De Trump a Maduro: ¿Evangelio, o tiro porque me toca?
Estamos ante una situación diabólica. Criticar con ferocidad a Trump te sitúa del lado de Maduro y sus secuaces criminales
Adolf Hitler solía decir que la más grande lección de historia es que nunca se aprenden las lecciones de historia. Cada Año Nuevo debería convertirse en un acicate para que el gerifalte alemán se equivocara y todos y cada uno de nosotros fuésemos protagonistas de una historia diferente. Para eso mismo vino Jesús al mundo, para vivir de otra forma, cambiando y cuestionando las diferentes estructuras de poder que condenaban a hombres y mujeres cuya única protección era la intemperie del cielo y del firmamento. Esta debería ser la brújula de los cristianos y de su Iglesia. Desde esta lógica, el 1 de enero, Mariano Delgado publicó un artículo, “Deseos para el Año Nuevo en tiempos turbulentos”, que explicaba la tradición que siglos atrás en tiempos del Barroco algunos gobiernos recordaban a principio de año los principios cristianos de los que no podían prescindir como salvaguardar el bien común, velar por los pobres y los débiles y contribuir en la medida de lo posible a la felicidad de todos. Dicha tradición se ha heredado en los mensajes del Día Mundial de la Paz del Papa y de la Iglesia universal, con el propósito de vivir más allá de nuestros egos e idolatrías que están arrasando una parte del mundo.
Apenas 48 horas más tarde, a pesar de vivir en guerra en más de cincuenta lugares del mundo, nos volvimos a caer del caballo, sabiendo que todavía la guerra, el engaño y las ansias de poder se expanden y se adentran en el espíritu de los poderosos de este mundo. La ciudad de Caracas nos despertó de nuestro sueño de paz y de la bendición Urbi et Orbi de Navidad. Asistimos, como decía Francisco, a una guerra a trozos, a pedazos que se están repartiendo Rusia, China y EE.UU. Ya nos habían cambiado el paso desde hace años por la escalada bélica y militar en medio mundo. Ahora bien, encontramos algo positivo en toda la campaña exterior de Trump: que no nos durmamos. En ocasiones, la modorra existencial nos lleva a negar y silenciar miles de injusticias que no aparecen ni se publicitan; parece que no existan, pero están ahí, aunque nos autoimpongamos una sordina mediática. Fijémonos en Gaza. ¿Como han vivido esta Navidad y bajo qué condiciones? ¿Y ahora? ¿Dónde quedan las grandes declaraciones, las manifestaciones y los golpes de pecho de unos y otros? Y como cristianos, ¿qué debemos decir y hacer ante todo lo que estamos viviendo?
Estamos ante una situación diabólica. Criticar con ferocidad a Trump te sitúa del lado de Maduro y sus secuaces criminales. Siento vergüenza cuando se habla de la violación del derecho internacional cuando el sistema chavista lleva oprimiendo y violando los derechos humanos desde hace más de veintisiete años, con más de 8 millones de exiliados, torturados, desaparecidos, asesinados, por cuestiones ideológicas y muy pocos abrieron la boca ante tales tropelías. Sin olvidar el fraude electoral de julio de 2024. No reproduciré por respeto y evitar cierto sonrojo lo que han dicho de Maduro los Iglesias y Monederos de turno, porque son lo mismo. Sólo tienen derechos los que son de mi causa, los que piensan y votan como yo. Y siento vergüenza cuando demócratas de pro justifican la acción de Trump. La escala de alcance, dominio e influencia son diferentes entre ambos, pero en el fondo son lo mismo. Estamos en un mundo bajo el poder de unos mandatarios que idolatran ser los sheriffs del barrio y del mundo. La política como espectáculo, donde se baila, se ataca y se burla alrededor del atril; éste debería representar el carácter sagrado de la palabra cubierta de principios morales y humanos sustentados desde el derecho y la justicia.
Ante este tinglado, no tiremos porque nos toca, no volvamos a esperar que todo se vuelva a producir y otra vez a la rueda. Nos queda el evangelio, la figura de Jesús de Nazareth que nos enseñó a luchar contra la doble moral y la hipocresía. Se enfrentó, casualidades con nuestro presente, a todo un Imperio -bajo esa mentira de la pax romana- que violaba y utilizaba a las personas como meros productos de entretenimiento y espectáculo, persiguiendo a sus opositores y todos aquellos que osaban criticar el propio sistema. Pero también se enfrentó a su propio pueblo que oprimía a los suyos con leyes y tradiciones que negaban la dignidad de los más débiles. Hoy estamos ante la mima tesitura. Grandes imperios que oprimen y que no responden al derecho sino a la fuerza. ¿Qué podemos esperar de aquel que no abrió la boca sobre el asalto al Capitolio? ¿Qué podemos esperar de aquel que insulta a los periodistas que le formulan preguntas incómodas? ¿Qué vamos a esperar de alguien que se pavonea de odiar a sus rivales políticos? ¿Qué vamos a esperar de aquel que jamás tiene un gesto de empatía con otra persona? ¿Qué vamos a esperar de alguien que mira a todo el mundo, incluido a sus colaboradores, por encima del hombro? ¿Qué vamos a esperar de alguien que se olvida de la Cámara de Representantes para legislar por decreto? ¿Qué vamos a esperar de alguien que se fotografía vestido de Papa y se toma a risa la función misma del papado? El problema es que en Europa cada vez más gobiernos están imitando este modelo de no contar con el parlamento y de atacar y perseguir a toda disidencia. No hay que irse a montañas muy lejanas para encontrar a sus imitadores, aunque se disfracen de anti trumpistas y de progresistas. ¿Qué diría Jesús ante Trump? ¿Y ante los maduros de turno y sus acólitos?
