Vaya timo, el que se inventó Pablo de Tarso

"Un reclamo a los creyentes en Jesús que lo han arrinconado y han puesto en el umbral a Pablo como ídolo, emplazando a Jesús en su doctrina y su ser… El mito de la redención ha demostrado ser el más dañino y fallido de todos los mitos cristianos"

La burla de Cristo. Quentin Massys
La burla de Cristo. Quentin Massys
Julián Bedoya Cardona
23 jun 2026 - 19:06

“Cristo, gracias a su sangre que derramó, tenemos la liberación y el perdón de los pecados” (Ef 1, 7); “Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera instrumento del perdón” (Rom 3, 25). Qué ilógico decir que Jesús murió por nuestros pecados, como lo ha narrado Pablo de Tarso, y aún más si decimos que Jesús, siendo Dios, saldó una cuenta que ningún ser humano podía pagar; por lo tanto, le corresponde a Dios auto-pagarse esa deuda y la moneda de ella fue su sangre, su vida, su morir por esa cuenta. Decir esto es afirmar que Jesús se suicidó [si se quiere frecuentar al pasaje: “no me quitan la vida, sino que yo la doy” (Jn 10, 18)]. La Iglesia ha determinado en los estudios de la moral que el suicidio es pecado… Al no ser que en Jesús haya excepciones. 

El cristianismo es la religión que glorifica un ajusticiamiento histórico y concreto: el ajusticiamiento de Jesús; porque la Iglesia ve la redención mediante la sangre y solo la sangre de Jesús, ya no vale la sangre de un animal como lo valía para los judíos, que disponían del animal sin defecto para ofrecer en sacrificio a Dios, por medio del holocausto. La pena de muerte es para los cristianos el requisito para su redención, es decir, la pena de muerte de Jesús libera, perdona y santifica. El hombre estuvo en favor de la muerte y de la sangre siempre que le convino, tanto es así que, para la Iglesia, la sangre tiene un efecto redentor no solo al por menor, sino también al por mayor: según la concepción cristiana, la humanidad entera es redimida mediante la sangre, pues también Dios es partidario de la sangre; es su Hijo el que tiene que morir derramando sangre. 

Jesús de Nazaret fue víctima cruenta de Dios y debió morir clavado en una cruz a pesar de que Él soñaba con que se le permitiera seguir viviendo; pareciera que Dios se mantuvo insensible e inflexible con su Hijo, Jesús. Con su muerte podemos respirar; tratando de dilucidar este panorama, cabe seguir afirmando que la acusación de la víctima abandonada por Dios inhumano y de esos hombres que sin duda fueron hechos a su imagen y semejanza, igualmente, hombres inhumanos. Asociamos sacrificios con redención. 

Si los sacrificios son para la salvación, entonces Adolf Hitler está sentado y no precisamente a la diestra, sino encima de las piernas del mismo Dios, porque él sacrificó mal contados a seis millones de personas para purificar la raza. Tan es así que Juan Pablo II, quien fue Papa de la Iglesia por 27 años, escribe en la encíclica Salvifici doloris, invitando a los enfermos a “unir los sufrimientos al sufrimiento de Cristo”; esta frase ha sido inspirada en Pablo de Tarso cuando dice “en mi carne completo lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col 1,24); esta frase la han usado de antídoto poético. Esta afirmación da por entendido que la pasión de Jesús, su muerte cruel, no bastó para la redención; al parecer Dios quería más dolor y mucha más sangre.

El cristiano que quiere ser ejemplar siempre tendrá que negociar compromisos con el sufrimiento; la doctrina y la ascesis cristianas piden así a los fieles que sufran para compartir y unirse a los sufrimientos de Cristo. Sufrir para contribuir a la redención y la salvación del mundo. Sufrir para ser perdonado. Sufrir para expiar los pecados. Sufrir para agradar a Dios. Sufrir para santificarse. Sufrir en la tierra para ser feliz en el cielo. Sufrir para ganar el paraíso. Porque el sufrimiento del ser humano es el placer de Dios, mientras que el placer del ser humano es el sufrimiento de Dios.

