar minuciosamente Magnifica humanitas (MH), tan leída por moros y cristianos, que entre otras cosas recuerda que en estos tiempos “[…] la guerra no solo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo”. Porque esta es una época en la que “[…] se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso ‘limpia’”. Sin embargo, “el recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles”. Por ello, nótese, es por lo que “[…] hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto”. MH recuerda en este punto a Francisco y al mismo catecismo católico: “de hecho, en las últimas décadas todas las guerras han sido pretendidamente ‘justificadas’”, mientras que “la posibilidad de una legítima defensa mediante la fuerza militar […] supone demostrar que se den algunas ‘condiciones rigurosas de legitimidad moral’”. Por lo mismo, aquí hay un lamento muy específico por cuán “fácilmente se cae en una interpretación demasiado amplia de este posible derecho”, justificándose “indebidamente aun ataques ‘preventivos’ o acciones bélicas que difícilmente no entrañan ‘males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar’” (MH, 192). 

De todo ello, creo, brotan preguntas genuinas e inevitables para las voces que pueblan redes y medios de una sola sección del cristianismo chileno: ¿qué significa que haya que superar la teoría de la guerra justa? ¿Convendría también repensar la defensa (aun estrictísima) de la legítima defensa que hace la doctrina eclesiástica tradicional? ¿Y qué decir de las alusiones leoninas a Luther King Jr., a Mandela, a Oscar Romero, a Enrique Angelelli, a Gandalf, el mago blanco: “no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir” (MH, 213)?

7. Sea de ello lo que fuere, parece un deber para los de la fe no domiciliados en el neoconservadurismo entrar y enriquecer el debate local sobre las propias nuevas derechas, IA, guerra justa, pacifismo, otras criminalidades, cristianismo. Así, por ejemplo, dándole la bienvenida a la tesis, enarbolada por conservadores chilenos, según la cual el estado liberal-democrático moderno es insuficiente, porque supone (y no puede garantizar por sí solo) unos fundamentos comunitarios que dependen de tradiciones o “recursos espirituales” como los cristianos. Pero, recordando que esta tesis no es solo de un católico socialista, sino que alguna conexión puede tener precisamente con filosofías y teorías políticas que las derechas duras de hoy suelen rechazar, cuando no execrar, por izquierdistas. Claro, el cristianismo trajo la compasión al mundo, su piedra de toque es la cruz, y el victimismo es una perversión de las víctimas reales (una parodia que degrada la cruz y la compasión, que deforma “una idea cristiana” y no podría “haber surgido en otro suelo”). Yo pienso que una mejor conversación no exageraría con el victimismo, que, tóxico y todo, es más bien pálido epifenómeno al lado de los más eficaces victimarios de este mundo, concentradísimos poderes digitales, financieros, militares, comunicacionales e ideológicos a los cuales ha estado señalando el papa actual. 

Manipulación
Manipulación

Enseguida, frente al escaso recurso entre creyentes conservadores a “El cuento de la criada”, de M. Atwood, cabría saludar las argumentaciones atrevidas que lo usan para ilustrar el inquietante “abuso de la religión”, la manipulación religiosa y del nombre de Dios que sirve a intereses militares, económicos y políticos, como hoy por hoy hacen no solo Irán y la Rusia de Putin, sino también el gobierno de los EE.UU. Por lo mismo, es digna de celebrarse la reciente estrategia papal que muestra que “el contrapeso más poderoso [corregiría: más incisivo] no siempre es el más ruidoso”. Porque “la persona concreta, irreducible a su utilidad económica o a su estatus migratorio”, es parte de un vocabulario político hoy desplazado, pero que merece la pena defender a tiempo y destiempo, si es que “el ser humano vale por lo que es, no por lo que produce ni por el pasaporte que carga”. Igualmente bien le vendrían a nuestra conversación afirmaciones kantianas sumamente precisas (hasta en el Financial Times) como que la guerra contra Irán ha ayudado a que el negociador en jefe aprenda que no todos tienen un precio. 

8. En parejo sentido, así como perfilaría con cuidado la bravuconería ‘sin filtros’ de la cretinizada política profesional ex more, señalaría que parecida rusticidad a veces tratan de emular los nuevos girondinos más bisoños. La ira, cuando es vengativa, es mala consejera intelectual, habría que decir al académico reaccionario impaciente, que tal vez peque por falta de experiencia, juvenilidad, como decía Sinesio de Cirene en su Elogio de la calvicie (17): “a un joven es natural, pienso, que la cabeza le rebose de pelos y el corazón de ira. Pero, lo mismo que en el caso de Aquiles no es digna de alabanza la ira en el alma, así tampoco lo es, entre las cosas admirables, el cabello en el cuerpo”. 