¿Qué podemos esperar de aquel que no abrió la boca sobre el asalto al Capitolio? ¿Qué podemos esperar de aquel que insulta a los periodistas que le formulan preguntas incómodas? ¿Qué vamos a esperar de alguien que se pavonea de odiar a sus rivales políticos? ¿Qué vamos a esperar de aquel que jamás tiene un gesto de empatía con otra persona?
Cada cual que piense en libertad, pero no olvidemos que la autonomía y la soberanía de los pueblos no pertenecen jamás al poder de facto; no es un atributo del poder ni a un régimen que controla el Estado por la fuerza, sino que la soberanía emana de los derechos del pueblo y no de los dictadores. Cuando un régimen surge de la captura del Estado por una organización criminal y corrupta deja de representar la voluntad popular y la soberanía pasa a convertirse en una coartada para los tiranos y los ciudadanos se convierten en simples escudos humanos. El derecho internacional no se creó para blindar a dictadores y tiranos. Siendo esto así, sólo se entendería la acción de EE.UU. si se hiciese para instaurar la democracia en condiciones de igualdad, pactada su intervención con otros países y la ONU y, a continuación, presentarse como el garante de la libertad en cualquier lugar del mundo donde se oprime a la gente con la celebración posterior de elecciones libres. Sabemos que estas no son las razones. La paz americana se asienta en criterios de dominación y control estratégico. Si tan malo era el chavismo ¿por qué se mantienen en el poder y en sus puestos a los chavistas? ¿Por qué Corina Machado y Edmundo González han desaparecido del mapa desde la primera comparecencia pública de la Casa Blanca?
Ante este laberinto, superando todas las adscripciones y etiquetas políticas, emerge la figura de León XIV con más fuerza que nunca. Sí, ese Papa lento, tibio, dicen algunos, que parece que no hace nada. Reivindico su figura y la de su, nuestra, Iglesia, como uno de los últimos bastiones de la humanidad y de la paz. Su principio de la paz como desarmada y desarmante desde la Resurrección de Cristo puede convertirse en uno de los ejes de su pontificado y de su testimonio ante el mundo. Si Francisco será recordado por las periferias, León XIV por la paz desarmada y desarmante. Aunque nos ataquen, nos digan que no nos enteramos, que visionamos un mundo que no existe, tenemos que alzar la voz y declarar, argumentar y defender que la paz no se consigue ni a través de la coacción ni de la amenaza ni se puede acudir a el miedo ni a la desesperanza que hoy todo lo envuelve. Como ha dicho Rafael Luciani en Religión Digital: “Lejos de ser una propuesta ingenua, se trata de un realismo evangélico capaz de denunciar con firmeza el pecado estructural y las condiciones socioeconómicas y políticas que lo sostienen”. La postura de la Iglesia tiene que ser profética porque afronta la realidad superándola y transformándola. El mensaje de la paz se asienta ahí donde el dolor y el sufrimiento emergen, pero con la esperanza de que el mal se devora a sí mismo y que no puede tener cabida en toda vida plena con propósito y sentido.
La fuerza de esta Papa está en su actitud, en su forma de hablar y dirigirse al mundo, en su pausa, en su constancia en la oración, en tu tranquilidad que hoy es más que revolucionaria. ¿Qué acción más activa existe que esta que invita a hacer del amor y la fraternidad los criterios que guíen nuestra vida actual? Para ello se requiere valentía, no para tirar bombas de racimo, sino para acoger los principios del evangelio, sin miedo y con determinación. Cabe recordar las palabras clave del mensaje de León XIV a las Conferencias SEEK26: “No tengan miedo si el Señor les llama. Sólo Él conoce los deseos más profundos, quizás ocultos, de su corazón y el camino que los llevará a la verdadera plenitud. Dejen que Él los guíe”. La misión de toda persona cristiana es la de vivir la paz en el interior y hacerla vida como propósito rector del año.
Es posible que caigamos en la sensación de que estamos desamparados, que la lógica de la imposición, de la fuerza y la violencia ganan la partida. Pero no es así. Convendría recordar las palabras que Benedicto XVI pronunció el 6 de enero de 2009 en la fiesta de la epifanía, donde la luz, el logos y la palabra de Cristo guían a todos los pueblos, sin excepción. Es un mensaje edificante, esperanzador, de que toda lucha, de que todo esfuerzo no cae en saco roto, porque el bien va haciendo su camino, aunque sin ruido, en el silencio, en la humildad y la sencillez, en la tiniebla del sufrimiento, en la soledad de las lágrimas y la desesperanza: “No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad, ante el odio y la violencia destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra, ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo”. A pesar de los pesares, de esa lógica demoníaca que parece llevar siempre la voz cantante, no podemos perder de vista la única esperanza que nos sostiene ante el conglomerado de fuerzas hostiles que acampan por el mundo. La palabra de Dios y el testimonio de vida son las dos vías para hacer real el mensaje de Cristo en nuestro mundo, hacia Dios y hacia los demás. Sólo así podremos hacer realidad otra historia, otra encarnación, otra espiritualidad. En definitiva, nuestra fe sólo puede desarrollarse en medio del mundo y de la historia porque Dios se hizo uno de nosotros. León XIV nos lo recordaba hace unos días: “Dios se hizo carne, por eso no hay un culto auténtico a Dios sin el cuidado de la carne humana. Por eso la encarnación nos pide un compromiso concreto por la promoción de la fraternidad y de la comunión, para que la solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles”. Entonces, ¿evangelio o tiro porque me toca y a que siga el juego como hasta ahora?
José Miguel Martínez Castelló
Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)