Queda cubierto e incardinado en la doctrina que, sin cruz, no hay redención; sin sangre, no hay salvación del género humano, como diría el cardenal Joseph Hóffner: “La santidad del orden divino se demuestra como poderosa también en este eón mediante la pena de muerte”. Sigo con el sinsabor y la desazón que me llevan a preguntar: ¿Acaso por el mero hecho de que Jesús, el Hijo de Dios, se encarne no se da la salvación? ¿De nada valieron sus parábolas y enseñanzas, su Vida en la vida de los demás? Pues, si así lo es, entonces, ¿para qué hablar de encarnación, para qué hablar de su vida pública (que se resume en parábolas y milagros)? Solo bastaría hablar de su muerte en cruz, y quizá para tener peso de su divinidad, también tendríamos que hablar de la resurrección. Me pregunto y cuestiono: 

Si Jesús hubiera muerto a consecuencia de los achaques de la vejez, o a causa de la ingestión de pescado descompuesto, en mal estado, o de una espina que lo atragantó […] ¿Hubiera fracasado entonces en el proyecto de redención para la humanidad? O se hubiera conseguido sólo a medias la redención si los romanos, en sus métodos de ejecución, hubieran tenido ya el nivel técnico que se puede utilizar hoy, por ejemplo, la silla eléctrica, la eutanasia o una de las tantas inyecciones letales, o como fue el caso en Auschwitz la cámara de gas, o si hubiese padecido una epidemia o pandemia que cobrará su vida, en estos métodos no hubiera derramamiento de sangre, por decirlo de algún modo nos faltaría un elemento indispensable para celebrar la eucaristía, el vino que se transforma en sangre, esto llevaría a los sacerdotes y demás ministros a pronunciar solo la consagración de la hostia – pan que se transforma en cuerpo; en lo que se reconoce que la eucaristía solo tendría que ver con la muerte de Jesús.

Si la eucaristía es, más estrictamente, sacrificio, ¿por qué se debe comer? El pueblo hebreo realiza las prácticas sacrificiales con diferentes fines; uno de ellos está introducido por alguien que presenta una ofrenda al Señor, sacrificio de aroma que sirve para aplacar – calmar la cólera de un Dios irascible; por eso la ofrenda debe ser grata o aroma agradable. Hay otra serie de sacrificios que son de absolución, para remendar un acto cometido contra la ley dada por el Señor. Roger Lenaers intuye en su obra que, aunque no haya un Dios arriba, haciendo una invitación al foco de los fieles a despedirse de la figura premoderna de Dios, el ‘dios de las alturas’ repercute con esto un cambio importante de la representación y significación de la eucaristía. Argumenta Lenaers que “distanciarse del theos significa también alejarse del culto entendido como sacrificio y de la oración de petición”.

El sacrificio contiene el pecado del pueblo, por eso hay que acabar con él, o sea, matándolo o dejándolo a la deriva con el propósito de depositar los pecados del pueblo en el animal, y liberarlo de forma que cargará con las abominaciones de cada uno de los que había tenido contacto. Desde la premisa cristológica se ha afirmado que Jesús es el cordero de Dios; dicho cordero quita el pecado no de una sola cultura, sino de ‘todo el mundo’ que se hace sacramento en la eucaristía. En desmán, el animal debía ser sin defecto, como se ha mencionado; por eso el animal es envuelto para ser transportado para el sacrificio o la liberación para que cargue, como se narra en Lc 2, 7: “María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. Le han hecho paralelos para decir que Jesús es el sacrificio sin defecto, un sacrificio bien cuidado. Y ni hablar del premio que Dios le da a María, el ánimo del recibimiento de su hijo por medio de una profecía dicha por un anciano que estaba en las últimas; al parecer lo que dijo, lo pronunció con dificultad: “Mira, este ha sido destinado para ser caída y resurrección de muchos en Israel, y como signo de contradicción; y a ti misma una espada te atravesará el alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 22-35) … ¿Esto es hacer la voluntad de Dios? ¿La voluntad de Dios tiene que ser sufrimiento - dolor? (Cfr. Lc 1, 26 - 38).

¿Para qué consumir el sacrificio en la eucaristía? Para quedar contaminados nuevamente con los pecados, aparte de agregar otro pecado, de ser cómplices de la muerte de alguien (sea animal o persona), cuando el quinto mandamiento de la ley dada por Dios a través de Moisés propone no matar.

