Ante el fallecimiento de un gran jesuita
Francisco de Javier, alma de José María Guibert
AMANECER
Con el frescor primero, como un canto,
nacían los colores a la vida
desde el sol desleído en rosa pálido;
y agorera la noche despedía
aquella sombra que dejó tu llanto,
aquella sombra que muere cada noche,
cuando se duerme el cuerpo,
y el alma sin quebranto
vaga sola buscando entre las nubes
el cobijo que le de un abrazo
por ensayar cada día este estar muerto
que es vivir sin vivir el desencanto;
y para luego despertar contigo
y mirar desde el alba el rostro amado
en que nací a luz, por siempre amanecido,
oh Dios que habitas de amor acurrucado
en la entraña de un mundo que no entiendo
y en el secreto temblor de mi regazo.
Pedro Miguel Lamet
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