Trump, el Estado securitario y la mutación postfascista: hacia un nacionalcristianismo de red
"Trump no necesita declarar explícitamente una guerra religiosa; le basta con construir un marco en el que sus guerras —militares, migratorias o culturales— aparezcan como parte de una lucha moral más amplia"
En la segunda presidencia de Donald Trump, el aparato estatal estadounidense parece haber entrado en una fase que opera dentro de la democracia formal mientras la vacía progresivamente, combinando securitización extrema, guerra cultural y una creciente sacralización del poder. De hecho, distintas confesiones tuvieron un importante peso en su reelección.
Este proceso no se manifiesta únicamente en el discurso, sino en la reorganización material del Estado: El Departamento de Defensa ha sido renombrado como Departamento de Guerra. La política exterior reciente, especialmente en relación con la guerra de Irán, no sólo apunta a una intensificación del conflicto, sino a su legitimación en términos casi civilizatorios. Trump ha recurrido reiteradamente a un lenguaje en el que la guerra aparece como necesaria, inevitable e incluso moralmente justificada, y en ocasiones ha invocado explícitamente la idea de que Estados Unidos actúa bajo el designio de Dios y bajo su propia moral.
Aquí la guerra deja de ser únicamente un instrumento político para convertirse en una empresa moral sacralizada. Esta dimensión conecta con la crítica que hizo décadas antes la teóloga Dorothee Sölle, quien denunció la “teologización de la violencia” en las sociedades modernas, es decir, la tendencia a justificar la guerra como si fuera compatible con una ética religiosa. En el caso actual, esta lógica no se presenta como teología sistemática, sino como retórica política difusa, pero cumple una función similar: legitimar la violencia estatal como parte de un orden trascendente basado en un Cristo guerrero y victorioso, opuesto al Cristo histórico de los Evangelios.
Este desplazamiento se vuelve más inquietante cuando se conecta con las políticas de ámbito doméstico. El sistema migratorio encabezado por la U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), dentro del Departamento de Seguridad Nacional, ha adoptado una lógica cada vez más cercana a la de un dispositivo de guerra interna. La expansión de recursos, el lenguaje de movilización y la normalización de prácticas de detención masiva a la población migrante configuran un escenario donde la frontera deja de ser un límite geográfico para convertirse en una tecnología social: el “enemigo” ya no está fuera, sino también dentro.
Este fenómeno encaja con el “ur-fascismo” de Umberto Eco, como pervivencia histórica de ciertos rasgos fascistas en el tiempo. Y con la lectura del postfascismo propuesta por Enzo Traverso, quien sostiene que las nuevas ultraderechas no replican el fascismo clásico, sino que lo transforman en formas compatibles con la democracia liberal. No hay ruptura abierta, sino una continuidad deformada, donde los mecanismos formales permanecen mientras su contenido se altera profundamente. ICE, en este sentido, no es una institución excepcional, sino una institución ordinaria que funciona bajo una lógica extraordinaria.
Sin embargo, lo que distingue este momento de otras formas de ultraderecha actual no es sólo la militarización o la securitización, sino la forma en que ambas se entrelazan con una arquitectura religiosa emergente. Aquí es donde volvemos a Sölle y a su cristofascismo, definido como legitimación y apoyo a ideologías totalitarias y autoritarias por parte de sectores cristianos. Al igual que ocurría con Eco y Traverso podemos adaptar ese concepto al de postcristofascismo, que emerge en democracia.
Una manifestación podría ser el nacionalismo cristiano, no como simple ideología política con referencias religiosas, sino como teología política que identifica la nación con un destino divino. En este marco, Estados Unidos no es solo un Estado, sino un sujeto providencial, y sus enemigos no son meramente adversarios geopolíticos o sociales, sino amenazas al orden moral conservador querido por Dios.
Para comprender plenamente su configuración actual, es necesario introducir una evolución reciente: el cristonacionalismo trumpista no surge de la nada, sino que se inscribe en la evolución del nacionalismo cristiano promovido por los movimientos neoconservadores y teoconservadores de finales del siglo XX. Estos movimientos ya habían articulado una fuerte alianza entre religión, política exterior y moral pública —especialmente en el contexto de la “guerra contra el terrorismo” de Bush—, pero lo hacían todavía dentro de marcos institucionales relativamente estabilizados.
Con el trumpismo, esta tradición experimenta una mutación cualitativa: el antiguo nacionalismo cristiano se transforma en un nacionalcristianismo más directo, menos mediado institucionalmente y más intensamente emocional y performativo. Ya no se trata sólo de fundamentar políticas en una moral cristiana conservadora, sino de fusionar identidad religiosa y liderazgo político en una misma figura carismática, donde la nación, el líder y la misión providencial tienden a superponerse. De hecho, nos son raras las imágenes en las que vemos a Trump rezando en el despacho oval por, entre otras, sus políticas bélicas, rodeado de líderes evangélicos que le “imponen las manos”.
