Tentación de la montaña vacía: El poder sin pueblo

Cuaresma y Salamanca II

Hay un paralelismo inquietante con la lógica que denunció la Escuela de Salamanca hace cinco siglos: la pretensión de que el poder no tiene límites, de que la fuerza justifica el dominio, de que algunos pueblos pueden ser sacrificados en el altar del progreso de otros

Voces enfrentadas
Voces enfrentadas | 5
Evaristo Villar
25 feb 2026 - 18:52

El desierto es un lugar de espejismos. En el relato de las tentaciones de Jesús, el diablo no ofrece agua ni pan en la segunda emboscada, sino algo más intoxicante: el poder político. "Todo esto te daré si postrado me adoras", dice el texto, mostrando todos los reinos del mundo desde una montaña imaginaria. Es la promesa del atajo: la autoridad sin el costo de la legitimidad, el dominio sin el molesto estorbo de los principios, el poder sin pueblo.

Esta escena, leída en clave laica, no habla de demonios con cuernos, sino de una pulsión humana permanente: la idea de que el fin justifica los medios y que el poder se conquista mejor si se pacta con las maquinaciones del oportunismo. La "adoración" que se exige no es un rito religioso, sino la sumisión a la lógica del dominio sin contrapesos: aceptar que el poder es un fin en sí mismo, y no una herramienta para el bien común.

La Escuela de Salamanca: el poder como servicio

En 2026 se cumple el quinto centenario de la cátedra de Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca, fecha fundacional de una corriente de pensamiento que revolucionó la concepción del poder político. Los maestros salmantinos afirmaron que todos los seres humanos poseen una dignidad intrínseca que ningún poder puede vulnerar. Frente a las teorías que atribuían a los reyes un poder otorgado directamente por Dios, defendieron que el poder reside originariamente en la comunidad, en el pueblo, que lo transfiere al gobernante mediante un pacto. El gobernante no es un señor, sino un administrador del bien común.

Bartolomé de las Casas
Bartolomé de las Casas

Montesinos y Las Casas: la palabra contra el abuso

Fray Antonio de Montesinos, en su sermón de 1511 en La Española, lanzó una pregunta que aún retumba: "¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios… ¿Estos, no son hombres?". Fue la primera voz que se alzó contra los poderosos para recordarles que su autoridad tiene límites morales.

Bartolomé de las Casas, testigo de aquel sermón, renunció a su encomienda y dedicó medio siglo a luchar contra la esclavitud y el abuso de los pueblos indígenas. Participó en la Junta de Valladolid para sostener que era injustificable someter a los indios por la fuerza. Las Casas sabía que el poder sin principios se protege a sí mismo, pero también que la política, cuando olvida su fin último —el bien de las personas—, se convierte en una máquina de destrucción.

La España vaciada: el despojo silencioso

Cinco siglos después, la pregunta de Montesinos resuena en otro territorio: la España rural que se vacía mientras otros acumulan. Cerca del 84% de la población se concentra en el 16% del territorio. Municipios hay en el interior de la Península que han perdido más de la mitad de sus vecinos en pocas décadas.

Pero la despoblación no es un fenómeno natural: es el resultado de decisiones políticas. Durante décadas, se impuso un modelo de crecimiento intensivo que concentró la inversión en las grandes ciudades y condenó al campo a ser visto como un espacio del pasado. Es la misma lógica que denunció Las Casas: la conversión de las personas y los territorios en medios para fines ajenos.

Hoy, el acaparamiento de tierras se reproduce con otros rostros. Grandes extensiones quedan en manos de unos pocos, mientras los jóvenes que quieren emprender en el campo se enfrentan a barreras insuperables: falta de acceso a la tierra, dificultades para la vivienda y servicios públicos que desaparecen. No es esclavitud formal, pero es exclusión: la negación de la posibilidad de construir un proyecto de vida digno en el lugar de origen. Cuando un territorio se vacía, se pierde capital humano, se cierran escuelas, se desmantelan centros de salud, se abandonan bosques que arderán en los incontrolados incendios veraniegos. La "España vaciada" no es un accidente: es el resultado de políticas que han tratado el territorio como un recurso explotable y a sus habitantes como residuos del progreso.

