"Tejedores de esperanza", escribe León XIV en MH
La primera encíclica de León XIV es el Evangelio puro. En Cristo y por Él, somos tejedores de confianza y esperanza (n 245), la esperanza y la confianza de que todo puede abrirse a ser Historia de Salvación si custodiamos nuestra magnífica humanidad
Todo el mundo sabe que Magnifica Humanitas es el título elegido por León XIV para firmar el pasado 15 de mayo su primera encíclica social. Muchos recordarán que ese día coincide con la publicación por León XIII de la Rerum novarum, en 1891. Fue la primera de las encíclicas sociales de la Iglesia, en cuya estela se situó el cardenal Prevost hace ahora un año. Se refería entonces León XIII a la “ética” de los “cambios” sociales operados por la Revolución Industrial del XIX. Con aquella repetición del nombre, en mayo de 2025, León XIV sorprendió a todos: hacía más de un siglo que nadie lo reclamaba y la andadura de la doctrina social de la Iglesia había seguido un camino renovado. Entre los especialistas, sin embargo, pronto se pensó en esta conexión en el nombre, y en el impulso que habría de darle a la enseñanza social de la Iglesia, tanto más si ya Francisco la había llevado a cotas de análisis y compromiso por todos reconocidas. Quizá por un momento pesó su origen en los Estados Unidos. Por supuesto, la biografía personal de León XIV, más la universalidad de la Iglesia y las urgencias planteadas por un cambio de época, hicieron presumir al punto que esta sería una línea doctrinal fuerte de su pontificado.
El nuevo texto social da continuidad a la lógica moral de Francisco, trasladándola ahora a otra dimensión de la cuestión social
Desde el principio, León XIV, el 10 de mayo de 2025, recién elegido y ante el colegio de cardenales, expuso que una nueva era, la de inteligencia artificial, requería de una guía ética similar a la aportada por la Rerum novarum ante el capitalismo industrial y sus durísimas consecuencias para los trabajadores y sus familias. Como fuera que León XIV, posteriormente, lleva una larga racha de fuertes denuncias sobre abusos sociales como el racismo, las migraciones, la guerra y la riqueza del mundo acumulada en pocas manos, pronto se vio que el nuevo texto social daría continuidad a la lógica moral de Francisco, trasladándola ahora a otra dimensión de la cuestión social. Y así es. Si las pobrezas sociales y antropológicas, y la crisis climática de la casa común, la Tierra, eran en Francisco dos caras de la misma moneda -como problema y en su remedio- León XIV incorpora y desarrolla -dándole presencia plena y atención al detalle- el desmedido uso y abuso de la ideología tecnocrática, tanto en cuanto a quién es el ser humano como a cuáles son los grandes fines y medios en la creación de riqueza y su apropiación. La ciencia y la técnica, convertidas en ideología de lo que debe ser si puede ser, traducidas a dinero y poder, minando la dignidad fundamental de la persona y los principios y valores concomitantes a ella, tal era el reto del fin del siglo XX; y lo es, elevado a límites casi siderales, en el tercer milenio, por causa del potencial que los saberes y prácticas de la inteligencia artificial ofrecen a los capitales privados y a los Estados sobre las personas y los pueblos; todos, pero sobre todo, los más frágiles en sus capacidades competitivas.
La crítica a la neutralidad moral de las tecnologías aparece con toda la fuerza y se prueban los porqués; la necesidad de humanizar la inteligencia artificial es el comienzo y el fin de cualquier palabra moral en la definición e intervención que la represente en el futuro; reducir la persona a datos o delegar decisiones éticas a sistemas informatizados en cualquier ámbito, incluida la guerra o la salud, es inaceptable desde una moral compartida y no selectiva y de unos pocos. Se trata de custodiar lo humano y lo humano incluye la conciencia libre, el límite, la solidaridad, la responsabilidad, la belleza. E incluye denostar una cultura del poder que normaliza la guerra y sustenta un falso realismo político que la presenta inevitable y “limpia” (n 197).
Se trata de custodiar lo humano y lo humano incluye la conciencia libre, el límite, la solidaridad, la responsabilidad, la belleza. E incluye denostar una cultura del poder que normaliza la guerra y sustenta un falso realismo político que la presenta inevitable y 'limpia'
Me gustaría terminar esta imposible presentación con un reconocimiento que anime a su lectura: está muy bien escrita, pero muy bien; y es fácil de seguir incluso cuando arriesga definiciones iniciales de la IA y los saberes concomitantes. Importa, y queda claro, captar su relación en sí (visión antropológica que los guía) y sus actores privados (económicos y tecnológicos). Además, te lleva con respeto de la manohasta interpelar a todos, incluida la Iglesia, para que cada uno se fije bien en cómo construye la custodia de la persona en este tiempo y lo reclama de los poderosos. Que significa custodiar lo humano, eso es lo que importa en el tiempo de la IA, no simplemente negarla; esa es la pregunta que León XIV responde en tiempos de tentación transhumanista y posthumanista, las que arruinan sin remedio nuestra condición. Lo hace en clave cristiana, última parte (nn 229-245), y lo ha ofrecido en todo el recorrido para todos los hombres y mujeres de este tiempo; de todos reclama asegurar éticamente nuestra participación exigente y responsable en este compromiso. La enseñanza social de la Iglesia, el papa León XIV, tras reconocer algunos olvidos históricos de la propia Iglesia, acepta el reto de ofrecer al mundo esta magnífica humanidad y buscarla sin complejos.
Este cierre aparente de mi texto no puede ignorar la conclusión de la encíclica que es teología pura (nn 229-245). Las bases éticas de la enseñanza social de la Iglesia progresan con mucha lógica en el texto papal, porque la antropología del personalismo solidario es irrenunciable. Todas las éticas atentas a la dignidad incondicional de la persona se entienden en ese camino. Pero la Magnifica humanitas recupera claves teologales de su introducción, el verdadero “más que humano” que somos en Cristo, en quien hemos sido recreados y trascendidos. En Cristo, por el Espíritu, hay un “itinerario de vida cristiana”, desarrollado a la luz del Evangelio, que nos compete acoger en este cambio epocal. Se dirige ahora León XIV, específicamente, a nosotros, los cristianos, religados por la fe: el Verbo se hizo carne en Jesucristo, y en Él, todos nosotros somos hijos y hermanos en el mismo Padre, todos recuperados desde el fondo para una magnífica humanidad. Vivimos para una magnífica humanidad desde Aquél que nos salva por la Encarnación, el que recoge purificados cada fragmento de vida y conquista humana, y, que redimidos, los entrega al Padre.
Todo puede abrirse a ser Historia de Salvación si cuidamos nuestra magnífica humanidad, la que habitada por Dios se ofrece samaritana y a todos. Evangelio puro
Si importan estas palabras, no es por dar teologalidad a la enseñanza social de la iglesia, ya la tiene, sino por percibir la centralidad de la condición encarnada de toda la Historia de la Salvación y, por tanto, del valor integral y determinante de los Signos de los Tiempos de Reino a los que hemos de obedecer (bienaventuranzas): los excluidos, la justicia, la solidaridad, la verdad, la libertad, la paz, la debilidad, el límite. En Dios, por la piedra angular que es Cristo, la valía natural del ser humano y las obligaciones de solidaridad de todos con todos, desde los más pobres, hallan su sustento definitivo. Es el Evangelio puro. En Cristo y por Él, somos tejedores de confianza y esperanza (n 245), la esperanza y la confianza de que todo puede abrirse a ser Historia de Salvación si cuidamos nuestra magnífica humanidad, la que habitada por Dios se ofrece samaritana y a todos. Evangelio puro.