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Muchas veces me he preguntado sobre cual es verdadero camino: si la aceptación o el cambio.
ACEPTACIÓN es no dar coces contra el aguijón, vivir en el ahora, liberarse del ego siempre insatisfecho, en contra de lo que tienes en este momento, conectado a una mente que runrunea y te impide sintonizar con los profundo.
CAMBIO es compromiso, rebeldía y lucha para modificar las estructuras injustas, transformación del mundo aquí y ahora, fe en un futuro mejor.
Se diría que la aceptación es más contemplativa y el cambio más activo. ¿Por dónde tirar?
Sin embargo no son tan distintas estas posturas. Mediante la aceptación taladras, a través del ahora, en lo que eres realmente, se te abre un espacio, descubres tu identidad profunda, sintonizas con un campo ancho que es lo que eres realmente, el Ser. Eso ya está cambiando el mundo, contribuyendo a la expansión de un yo soy, distinto del ego ridículo que nos exclaviza.
Mediante el cambio salgo también de mirarme el ombligo, de escuchar la perorata del ego que runrunea en mi interior pensamientos negativo, y me expando hacia los demás. Si la acción no la convierto en una droga, un somnífero; si parte de un impulso de amor, me abre y me realiza.
De modo que la aceptación es un cambio y el cambio un modo de aceptación del Ser en continua evolución, que tiene un sustrato que no cambia.
La gente piensa que la felicidad depende de lo que ocurra fuera. Pero el universo es muy inestable, cambia constantemente. La plenitud no está en la forma sino en lo que hay detrás, lo profundo. Si estoy en lo profundo, sin embargo, estoy cambiando las formas. Marta y María son ambas necesarias, pero “María escogió la mejor parte”.
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