Conocemos los fenómenos del pueblo de Israel intuyendo en las opiniones de los modernos; aunque son divergentes, nos abren a una perspectiva y visión. Algunos comentarios interpretan la perícopa de Is 53, 7 que es citada en un texto del Nuevo Testamento de los Hechos de los Apóstoles cuando el etíope le pide explicación a Felipe sobre dicho pasaje. Algunos exegetas difieren con el texto por tener unas dificultades; allí no se habla explícitamente de un cordero inmolado, sino de una oveja, que es inmolada; del cordero solo se dice que permanece mudo mientras lo trasquilan. En muchas ocasiones se suele hablar meramente del cordero y se desentiende de la oveja, lo que lleva a tributar que el cordero es inmolado. 

“El siervo doliente/sufriente del que nos habla Isaías no hace más que cargar con los pecados del pueblo; no los quita, como lo afirma el texto de Juan 1, 29. 36, otros interpretan este texto a la luz del cordero pascual. Se ha objetado que la inmolación de este cordero era solamente rito conmemorativo y no expiatorio; tal motivo llevó a P. Lagrange a renunciar al sentido expiatorio. Jesús había sido cordero expiatorio a causa de su inocencia, mientras que C.H. Dodd recurriendo a la apocalíptica judía, compara al Rey - Mesías con un cordero” (Cfr. La verdad de Jesús).

Siguiendo a los otros evangelistas, los Sinópticos también hablan de Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo; se le atribuye esta confesión de fe a Juan el Bautista, denominado precursor del Mesías, aunque podemos dudar de estas palabras dichas por Juan; más bien parecen una confesión cristológica posterior. Lo más probable, según los exegetas Jesús fue llamado por Juan como el elegido o siervo de Dios y no como cordero ni como el Hijo de Dios. Los sinópticos aportan el entramado del relato del bautismo de Jesús, en paralelo con el primer canto que presenta al siervo al comienzo de la misión como el profeta y médico (Cfr. Is 42, 1 - 7) que encaja muy bien con lo narrado en Lc 4, 16ss: “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha Ungido (Enviado) para anunciar la Buena Noticia a los pobres, recobrar la vista a los ciegos, liberar a los presos…” Posteriormente, a través de reflexiones, se concibe que Jesús es la víctima inmolada que propicia los pecados de toda la humanidad, mas no es el mismo Jesús quien denomina que su muerte y resurrección son actos de la redención

"Ecce Homo", Antonio Ciseri
"Ecce Homo", Antonio Ciseri

Por consiguiente, no estaría mal afirmar que, en práctica, los romanos nos redimieron, e hicieron mucho bien sentenciando a Jesús de Nazaret y no a ese tal Barrabás; siguiendo de un modo literalista tendríamos que canonizar a Judas Iscariote porque fue quien lo traicionó y por qué no hacer un rastreo histórico para saber quiénes propiamente colgaron a Jesús del madero y colocarlos en el santoral, porque en consecuencia de sus acciones, Jesús pudo morir y derramar sangre para salvarnos. Y si Jesús murió entonces las religiones y/o sectas que dicen ser trinitarias pierden sentido porque si Jesús que es Dios, verdaderamente murió, entonces éstas tendrían que hablar de ‘binidad’ y no de trinidad. Me gusta más la manera como lo plantea Leonardo Boff en su libro del Evangelio del Cristo cósmico: “Jesucristo tiene que ver con el misterio de la creación y no solamente con el misterio de la redención”. El sacrificio de Jesús es de comunión como lo presenta el capítulo tercero del libro de Levítico. 

Se dice que Juan trae en su capítulo sexto un texto clave para entender la Eucaristía. Pero, como vamos a demostrar brevemente, ese capítulo no trata de la eucaristía, pese al vocabulario que utiliza; nos enfoca en un texto de la interpretación cristológica, la fe en Jesús.

Hay tres formulaciones en este texto: ir a Jesús, creer en él y comerlo como si fuera pan, que significan lo mismo en el versículo 35. Se sigue más adelante en el mismo sentido, sin ninguna alusión a la eucaristía. Solo de pronto en los versículos 51b-56 se lee que hay que comer su carne y beber su sangre —y esto pareciera apuntar a la eucaristía—. ¿Es de veras así? En realidad, estos seis versos interrumpen el curso del pensamiento y dan la impresión de haber sido intercalados o interpolados, pues hasta el momento se trataba solamente de la fe en Jesús, con el símbolo de la comida, Jesús como pan.

