Celebrar la vida

Celebrar la vida
Celebrar la vida

«Advertir la vida mientras se vive, alcanzar a vislumbrar su implacable grandeza, disfrutar del tiempo y de las personas que lo habitan, celebrar la vida y el sueño de vivir, ese es su arte» (Doménico Cieri Estrada)

 

Parece que no están los tiempos para celebraciones. Menos aún si son festejos gratuitos, alegres, inclusivos, interraciales, contraculturales…

Desde que los seres humanos se empezaron a unir en clanes para cazar juntos, recolectar frutos, trabajar en común para vestirse con pieles o para mantener el fuego, se tiene constancia de lo vital y sagrada que era la celebración: después de la caza, por los primeros frutos o en la celebración de la muerte de los seres queridos.

La celebración ha sido así una constante a través de los tiempos. En cada país, en cada cultura, se festejan distintos e importantes acontecimientos que suceden a lo largo de la vida: el nacimiento, la mayoría de edad, los esponsales, la finalización de la existencia. Junto a la recogida de las cosechas, la primavera, la lluvia, el sol… y tantos otros regalos que nos ofrece la naturaleza cada día.

Para el hombre y la mujer es vital celebrar la vida, los distintos momentos que la caracterizan y le dan consistencia y plenitud. Pero no es fácil en estos momentos de crisis invitar a celebrar la vida. Te pueden decir que solo podrán festejarla quienes se encuentren acomodados, quienes tengan un trabajo decente, quienes no tengan entre sus familias y amistades a personas en paro, desahuciadas, o teniendo que emigrar para poder vivir. Y no seré yo quien diga que no tienen razón ante estas realidades crueles, ante tantos recortes antisociales e inhumanos. Lo que sí afirmo es la necesidad que tenemos de seguir celebrando, a pesar de todos los pesares. Porque si nos dejamos atrapar por el pesimismo más nefasto, nos habremos dejado atrapar por las redes de quienes manejan hoy la economía, la política subordinada a esta, que imponen las directrices de cómo debemos pensar y comportarnos.

Debemos reaprender a decir NO ante los poderosos. Y a celebrar nuestras pequeñas victorias, los éxitos de la gente humilde, el triunfo de las luchas sociales y democráticas contra los recortes, las conquistas de grupos que se unen para defender tantas causas justas. Esto en el campo social, laboral y político.

Pero también tenemos que forzarnos a celebrar en el ambiente personal, familiar, comunitario: festejar la amistad como la fuerza para afrontar esta época de duro invierno; la familia, sea cual sea la forma que adopte en nuestra sociedad, como lugar donde reposar, gozar, compartir, derramar lágrimas o recuperar fuerzas…     

Y seguir celebrando el cumpleaños, el aniversario, el sol que nos brinda calor y luz cada amanecer, la sonrisa que nos ofrecen en el Metro, la flor o el brote de hierba que vemos surgir en el asfalto, la poesía que nos hace vislumbrar lo sublime, la pintura que nubla nuestros ojos de lágrimas, la belleza de un atardecer, el amor y la ternura que sentimos crecer en nosotros junto a nuestros seres queridos, la solidaridad que crece y se extiende hacia tantos seres afligidos, marginados, la defensa de la naturaleza en este planeta herido…

Seguimos teniendo razones, cientos de razones para seguir celebrando la vida en sus diferentes manifestaciones. Para no rendirnos. Para seguir viviendo con sentido. Para que no nos roben la espiritualidad de la fiesta y la celebración. Porque la vida es una fiesta a la que están invitados todos los hombres y las mujeres de nuestro mundo, como parte integrante de la creación.    

 

«Felices quienes celebran el amor, la palabra, la solidaridad, la paz, la ternura, la dicha, la justicia, la pequeña, escurridiza y siempre tierna espiga de la esperanza».

 

(Espiritualidad para tiempos de crisis, coed. Desclée-RD)

Volver arriba