Vocaciones visibles, fragilidades invisibles: Ravagnani no es el problema
Cuando una obra, un movimiento o una pastoral dependen casi por completo del carisma de una persona, algo estructural ya está fallando… ¿A quién seguimos? Esta es, quizá, la pregunta más evangélica de todas
La reciente decisión viralizada por él mismo, “don Rava” (Alberto Ravagnani), sacerdote de Milán, de dejar el ministerio sacerdotal ha generado conmoción, debates encendidos y no pocas interpretaciones apresuradas. Para algunos, se trata de una decepción; para otros, de una traición; para otros, simplemente de un escándalo más en tiempos de Iglesia frágil y expuesta. Sin embargo, quizá la pregunta más honesta no sea qué le pasó a Ravagnani, sino qué está ocurriendo con un fenómeno cada vez más extendido en la Iglesia: sacerdotes y religiosas que se vuelven virales y son rápidamente celebrados como signos de renovación, de evangelización siendo misioneros digitales. Hoy vemos emerger esto con fuerza, religiosos convertidos en referentes mediáticos en poco tiempo. Esto no es un problema en sí mismo, al contrario, creo que es un medio y puede ser muy bueno. Pero la cuestión no es la visibilidad en sí, sino quién acompaña estos procesos, quién los discierne y quién pone límites cuando la exposición crece más rápido que la maduración interior. Porque no se trata solo de trayectorias individuales, sino de jóvenes dentro de un sistema que los impulsa, los idealiza y, no pocas veces, luego los deja solos, sin una verdadera red de cuidado humano y espiritual.
Durante la pandemia, Ravagnani se convirtió en un referente inesperado. Supo traducir el lenguaje eclesial a los códigos de YouTube y TikTok, acercando a muchos adolescentes y jóvenes a una Iglesia que, para ellos, resultaba lejana. Fue celebrado como signo de renovación, como prueba de que “sí se puede” llegar a las nuevas generaciones. Pero con el tiempo, su perfil fue mutando: entrenamiento físico, rutinas de gimnasio, preparación para competiciones, promoción de productos. Para algunos, una imagen saludable y moderna del clero; para otros, una sobreexposición incompatible con el ministerio. La polarización estaba servida.
Más allá de los juicios morales —siempre tentadores y casi siempre simplificadores—, conviene preguntarse: ¿qué lugar damos al cuerpo, al cansancio, a la identidad personal de un sacerdote joven sometido a una exposición constante? ¿Quién acompaña los desplazamientos interiores que produce pasar de ser “un cura más” a convertirse en referente mediático, en rostro visible de una pastoral exitosa?
La Iglesia ha aprendido —y no sin esfuerzo— a reconocer la importancia de la comunicación, de la presencia en redes, de los nuevos lenguajes. Sin embargo, parece no haber desarrollado con la misma profundidad estructuras de contención para quienes encarnan esa visibilidad. Hay algo paradójico en esto: cuanto más “funciona” un sacerdote, cuanto más impacto genera, más corre el riesgo de quedar atrapado en su rol, de ser necesario, imprescindible, difícilmente sustituible. Y, a la vez, menos espacio tiene para mostrar fragilidad, ambivalencia o cansancio sin sentir que decepciona. Aquí surge una pregunta incómoda, pero necesaria, porque esta persona al ser sacerdote o religiosa está representando también una institución: ¿cuidamos a la persona o solo a la función que desempeña?
La reacción de “Fraternitá”, la asociación juvenil fundada por Ravagnani, es reveladora. Hablan de desconcierto, de sufrimiento, de una identidad que se tambalea. No solo se va un sacerdote; se resiente un proyecto entero. Esto debería encender una luz de alarma. Cuando una obra, un movimiento o una pastoral dependen casi por completo del carisma de una persona, algo estructural ya está fallando. No porque el carisma sea malo —al contrario, es un don—, sino porque ningún carisma individual puede ni debe sostener por sí solo una comunidad. Y ningún carisma individual puede sostener por sí solo una obra eclesial sin generar dependencias, idealizaciones y, finalmente, heridas. La Iglesia no puede permitirse proyectos construidos sobre figuras insustituibles. Necesita procesos compartidos, discernimientos comunitarios, liderazgos plurales. De lo contrario, cuando la figura se va —por la razón que sea—, el daño está servido.
¿A quién seguimos? Esta es, quizá, la pregunta más evangélica de todas. ¿Seguimos a personas o seguimos a Cristo? Y eso es fundamental que se acompañe en cada proceso, que no nos confundamos, porque corremos el riesgo todos. ¿Lo que comunicamos, promovemos y celebramos conduce a Jesús o termina conduciendo —aunque no sea la intención— a quien comunica? Nada que sea verdaderamente evangélico puede perder este criterio. Si no conduce al encuentro con Jesús, si no descentra del yo para abrir al otro/Otro, algo se ha desviado, aunque tenga éxito, seguidores y buena prensa.
Entre el entusiasmo que atrae y el abandono del ministerio hay años de vida real: conflictos, dudas, tensiones entre el ideal y lo posible, entre la entrega y el desgaste. Es humano. Si esos procesos no encuentran escucha, palabra y acompañamiento, el final puede ser trágico, tanto individual como colectivamente.
Tal vez este momento nos pida menos reacciones inmediatas y más discernimiento. Más acompañamiento real de los procesos vocacionales, cuando se vuelven confusos, ambivalentes o dolorosos, y también, “virales”. Porque una Iglesia adulta y comprometida es la que “camina junta” en todas las etapas, ayudándonos a pensar, a frenar, a reordenar, a permanecer… o, a abandonar el ministerio, si es el caso.
Quizá la Iglesia no necesite solo sacerdotes visibles, creativos y eficaces, sino comunidades capaces de sostener procesos humanos complejos. Y preguntarse, ¿según qué criterio se comunica cuando se comunica en nombre de la Iglesia? ¿Quién discierne si lo que se publica edifica, confunde o desplaza el centro? Es una expresión personal sin más, o una palabra que implica al ministerio y a la Iglesia entera? Porque cuando la visibilidad crece sin un discernimiento claro, la cuestión ya no es solo de estilo o de carisma, sino de criterio evangélico y responsabilidad eclesial compartida.
