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La secularización era esto. Hemos abandonado las iglesias, pero no la necesidad humana de lo sagrado

"Quizás nos encontremos ante la gran sorpresa cultural de nuestro tiempo. La secularización ha triunfado mucho menos de lo esperado y de lo que creemos. No porque la religión tradicional haya regresado. Digamos claramente que no lo ha hecho. La sorpresa es más profunda. Lo que ha ocurrido es que lo sagrado ha cambiado de lugar"

La búsqueda continúa
La búsqueda continúa
Adolfo Sillóniz
21 jun 2026 - 17:37

Durante décadas, gran parte de las élites intelectuales occidentales creyó haber entendido la dirección de la historia. Que, a medida que avanzaran la educación, la ciencia, la tecnología y la prosperidad, la religión retrocedería. Que las iglesias se vaciarían, que los dogmas perderían su influencia y que lo sagrado terminaría por ocupar un lugar cada vez menos significativo en la vida colectiva.

Los datos parecían refrendar esa tesis. En gran parte de Europa, la práctica religiosa decayó, descendió el número de vocaciones, la autoridad de las instituciones religiosas disminuyó y la secularización se mostró como uno de los escasos procesos históricos tan inexorables como la ley de la gravedad.

Pero algo inesperado ocurrió por el camino. Aunque las iglesias comenzaron a vaciarse, las sociedades no se volvieron menos fervorosas. Si las viejas ortodoxias perdieron poder, surgieron otras nuevas. La aceptación del significado de los grandes relatos religiosos retrocedió, mas la necesidad de vincularse a una comunidad moral permaneció intacta. ¿Qué desapareció realmente? Unas formas específicas de lo sagrado, no la necesidad humana que las sostenía.

secularizacion
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Quizás nos encontremos ante la gran sorpresa cultural de nuestro tiempo. La secularización ha triunfado mucho menos de lo esperado y de lo que creemos. No porque la religión tradicional haya regresado. Digamos claramente que no lo ha hecho. La sorpresa es más profunda. Lo que ha ocurrido es que lo sagrado ha cambiado de lugar.

Durante años, la discusión se ha centrado en si vivimos en sociedades religiosas o seculares. ¿Y si la pregunta estaba mal formulada desde el principio? ¿Y si la cuestión fundamental no es si creemos más o menos en Dios que nuestros abuelos? La cuestión de fondo es qué realidades consideramos hoy intocables.

Porque toda sociedad, incluso la más racional, tecnológica y laica, establece zonas de intensa protección simbólica. Se trata de ideas, valores, identidades, símbolos o narrativas que dejan de ser simples opiniones para convertirse en referencias absolutas. Realidades que no solo se defienden, sino que incluso se veneran. Realidades que no solo generan discusión, sino que llegan a ser consideradas moral y existencialmente sagradas.

Hace solo unas décadas, las ideologías se presentaban principalmente como proyectos para organizar la economía y las instituciones. Actualmente, funcionan cada vez más como sistemas de identidad.

En este sentido, podemos considerar numerosos ejemplos de la política contemporánea. Hace solo unas décadas, las ideologías se presentaban principalmente como proyectos para organizar la economía y las instituciones. Actualmente, funcionan cada vez más como sistemas de identidad. Ya no se limitan a proponer soluciones, sino que también ofrecen pertenencia, reconocimiento y sentido. Generan por doquier ortodoxias, herejías y mecanismos de exclusión. Sentencian quién pertenece al grupo y quién queda fuera.

Las redes sociales han catalizado este proceso. Nunca fue tan fácil construir comunidades morales de forma instantánea. Nunca resultó tan sencillo identificar de inmediato las desviaciones doctrinales. Nunca tuvimos una infraestructura tecnológica capaz de convertir cada discrepancia en un espectáculo público masivo.

La palabra “cancelación” y su significado no aparecieron por casualidad. Lo interesante no es que surjan conflictos; los conflictos son inevitables. Lo llamativo es la forma que adoptan. Las polémicas digitales se estructuran cada vez menos como discusiones racionales entre ciudadanos y cada vez más como disputas sobre la pureza moral. La lógica que conllevan no es la del debate, sino la de la contaminación. El problema ya no radica en que alguien esté equivocado, sino en que se ha vuelto impuro y debe ser silenciado y apartado. Y el fenómeno no se vincula con una ideología concreta. Aparece en casi todos los ámbitos políticos y culturales, donde los contenidos cambian, pero la estructura punitiva permanece.

Polarización
Polarización

Algo similar sucede en el ámbito del consumo. Durante mucho tiempo, pensábamos que las marcas vendían productos. Hoy ya sabemos que lo que realmente venden las grandes marcas son identidades. La compra de determinados objetos se ha convertido en una declaración pública sobre quiénes somos y en qué comunidad nos incluimos. Los consumidores no solo adquieren bienes, sino que también participan en narrativas, buscan reconocimiento, expresan valores e incluso marcan estatus. El mercado ha aprendido una lección que buena parte de la teoría social todavía se resiste a aceptar: los seres humanos no compramos únicamente por utilidad; también compramos sentido.