Uno de los momentos culmen de este nacionalcristianismo será el 17 de mayo de 2026 cuando EE.UU. sea consagrado nuevamente a Dios, buscando reafirmar la identidad del país como "una nación bajo Dios". El evento, denominado "Rededicate 250", será una jornada de oración en el National Mall de Washington D.C., coincidiendo con el 250º aniversario de la independencia.
En este tránsito, el nacionalcristianismo trumpista radicaliza los elementos previos: intensifica la lógica amigo/enemigo, reduce el espacio del pluralismo religioso y convierte la política en una escena de confrontación moral absoluta. Es precisamente en este punto donde emergen rasgos que Dorothee Sölle habría identificado como propios del cristofascismo: la legitimación de la violencia, la sacralización del poder, la obediencia ciega y la instrumentalización de la fe como dispositivo de dominación en lo que podría ser una manifestación postcristofascista.
La teóloga Rosemary Radford Ruether ya había advertido también que el fundamentalismo cristiano en Estados Unidos opera como una ideología de dominio, articulada en la intersección entre nacionalismo, patriarcado y mesianismo religioso.
En esta misma línea, el trabajo de la historiadora Kristin Kobes Du Mez ha mostrado cómo el trumpismo se sostiene sobre una teología de la masculinidad agresiva. Trump no es una anomalía dentro del evangelismo, sino una expresión coherente de una cultura religiosa que valora el liderazgo fuerte, la violencia redentora y el militarismo como virtudes cristianas.
Por su parte, la teóloga Anthea Butler ha profundizado en la dimensión racial de este fenómeno, mostrando que el nacionalismo cristiano blanco no es un subproducto de la política, sino una estructura teológica en sí misma. La identidad nacional se construye sobre la exclusión, y esta exclusión se presenta como moralmente legítima. En este marco, políticas migratorias agresivas o discursos de seguridad no son simples decisiones pragmáticas, sino expresiones de una visión del mundo en la que pertenecer es también una categoría espiritual.
La dimensión crítica interna al propio cristianismo aparece con fuerza en figuras como la abogada Amanda Tyler, quien ha denunciado explícitamente estas derivas nacionalistas como una distorsión de la fe. Desde su trabajo en defensa de la libertad religiosa, advierte que esta ideología convierte la religión en un instrumento de exclusión política, erosionando tanto la democracia como la integridad del propio cristianismo.
Lejos de construir un Estado confesional clásico, la administración Trump ha desarrollado una red institucional de articulación con actores religiosos que opera de forma capilar. Así, la Oficina de la Fe —integrada directamente en el Consejo de Política Nacional de la Casa Blanca y con acceso directo al presidente— no es simplemente un órgano consultivo. Funciona como un nodo central de coordinación que extiende su influencia a prácticamente todo el aparato federal.
Bajo esta estructura, múltiples departamentos han incorporado centros específicos o figuras de enlace religioso con esta Oficina: el Departamento de Vivienda o el Departamento de Agricultura, por ejemplo. Lo que emerge no es una política religiosa aislada, sino una infraestructura estatal distribuida, donde la dimensión espiritual se integra en la gestión cotidiana del gobierno.
Esta red adquiere un perfil ideológico más definido si se observa su liderazgo. La oficina está dirigida por la evangélica Jennifer S. Korn y tiene como figura clave a la pastora evangélica y telepredicadora Paula White-Cain, una de las asesoras religiosas más cercanas a Trump, a quien compara con Jesucristo.
En este contexto, resulta especialmente significativo el reciente distanciamiento del obispo ultracatólico Joseph Strickland, figura desacatada del movimiento MAGA (Make America Great Again) de apoyo a Trump. Esto está en línea con la postura de León XIV, aunque no son pocos los católicos que siguen alineados con el trumpismo. Esta grieta no es un detalle menor, sino un síntoma de una reconfiguración más amplia: el eje religioso del poder trumpista parece desplazarse más hacia sectores evangélicos específicos, particularmente aquellos que combinan liderazgo carismático, teología de la prosperidad y obediencia y una visión escatológica de la política.
Así, la sacralización del conflicto externo, la securitización del espacio interno y la matriz simbólica del nacionalcristianismo, como manifestación de un postcristofascismo, no operan como elementos separados, sino como dimensiones de un mismo proceso. Trump no necesita declarar explícitamente una guerra religiosa; le basta con construir un marco en el que sus guerras —militares, migratorias o culturales— aparezcan como parte de una lucha moral más amplia.
En este sentido, la legitimación religiosa se convierte en un mecanismo central: no impone creencias, pero orienta percepciones. Permite que decisiones profundamente políticas se experimenten como inevitables, justas o incluso necesarias para preservar un orden superior.
Lo que emerge bajo Trump es una forma política nueva: un postfascismo securitario articulado con el nacionalcristianismo, donde el poder se presenta simultáneamente como protector, guerrero y agente de una misión trascendente, operando dentro de la democracia mientras transforma silenciosamente sus límites.
El riesgo no reside únicamente en las políticas concretas, sino en esta mutación profunda del imaginario político: una transformación en la que la violencia se moraliza, la religión se instrumentaliza y la democracia se vacía sin necesidad de ser abolida.