Emilio Mignone, el hombre que abrió la puerta de atrás del episcopado argentino durante los años del Terrorismo de Estado
Este artículo ha sido pensado por los miles de desaparecidos y sus familiares en Argentina. Invito a leerlo en esta clave: ¿Qué hubiera hecho yo, si mi hija, esposo, esposa, nieto, amigo o amiga hubiera desaparecido en circunstancias semejantes?
¡Cuánto le debe la sociedad argentina y en particular la Iglesia católica y su Episcopado a Emilio Mignone! Abrir los ojos en plena oscuridad e intentar caminar para dar en algún momento con la claridad, requiere valentía y coraje, intuición y habilidad para no desfallecer y desbarrancar. Hablar sin tapujos con la convicción que nace de los hechos sin temor a ser amordazado, son el complemento necesario para la eficacia y el contagio. Cuando estas cualidades se dan en ciertas personas, son capaces de liderar movimientos sociales que cambian la historia y sacan a la luz lo que intencionada y maliciosamente otros han querido ocultar. Estas virtudes las tenía Emilio Mignone (1922-1998) en alto grado y supo hacer uso de ellas en uno de los peores momentos de su vida, el secuestro de su hija Mónica el 14 de mayo de 1976 (se cumplen hoy 50 años).
En el contexto de memoria, verdad y justicia que ofrece particularmente los 50 años del inicio del Terrorismo de Estado, es un acto de “justicia y gratitud”, recordar la figura de Emilio Mignon como esposo y padre, abogado y luchador incansable por los DD.HH, intelectual lúcido y escritor prolífico, cristiano católico cabal, hombre de conciencia, a la vez que clarividente crítico del accionar de la Iglesia católica durante la denominada “guerra sucia”[1].
Este artículo ha sido pensado, “reflexionando y orando”, por los miles de desaparecidos y sus familiares en nuestro país. En este tono invito al amable lector/a a leerlo “no como mera semblanza biográfica” que no compromete la conciencia, sino haciéndo el ejercicio de una “pregunta con imaginación” en un cuadro posible: ¿Qué hubiera hecho yo, si mi hija, esposo, esposa, nieto, amigo o amiga hubiera desaparecido en circunstancias semejantes? Puede que solo así estas cuantas líneas resulten mucho más que interesantes un ¡hecho “interpelante”!
Un laico con estilo de Vaticano II
El Concilio Vaticano II habló de los laicos/seglares más que ningún otro concilio en la historia[2]. Innumerables documentos delinean el perfil del cristiano que vive y ejercita su dimensión profética en el siglo (LG 31; 8c; GS 16; UR 9; AG 12; AA 4). Modelos no le faltan a la Iglesia del siglo XXI. Mignone ha sido uno de esos laicos con “estilo” de Vaticano II[3]. Estilo que desarrolló absorviendo lo propio y esencial de su terruño y abriéndose a lo nuevo de los tiempos que le tocó vivir. Su padre Juan Emilio, administraba el almacén Emilio Mignone y Cia., un próspero negocio familiar y su madre Candelaria Mugica, al casarse era Regente de Aplicación de la Escuela Normal Florentino Ameghino.
Emilio había nacido a los pies del santuario de la Virgen de Luján el 23 de julio de 1922, y fue educado por los hermanos maristas. En su camino al colegio pasaba, hacia su izquierda, por la Basílica, la casa parroquial y el edificio de Descanso de los Peregrinos, mientras que hacia la derecha tenía a la vista el viejo Cabildo, el Museo Udaondo y la estatua del General Manuel Belgrano en la Plaza. La simbología de patria y religión impresionaron mucho al joven Mignone y contribuyeron al fervor por el catolicismo católico que experimentó en sus primeros años. En 1944 escribía para una revista: “Luján es el símbolo de la tradición argentina, de nuestra única y esencial tradición.
En Luján se confunde en una sola divisa la fe católica y el amor a la tierra. Luján puede llamarse el corazón de la Patria. Y con su Basílica y su Museo, símbolo de la verdadera argentinidad”[4]. El colegio de los hermanos maristas despertó y fortaleció la vocación religiosa de Emilio. Durante años en Luján se decía que el hijo de Mignone iba a ser cura. Académicamente fue siempre el mejor en el colegio. Pero otros hechos le produjeron mayor satisfacción: su participación en el Centro interno de la Juventud de la Acción Católica Argentin (JAC), organismo que presidió todos los años que estuvo en el colegio y, por otra parte, la relación de trabajo que entabló con el Hermano Septimio Walsh quien, en los años siguientes sería uno de los grandes operadores de la educación católica en la Argentina y uno de los fundadores del Consejo Superior de la Educación Católica (Consudec).