En el deporte ocurre de manera similar. Resulta difícil encontrar otro fenómeno capaz de aglutinar a cientos de millones de personas en torno a símbolos compartidos, rituales periódicos e intensas experiencias emocionales colectivas. Quien haya vivido un estadio lleno en una final importante sabe que allí ocurre algo que va mucho más allá del entretenimiento. Y no es casualidad que el lenguaje que utilizan los aficionados y los periodistas esté lleno —de manera sutil o explícita— de referencias a la fe, la devoción, el sacrificio, la gloria o la redención. Durante mucho tiempo, estas semejanzas se han interpretado como simples metáforas. Tal vez no lo sean y estemos observando la misma necesidad humana expresándose en contextos distintos.

El auge de las espiritualidades alternativas apunta en la misma dirección. Mientras las religiones institucionales pierden influencia en amplios sectores de la población, proliferan nuevas formas de búsqueda espiritual. Meditación, mindfulness, retiros, experiencias transformadoras, prácticas de bienestar, conciencia expandida, psicologías del crecimiento personal y un sinfín de propuestas híbridas ocupan un espacio cada vez mayor en el ámbito social y vital. A menudo se presentan como fenómenos completamente nuevos. No lo son. Lo nuevo no es la búsqueda de trascendencia, sino que esa búsqueda ya no necesita presentarse como religión.

Lo singular de la inteligencia artificial es que empieza a ocupar territorios que antes reservábamos para otras figuras de autoridad.

Y entonces aparece la inteligencia artificial. La conversación pública de 2026 está llena de preguntas sobre regulación, empleo, productividad o seguridad. Sin duda, son cuestiones importantes. Pero quizá estemos pasando por alto otra cuestión aún más inquietante. ¿Qué ocurre cuando los individuos de una sociedad delegan la orientación intelectual, emocional e incluso existencial en los sistemas algorítmicos? Las tecnologías siempre han potenciado las capacidades humanas. Lo singular de la inteligencia artificial es que empieza a ocupar territorios que antes reservábamos para otras figuras de autoridad. Cada vez más personas le consultan sobre qué estudiar, cómo educar a sus hijos, cómo afrontar una crisis personal o qué sentido darle a una decisión difícil. No estamos hablando simplemente de herramientas. Estamos hablando de confianza. Y toda confianza profunda tiene implicaciones culturales que trascienden el ámbito tecnológico.

Llegados a este punto, conviene aclarar un posible malentendido. Nada de esto significa que el fútbol sea realmente una religión, que las marcas sean iglesias o que la inteligencia artificial sea un nuevo dios. La cuestión es otra. Las sociedades actuales están llenas de experiencias que funcionan como religión, pero sin llamarse religión. Son experiencias que proporcionan identidad, comunidad, orientación moral, trascendencia simbólica y narrativas compartidas.

Durante años hemos observado estos fenómenos por separado. La política, por un lado; el consumo, por otro; las redes sociales, por otro; el deporte, por otro; la tecnología, por otro. Quizá el error haya sido precisamente ese. Quizá todos estos formen parte de una misma historia y del mismo sustrato.

Tiempo de espiritualidad
Tiempo de espiritualidad

Porque la gran equivocación de las élites culturales no fue pensar que las religiones podían perder influencia. Eso era perfectamente plausible y, en buena medida, ha ocurrido. La equivocación consistió en creer que la desaparición de las formas religiosas implicaría también la de su raíz: la necesidad humana de lo sagrado.

La historia reciente parece sugerir exactamente lo contrario. Cuanto más secular se declara una sociedad, más visible resulta la energía que dedica a crear nuevos espacios de significado absoluto. Y aquí aparece una consecuencia inesperada. Durante mucho tiempo hemos contado la secularización como una historia de pérdida. Como la pérdida de Dios, de la trascendencia, de la religión. Tal vez debamos empezar a considerarla de otra manera. Tal vez la secularización no sea la historia de cómo desapareció lo sagrado. Tal vez sea la historia de cómo lo sagrado escapó de sus antiguas formas e instituciones. Como la historia de una fuerza cultural, una realidad que abandonó un territorio para colonizar muchos otros. Se diversificó. En otras palabras, la historia de una mutación.

Porque quizá Dios no haya muerto del todo en la cultura contemporánea. Quizá simplemente haya dejado de vivir donde pensábamos y lo buscábamos. Y quizá la tarea intelectual más urgente de nuestro tiempo no sea explicar por qué las sociedades modernas han dejado de creer, sino comprender en qué creen ahora.

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