La segunda intemperie (Dedicado a la víctima del expediente D94 JRG)
"Porque no hay nada más cruel que obligar a una víctima a abrir nuevamente ciertas habitaciones interiores para después dejarla sola junto al teléfono"
Hoy es 18 de mayo.
Faltan cincuenta y seis días para el 13 de julio.
La Comisión fijó esa fecha como plazo máximo para comunicar la reparación a la víctima D94 JRG.
Cincuenta y seis días.
Puede parecer poco tiempo para quien nunca ha esperado una llamada importante con el corazón lleno de memoria.
Pero las víctimas de abuso sexual conocen otra medida del tiempo.
No cuentan los días como los demás hombres.
Los sienten.
Los atraviesan.
Los padecen lentamente.
Y cuando una víctima lleva ya casi dos años esperando una resolución que debía ser ágil, humana y reparadora, cada nuevo día empieza a parecerse demasiado a los antiguos silencios.
Ese es el verdadero problema.
No la burocracia.
No los protocolos.
No siquiera el retraso.
El problema es la memoria corporal de la espera.
La Comisión quizá ignora que las víctimas viven los plazos de otra manera.
Para una víctima, una fecha no es solo una fecha.
Es una promesa moral.
Una pequeña orilla después de muchos años nadando solo.
13 de julio.
La víctima intenta no pensar demasiado en ello.
Pero piensa.
Piensa por la mañana.
Piensa antes de dormir.
Piensa cuando escucha llegar mensajes al teléfono.
Piensa cuando abre el correo electrónico.
Piensa incluso cuando intenta convencerse de que no debe mirar constantemente el reloj.
Porque las víctimas aprenden muy pronto algo terrible: el silencio también puede parecerse al miedo.
Robert Frost escribió que hay bosques donde uno continúa caminando mucho después de haber perdido el camino.
Las víctimas conocen perfectamente esos bosques.
Llevan media vida atravesándolos.
El expediente D94 JRG nació precisamente para intentar salir de uno de ellos.
Eso parecía al principio.
Una comisión.
Un procedimiento.
Una reparación integral.
La posibilidad de que, por una vez, las instituciones comprendieran la dimensión humana de ciertas heridas.
Y durante un instante la víctima quiso creer.
Creyó cuando entregó su exposición de los hechos.
Creyó cuando aportó la documentación clínica.
Creyó cuando la Fundación Vicki Bernadet confirmó la coherencia del relato traumático.
Creyó cuando el informe psiquiátrico habló de trastorno por estrés postraumático.
Creyó incluso cuando el Arzobispado Castrense terminó confirmando la identidad del agresor.
“Así es”
Dos palabras.
Dos palabras capaces de atravesar cincuenta años de silencio.
Porque llega un momento en la vida de ciertas víctimas en que la verdad deja de ser una cuestión jurídica.
Se convierte en una necesidad física.
Necesitan saber que aquello ocurrió también para los demás.
Que el monstruo tenía nombre.
Que la memoria no deliraba.
Que alguien, por fin, miró de frente el bosque.
Y sin embargo aquí continúa la víctima.
18 de mayo.
Esperando el 13 de julio.
Esperando mientras los días avanzan lentamente hacia un verano que empieza a parecer demasiado largo.
Esperando mientras la reparación prometida comienza a mezclarse otra vez con la vieja angustia de no saber.
Porque quizá las instituciones nunca terminan de comprender una cosa fundamental:
para una víctima de abuso sexual continuado durante varios años, la incertidumbre nunca es neutra.
El muchacho herido sigue viviendo dentro del adulto.
Y ese muchacho recuerda perfectamente lo que significa esperar solo.
Esperar que alguien venga.
Esperar que alguien proteja.
Esperar que alguien cumpla una palabra.
Por eso ciertas demoras producen tanto cansancio.
No porque una víctima sea impaciente.
Sino porque revive.
Eso es lo que casi nadie entiende.
La víctima revive.
Revive la sensación de abandono.
Revive la impresión de que siempre existe algo más importante que su dolor.
Revive aquella antigua experiencia de sentirse atrapado dentro de una situación que parecía no terminar nunca.
Y así lo que debía ser reparación empieza lentamente a transformarse en otra forma de desgaste.
La segunda intemperie.
La primera fue el abuso.
La segunda puede llegar después, cuando las instituciones olvidan que los procedimientos también tienen consecuencias emocionales.
Porque no hay nada más cruel que obligar a una víctima a abrir nuevamente ciertas habitaciones interiores para después dejarla sola junto al teléfono.
La Comisión quizá cree estar gestionando plazos.
La víctima, en cambio, siente pasar los días.
19 de mayo.
20 de mayo.
21 de mayo.
El calendario avanza.
Y cada jornada añade una pequeña capa de ansiedad sobre alguien que ya lleva demasiados años intentando sostener el peso de la memoria.
Las víctimas no necesitan solemnidad.
Necesitan humanidad.
Necesitan sentir que detrás de las instituciones existen personas capaces de comprender lo que significa vivir dos años enteros esperando una reparación prometida.
Porque reparar no consiste únicamente en fijar cantidades económicas.
Reparar significa no aumentar innecesariamente el sufrimiento.
No prolongar el frío.
No transformar el expediente en otro bosque oscuro y profundo.
Robert Frost sabía que hay caminos donde el invierno parece durar más que la propia vida.
Las víctimas también lo saben.
Por eso el 13 de julio no es solamente una fecha administrativa.
Es otra cosa.
Es la esperanza de que, por una vez, alguien llegue antes de que vuelva a hacerse de noche.