La comida y bebida material no realiza nada que no haya sido realizado ya por la fe. De manera que esto de comer y beber no es sino un lenguaje simbólico. Uno podría preguntarse si el autor consiguió algo con un lenguaje simbólico tan brutal. Es casi impensable que Jesús mismo lo haya utilizado. Basta solo recordar que la Torá prohíbe estrictamente beber sangre (Levítico 17,10-14) y que el canibalismo es condenado universalmente. Es extraño que estos versículos hayan entrado en el texto y que esto no le haya causado problemas a la Iglesia hasta ahora. Crítica que se debe comer la carne de Jesús y beber su sangre; no puede menos de espantarse y resistirse. Nos lleva a pensar que Jesús nunca haría un discurso tan largo, más sabiendo que es gente campesina que no lo entendería… ni comparar esto con sus parábolas, cuentecillos que se sumergen en la realidad de la gente. 

A lo largo de los siglos, el cristianismo y todas sus derivadas han perfeccionado sus estrategias para manipular, tener influencia y poder para inducir a los creyentes a hacer depender su vida de la voluntad de Dios, convenciendo a sus seguidores que su felicidad no está en el presente, sino en el futuro; y haciendo de las desgracias, las pruebas, los sacrificios y los sufrimientos de la vida, soportados en una actitud de fe y sumisión a la voluntad divina. Estos que tienen presente y viven estos parámetros son los que se consideran seres perfectos, santos, beatos o que son personas dignas de subirlos a los altares canonizándolos. 

Este tinglado es lo que estructuró Pablo de Tarso con el relato mítico de la redención, describiendo que la muerte violenta de Jesús en la cruz es un gesto de expiación planeado y querido por Dios en Jesús, quien lo realizó en nombre y en lugar de todos los hombres —como se ha dicho por tradición– “vino a pagar una cuenta que nosotros mismos no éramos capaces de pagar”… como quien dice, ni se le compara con la deuda externa. El Papa Juan Pablo II, citado anteriormente, dice en el catecismo de la Iglesia: “La muerte violenta de Jesús no fue el resultado por casualidad en una desafortunada combinación de circunstancias. Pertenece al misterio del Plan de Dios” (n.599). ¿Plan de Dios? Un Dios que prohíbe matar (Cfr. Ex 20, 13), pero que se alegra por la muerte de su Hijo.

Este mito, a través de la sangre, el sufrimiento y el sacrificio, no solo transformó el cristianismo en una religión lúgubre, pecaminosa y llena de culpa, sino que contaminó todos sus dogmas, creencias, espiritualidades, oraciones, ritos y cultos

Según los Evangelios, Jesús de Nazaret no tenía idea de semejante Dios amenazante, enojado, agresivo y ofendido por los pecados de los hombres y que lo hubiera elegido para la realización de un proyecto de reconciliación; tampoco tiene Jesús conocimiento de una humanidad caída por un pecado original y que necesitaría ser salvada por la intervención divina. A pesar de ello, los conceptos de culpa universal, maldición, condenación, redención, expiación, redención, justificación... aparecen ya en los escritos del Nuevo Testamento solo unos años después de la muerte de Jesús y particularmente en las cartas de Pablo. Los textos paulinos y las cartas atribuidas a Pedro hablan de una humanidad esclavizada por el pecado, del perdón de los pecados, de Dios y de los hombres que necesitan la paz, la reconciliación y el fin de las hostilidades.

Este mito, a través de la sangre, el sufrimiento y el sacrificio, no solo transformó el cristianismo en una religión lúgubre, pecaminosa y llena de culpa, sino que contaminó todos sus dogmas, creencias, espiritualidades, oraciones, ritos y cultos. El mito de la redención ha demostrado ser el más dañino y fallido de todos los mitos cristianos, puesto que contradice al Dios que nos reveló Jesús, un Dios que es Amor, Piedad, Ternura. 

Nada raro que el día de mañana denuncien un templo, por colocar un crucificado lleno de sangre y mostrando todo un amarillismo de cómo fue la Muerte de Jesús. Nos basta recordar a Benedicto XVI cuando habla de la simbología del agua en la teología joánica, en su obra: Jesús de Nazaret; explicando el paso del pueblo de Israel por el mar huyendo de la esclavitud de Egipto, el pueblo de Israel ve la gloria cuando pasan el mar y cuando el pueblo egipcio es ahogado en las aguas. Pareciera que se necesita dar muerte, torturar y ver al otro por debajo, humillado, como reza el salmo “hacer del enemigo el estrado de los pies” (Sal 109, 1)… Esa fue y es la gloria que deseó y desea la Iglesia.

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