Por una vivienda digna para cada familia
"Los derechos humanos -incluido el acceso a una vivienda- brotan de la dignidad inalienable de la persona y no de su funcionalidad económica o su poder adquisitivo. Cuando una vivienda se subordina estrictamente a las dinámicas del mercado especulativo, se vulnera el principio del destino universal de los bienes"
En las últimas intervenciones que ha tenido Cáritas Zamora y en las que he intervenido, una de las realidades más apremiantes que hemos señalado ha sido el problema de la vivienda. Cuando se presentó el informe FOESA 2025 en la Diócesis, escuchamos que la vivienda es una de las dimensiones de exclusión social que más ha empeorado en el último periodo. Las personas sin hogar han pasado a ser la primera prioridad de nuestra acción caritativa.
Por ejemplo, en los dos últimos años, el dinero que el Obispo recibe de la CEE para dedicarlo a la caridad y la acción social ha ido íntegramente a la “Casa de Betania” donde viven personas que no tienen hogar y hay una mesa compartida. Nuestra Iglesia tiene claro que los derechos humanos -incluido el acceso a una vivienda- brotan de la dignidad inalienable de la persona y no de su funcionalidad económica o su poder adquisitivo. Cuando una vivienda se subordina estrictamente a las dinámicas del mercado especulativo, se vulnera el principio del destino universal de los bienes.
El bien común no es una mera agregación de intereses particulares, sino el conjunto de condiciones sociales que permiten a una colectividad y a cada miembro de ella, alcanzar su perfección. Una sociedad donde el derecho a la vivienda se convierte en un bien precario, se hace estructuralmente frágil y despoja a la persona de su raíz comunitaria. La falta de viviendas dignas constituye una herida abierta en el cuerpo social y es, en definitiva, una quiebra de la fraternidad evangélica.
Julio L. Martínez, en un estudio sobre esta realidad nos dice: “El significado del bien común es guía de orientación para la acción: un desde dónde ver y analizar (diálogo, discernimiento, decisión) y un hacia donde de los criterios para una sociedad digna y decente; como conjunto de criterios orientadores de la vida social y asegurador de las obligaciones de participación de los ciudadanos en la vida pública. La naturaleza dinámica del bien común nos pone delante de un proceso de permanente desarrollo al modo de un continuo trabajo de progreso” (Fronteras de la moral social, 241-242). Su dinámica nos tiene que mover a la acción y ayudarnos a “ver con el corazón” para que haya una imaginación social prospectiva.
La Diócesis de Zamora quiere abrir sus puertas al mundo para que el bien nos construya como personas y, supuesto, como cristianos. Sabemos que el “bien que hacemos, nos hace”, que “el bien por el que vivimos nos da vida”; que el bien se difunde para que el mal no se reproduzca, incluso aunque el mal se multiplique.
Las viviendas parroquiales que han quedado deshabitadas las hemos ofrecido para que cumplan un fin social donde no haya especulación y puedan revertir en un bien, sea para el municipio, sea para una familia o un alquiler social
Nuestra Iglesia de Zamora quiere que este principio ético se convierta en cercanía samaritana y compromiso eclesial con los más vulnerables: Hemos hecho realidad que la casa del Obispo al lado del Palacio Episcopal se convierta en casa para seis sacerdotes de distinta procedencia. Frente a la soledad y la exclusión que priman en nuestros pueblos por la despoblación, nuestro camino es la convivencia y el compartir. Por otra parte, las viviendas parroquiales que han quedado deshabitadas las hemos ofrecido para que cumplan un fin social donde no haya especulación y puedan revertir en un bien, sea para el municipio, sea para una familia o un alquiler social. Es un modo de gestión patrimonial transparente y desvinculado de la especulación inmobiliaria. La vivienda es el núcleo donde se tejen redes comunitarias que combaten el individualismo y el abandono.
La casa sacerdotal, en este momento es una especie de Co-housing intergeneracional donde sacerdotes mayores, de mediana edad y jóvenes conviven, rompen la tentación de hacer guetos periféricos y son un signo para toda la sociedad. Nuestras casas de convivencia sacerdotal quieren ser una voz profética que diga a la sociedad que tenemos que construir espacios sagrados de dignidad, calor humano y fraternidad frente al descarte.
Es necesario exigir de los poderes públicos políticas fiscales, legislativas y sociales que limiten la especulación desmedida, el alquiler abusivo y la prioridad de los grupos más vulnerables al acceso de la vivienda
Nuestro camino está entrelazado por la caridad que exige eficacia y justicia estructural, no basta con paliar los efectos de la exclusión, hay que incidir en sus causas. Es necesario exigir de los poderes públicos políticas fiscales, legislativas y sociales que limiten la especulación desmedida, el alquiler abusivo y la prioridad de los grupos más vulnerables al acceso de la vivienda. ¡Cómo no pensar en los jóvenes que tienen tan difícil el acceso a formar un hogar! Un techo digno no es solo una estructura, es la condición indispensable para que toda persona pueda desarrollar su proyecto de vida, cuidar de los suyos y ejercer plenamente su ciudadanía y su filiación divina. Nuestro Dios es Comunidad, es Hogar y Familia. Por tanto, la vivienda es una palabra que queremos decir como testimonio del bien de nuestro Señor a esta sociedad y al hombre de hoy, especialmente al más vulnerable y excluido.