España vaciada
España vaciada

El nuevo orden de la fuerza: cuando el poder se adora a sí mismo

Mientras en los territorios despoblados se silencia la vida, en la escena global emerge con fuerza renovada la misma tentación de la montaña: la promesa de dominar todos los reinos del mundo a cambio de adoración. El fenómeno que encarna Donald Trump —y que replica una nueva derecha global— combina nacionalismo autoritario, imperialismo capitalista y desprecio absoluto por cualquier instancia de articulación mundial.

Como el nacionalsocialismo en su momento, este movimiento propone un orden basado en la fuerza, donde las normas internacionales son obstáculos a eliminar y los organismos multilaterales, enemigos a destruir. La Organización Mundial del Comercio, la Organización Mundial de la Salud, las Naciones Unidas, incluso las alianzas históricas, son percibidas como ataduras que impiden el despliegue sin límites del poder del más fuerte.

Hay un paralelismo inquietante con la lógica que denunció la Escuela de Salamanca hace cinco siglos: la pretensión de que el poder no tiene límites, de que la fuerza justifica el dominio, de que algunos pueblos pueden ser sacrificados en el altar del progreso de otros. Lo que entonces fue la "guerra justa" contra los indios, hoy es la guerra comercial, la presión migratoria, el chantaje económico o la amenaza territorial contra aliados históricos.

Mientras esto ocurre, la sociedad mundial asiste perpleja, incapaz de reaccionar. Las instituciones diseñadas después de 1945 para evitar la barbarie muestran su fragilidad. La Unión Europea, nacida para superar los nacionalismos excluyentes, duda entre la firmeza y el acomodo. La comunidad internacional (¿), fragmentada, parece haber olvidado que el poder sin contrapesos siempre acaba devorando a los débiles... y después, a los que creían estar a salvo.

La tentación de la montaña se ofrece hoy con ropajes democráticos y discursos de "primero los nuestros", pero es la misma: la promesa de que, si adoras al líder, si aceptas su visión del mundo sin matices, si renuncias a la complejidad y a los principios, obtendrás protección y seguridad. Es la sustitución del derecho por la fuerza, de la dignidad por la sumisión, de la comunidad por la masa.

La alternativa: bajar de la montaña

Frente a esta tentación, Jesús no negoció. No aceptó el atajo, no se postró, no adoró al poder. Respondió con una frase que desactiva toda la soberbia del dominador: "Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás". En términos políticos, esto significa que el poder no debe ser servido, sino que debe servir. Que ninguna autoridad humana puede exigir lealtad absoluta porque ninguna autoridad humana es absoluta.

Bajar de la montaña es la propuesta, la alternativa. No desdeñar el poder, sino ejercerlo desde abajo, desde el servicio, desde la comunidad. Es lo que hicieron Montesinos y Las Casas cuando se pusieron del lado de los indios frente a los encomenderos. Es lo que reclaman hoy los pueblos de la España vaciada cuando piden no caridad, sino justicia territorial. Es lo que necesita el mundo cuando ve cómo los nuevos faraones imperiales desprecian las normas que nos dimos para protegernos.

La propuesta valiente y vibrante contra la tentación de la montaña vacía es, paradójicamente, la más sencilla y la más difícil: construir poder donde hay despojo, dignidad donde hay exclusión, comunidad donde hay masa. Significa defender lo local frente a lo global depredador, pero también lo global como espacio de cooperación frente a los nacionalismos excluyentes. Significa recordar, como enseñó Vitoria, que el poder reside en el pueblo y que el gobernante es solo un administrador.

Poder y servicio
Poder y servicio

Significa, en definitiva, negarse a adorar al becerro de oro del poder sin principios. Como hizo Jesús, como hicieron los maestros salmantinos, como hicieron Montesinos y Las Casas. Bajar de la montaña y caminar con los que no tienen voz. Porque la única forma de vencer la tentación del dominio es construir, día a día, desde abajo, un mundo donde nadie tenga que postrarse para sobrevivir.

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