Los viajes del Papa Francisco
En una de las cuatro plataformas digitales contratadas para mi televisor he visto un precioso documental sobre los viajes del desaparecido y cada vez más entrañable y grande Papa Francisco. Todos ellos son viajes verdaderamente apostólicos. Méjico, Cuba, Chile, Turquía, Emiratos Árabes, Israel, Armenia, Madagascar, EEUU, Japón, Canadá, Siria, Malta, etc. Los principales amigos del Papa en todos ellos eran los pobres, los marginados, las minorías indígenas que quedaron de un país brutalmente colonizado, los descartados y los vitaliciamente desacreditados, que son los presos comunes, probablemente también víctimas de una sociedad despiadada. En el fondo los presos comunes son los mayores presos políticos.
Ortodoxos, musulmanes, judíos, budistas, animistas, jainistas o sintoístas rezaban con aquel gran Papa al Dios amigo de los hombres, respondiendo a ese sentido de apertura en la fe que se inicia con Los Hechos de los Apóstoles: “mihi ostendit Deus neminem communem aut immundum/akátharton dicere hominem”. Para Dios ningún ser del planeta Tierra es “alienigena” o “allóphylos”, y no sólo no es abominable/athémiton relacionarse con los demás hombres compartiendo la comida de cualquier cosa creada por Dios ( “thýson kaì pháge” ) y, por tanto, purificada por el Altísimo, sino que es obligación del cristiano sentirse hermano de todo hombre, del mismo modo que San Pedro, el primer Papa, se sintió hermano del centurión Cornelio.
Francisco nos proponía una fraternidad abierta. Su edad de abuelo en estos viajes y la extrema sencillez de su muy austera tegumenta imperfecta enfatizaba entrañablemente la Verdad que transmitía. Impactante fue en el Canadá su discurso contra el colonialismo, infamemente llamado cristiano, que se propuso el aniquilamiento de las culturas indígenas y su interesante mundivisión. Aquel discurso nos recuerda que los grandes teólogos de nuestra Escuela de Salamanca siguen vigentes y su mensaje para algunos sigue siendo revolucionario, desde Francisco de Vitoria a Bartolomé de Las Casas. También defendía en todos ellos Francisco la paz contra la guerra. Desgraciadamente los hombres seguimos enamorados de la guerra, enamorados del satánico espíritu de Caín. “Detén, Señor, la mano de Caín”, nos decía el Papa Francisco. Las guerras siempre se disfrazan de nobles reivindicaciones. En toda guerra lo que aparece en ruinas es el mismo proyecto de fraternidad, inscrito por Dios en la vocación de la familia humana.
San Francisco de Asís, en su visita al Sultán Malik-el-Kamil, tras un largo y penoso viaje, estuvo atento y totalmente abierto a oír lo que le decía aquel gran y culto Sultán, sabedor de que su razón, su lógos humano, participaba como el suyo del noûs universal. Lo mismo hizo el Papa Francisco en su encuentro fraterno con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb. Para ambos líderes religiosos es un hecho que el avance del globalismo ha favorecido casi siempre la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes. Hoy la marcha dura y lenta hacia un mundo unido y más justo sufre un nuevo y drástico retroceso. Reaparece la tentación de hacer una cultura de muros, de levantar muros, muros en el corazón, muros en la tierra para evitar un encuentro con otras culturas, con otras personas, sobre todo si tienen la peligrosísima característica de ser pobres y estar desvalidos. Los “Otros” vuelve a ser un vocablo-gruñido, una realidad vitanda. Como la extrema pobreza es un peligro que siempre acaba en desesperación lo mejor no es socorrerla, que es lo que nos pide nuestra propia naturaleza, sino levantar muros, cuanto más altos mejor, que es lo que reclama nuestra codicia.
Quiso y enseñó Protágoras, el principal pensador de una sociedad liberal, que tuviese cada uno su particular noción de cada cosa, su medida personal y única: el fundamento de su egoísmo. Quiso Abrahán que tuviese cada uno el radio cordial de su semen: de su familia patriarcal y nacional. Frente al primero de levantó Sócrates elaborando una idea universal: con la fe en la realidad metafísica de la idea una y única, intuible, inmutable y común. Frente al segundo se levantó Jesús, Dios Hijo, divinidad nacida de mujer, afirmando el radio universal del corazón humano: la fraternidad universal absoluta. Y los viajes de Francisco respondieron todos a eso, a una fraternidad universal absoluta. Debió haber visitado Francisco también la Rusia postsoviética. El alma rusa es un alma en la que ha triunfado abrumadoramente el Evangelio de Jesús y va loca por la historia, guiada por el sentimiento compasivo de todo dolor humano esencial, y ayuna de todo cálculo racional, distinguido, selectivo.
Decía Antonio Machado que el alma rusa está siempre en permanente bancarrota por generosidad alocada. Cuando Machado agradecía el apoyo ruso en nuestra Guerra Civil, distinguía, desconcertando a todos los socialistas y comunistas, entre el alma rusa y el sentido de su generosidad, por una parte, y el marxismo y comunismo soviético, por otra, siempre calculadores. El Papa Francisco combatió siempre el solipsismo cristiano, que aísla a los individuos, a los grupos, a las razas y a las culturas, en una suerte de reunión simbólica o sacramentaria, pero no real y efectiva. Aquí no hay nadie, ni individuo ni país, que haya nacido para sí; se es para el otro. Y el mismo Jesús, que desciende y viene al mundo a probar el destino del mundo, de los otros, puesto que Dios se compromete así con su Creación, es el arquetipo del Ser que es otredad. Es la hora de Jesús y del Cristo que no se deja enterrar ya. Efectivamente el Cristo no se deja enterrar ya. Llega su hora: la esencial heterogeneidad del ser se eleva como principio orientador en el Vaticano, y este principio parece continuar como fundamento en este nuevo Papa, que es el gran León XIV.
Hoy la realidad misma gime y se rebela, y el sensible corazón del Papa nos recordaba la Eneida, de Virgilio: “Sunt lacrimae rerum et menten mortalia tangunt” ( I, 462 ). Todos los hombres navegamos en la misma barca, y el “sálvese quien pueda” se traducirá fatal y rápidamente en un suicida “todos contra todos”. Francisco, antes de morir, advirtió de la brutal xenofobia que se cernía sobre Europa, egresada del demonio de la codicia y la locura nacionalista de pueblo elegido. Los inmigrantes no son ya considerados suficientemente dignos para participar en la vida social como cualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona. Nunca se atreverán a decir que no son humanos, pero, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos y mirarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos. No son, desde luego hoy, una “prioridad” humana. Yo sí creo en la santidad del Papa Francisco.