No es aconsejable confundir esta franqueza tosca con la otra, la παρρησία, como hiciera la autora de Mere civility durante la campaña presidencial de 2024, al decir que el hombre naranja posee “una habilidad especial para la parresía a través de las redes sociales que rivaliza con el dominio que Lutero tenía de la imprenta”. A mi juicio, y como ella misma ha terminado por reconocer, tal no es estricta parresía, ya que con sus dichos y gestos el presidente electo con 312 votos electorales y por 77.237.942 millones de estadunidenses no se ha jugado su pellejo (salvo indirectamente, por habitar un país donde la tenencia indiscriminada de armas casi garantiza ataques o atentados como los que ha sufrido). Tampoco pretende convencer a nadie, sino más bien dirigirse impaciente y controladoramente a su propia tribu para asegurarla, reafirmarla, inmunizarla respecto de contaminaciones foráneas, wokes (zurdas, progres u octubristas, cuando la jerga telúrica se relaja). La parresía propia está en la genealogía de la libertad de expresión estadounidense, como la misma reconstruye con perspicacia, reuniendo a Sócrates y los antiguos cínicos con el cristianismo primitivo, con tradiciones y denominaciones protestantes. 

9. Por supuesto, a la parresía y su parentesco no con la incontinencia verbal sino con la expresión libre, franca, arriesgada, yo agregaría la paciencia. Esa eterna olvidada de creyentes puritanos, gritones, que a veces se amparan en (el impaciente) Agustín de Hipona. Con razón destacan de él su brillante separación (a sostener hasta el final de los tiempos) de dos ciudades (civitates), una la ciudad terrestre, mundana, poderosa, violenta, acumuladora, sin embargo perecedera, no salvadora, mientras la otra no es de este mundo, sino del espíritu, siendo su Rey un Mesías sin ejércitos ni riquezas. Menos razonable, por el contrario, ha sido el (ab)uso agustiniano del compelle intrare (“uno de los pecados de san Agustín, y no es el único”, decía el mejor escriturista chileno de siempre). 

Dichas insuficiencias de Agustín, detectadas con precisión por un menonita en su libro espléndido sobre el paciente fermento de las iglesias originarias, permiten descubrir, o redescubrir, el papel de la paciencia en el reinado de Dios. La paciencia no era demasiado apreciada como virtud entre griegos y romanos. Tampoco por Agustín. Mientras que “para los primeros cristianos tuvo una importancia crucial”, precisamente porque “creían que Dios es paciente y que Jesús era la encarnación visible de la paciencia”. De lo que “concluyeron que ellos, poniendo su fe en Dios, debían ser pacientes, no pretender controlar los acontecimientos, no angustiarse ni tener prisa, y no recurrir a la fuerza para lograr sus metas”. En vez de ello, la fe es confianza en un crecimiento paciente, que actúa “con tenacidad, en virtud de lo que el teólogo Orígenes llamó la ‘fuerza invisible’ de Dios, que no es “susceptible de control humano”, sin que tampoco pueda “acelerarse su ritmo”, siempre y solo como en un fermento, dotado de “una energía efervescente –una vida interior que se expandía desde lo más hondo- cuyo potencial era inmenso”. 

10. En fin, sugeriría paciencia ante estas cosas de la comarca. En el entendido de que la paciencia cristiana no es ingenua, pasiva ni indiferente. Ciertamente, en su diversidad, requiere discernimiento, pero no por ello deja de situarse, de tomar partido, incluso enérgicamente. Tómese como ejemplo la escena de los mercaderes del templo (Jn 2,13-22). El mensaje político del Cristo, ha dicho una de las voces aquí referidas, no es de izquierdas ni de derechas, y se traduce en que “[Jesús] expulsa a los mercaderes del templo, pero no de la ciudad, reivindicando el mismo principio: el templo no es el lugar para los poderes temporales”. Pero el evangelio, sea dicho con temor y temblor, apunta en otra dirección, hacia algo distinto, más concreto, como ha destacado cierto teólogo en gran comentario joánico: “simbólicamente, con la expulsión del ganado, [Jesús] anuncia su propósito de liberar al pueblo de la explotación disfrazada del culto, denuncia el dominio del dinero y acusa a las autoridades religiosas de abusar de los pobres con el comercio de lo sagrado. Por un lado, da a conocer al pueblo el verdadero carácter de la institución religiosa, preparándolo a aceptar el éxodo que él va a proponer más adelante; por otra, acusa a los dirigentes de haber desvirtuado la misión histórica del templo en beneficio de sus propios intereses”.  O sea, Jesús sustituye al templo, es el nuevo santuario.

Jeús echa a los mercaderes del templo
Jeús echa a los mercaderes del templo

Así cambia, todo cambia, con esta noticia radical, arriesgada, paciente. Y que puede desencadenar expresiones como las que -no sin discernimiento, no sin posiciones nítidas- han dado la vuelta al mundo: “nuestro Dios [es] Jesús, Rey de la paz”, “un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’ (Is 1,15)”.

En el reino de Dios “no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino solo dignidad, comprensión y perdón”, por lo cual “¡basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!”. Jesús declara bienaventurados a los que trabajan por la paz, pero en cambio lanza ayes hacia “quienes manipulan la religión y el mismo nombre de Dios en beneficio propio —militar, económico o político—, arrastrando lo sagrado hacia las tinieblas y el fango”, esos “señores de la guerra” que en un instante destruyen lo que tanto cuesta (re)construir, y que “cierran los ojos ante el hecho de que se gastan miles de millones de dólares en matar y devastar” antes que en “sanar, educar y restaurar”, que erigen “un mundo al revés […] asolado por un puñado de tiranos”, mundo que la fe debe “denunciar y rechazar” dando “un giro decisivo —una verdadera conversión— que nos lleve en dirección contraria, por un camino sostenible, rico en fraternidad humana”.

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