Después de graduarse del secundario y durante sus años universitarios, Emilio fue un destacado e importante dirigente de la JAC. Desde 1946 hasta 1949 dirigió “Antorcha” el periódico de la JAC. Políticamente durante este período estuvo también comprometido con el nacionalismo[5]; sostuvo una posición neutralista frente a la Segunda Guerra Mundial, posición similar a la que tenía la Iglesia a principios del conflicto. Inclusive en 1946, aceptó ser candidato a diputado provincial por la Alianza Libertadora Nacionalista, en las elecciones del 24 de febrero en que Perón fue elegido presidente[6].
En estos años Emilio trabó una relación estrecha con muchos miembros de la jerarquía eclesiástica y jóvenes sacerdotes que iban a alcanzar posiciones de responsabilidad en la Iglesia argentina. Caso emblemático, es monseñor Antonio Plaza pero también muchos otros que menciona en su obra “Iglesia y dictadura” de la que hablaremos oportunamente. Pero tal vez el más influyente por aquellos años fue el P. Manuel Moledo, asesor entre 1943 y 1949 de la JAC[7].
Mignone colaboró todos estos años en la JAC pero estaba para otra cosa. El “desarrollo” de su fe católica es claramente identicable por estos años. Se había recibido de abogado; había renunciado a su puesto en los tribunales del trabajo; había ingresado en el gobierno de Mercante en la provincia de Buenos Aires; y cumplidos los veintisiete años estaba por casarse. Su vida de estudiante y de militante juvenil en la JAC habían terminado.
El año 1949 fue un punto de inflexión en la vida de Emilio. Comenzó como estudiante soltero, empleado de Tribunales y dirigente de la JAC, y terminó casado, graduado y Director de Enseñanza en la provincia de Buenos Aires. El noviazgo con Angélica Sosa (Chela) empezó a principios del 49, pero ellos se conocían desde la niñez y habían colaborado de distintas maneras en las actividades de la JAC en Luján, donde Chela era dirigente de las jóvenes. Su casamiento dio lugar no solo a un matrimonio feliz; Emilio y Chela fundaron una familia en la que se fomentaban ideales y valores cristianos, el respeto y la vida intelectual integral, independiente y amplia. Esa era la forma en que Emilio entendía el deber cristiano; como búsqueda de la verdad porque la Verdad, para él, era Dios y a dar “testimonio” de esa búsqueda dedicó su vida.
Emilio y Chela tuvieron cinco hijos: Isabel, Mónica y Mercedes, Fernando y Javier, en ese orden. Unicamente Mónica María Candelaria “desapareció” durante el Terrorismo de Estado. La pareja de Chela y Emilio era físicamente desigual: Emilio, alto y flaco, con el pelo cortado a cepillo, serio e intenso; Chela, baja y menuda, alegre, espontánea y chispeante. Había en Chela “realismo” y al mismo tiempo “coraje” que a veces incluso parecía superar el de Emilio, que era más reflexivo y contemporizador.
El corazón de Emilio sabía abrirse de par en par cuando mostraba sus sentimientos: “Mi querida Chela: ayer domingo te extrañaba…Quiero que me digas todo lo que se te ocurre de lo tuyo, de lo mío y que me hagas observar todo lo que yo no veo y que me digas en lo que necesito direcciones[8]”. Esta cita de una carta que Emilio le envía en una de sus tantas salidas en sus servicios de la Acción Católica, revela la confianza que existía entre ambos y que fueron forjando un temple que caracterizó a su matrimonio en los durísimos años que deberían vivir a partir del secuestro de su hija Mónica. ¡Nada se improvisa en la vida, tampoco la capacidad de tomar decisiones! Un ejemplo sirve de muestra, cuando “ambos renunciaron a sus puestos de dirigentes parroquiales de la JAC en 1948 por denunciar abusos del párroco en el financiamiento del transporte para los peregrinos[9]”. Sobran los comentarios para destacar que nada de “cristiano afectado” ni de “clericalismo complaciente”, había en el matrimonio de Chela y Emilio.
El 11 de junio de 1949, en La Plata a los 27 años, Mignone juró como Director General de Enseñanza de la provincia de Buenos Aires, un cargo que “cambió mi existencia” según dijo en una entrevista hacia el final de su vida[10]. Hubo muchas razones para el “cambio”. La primera de todas fue la relación con Arturo Sampay (1911-1977) “padre del constitucionalismo social en la Argentina”, quien fue el mentor intelectual de Mignone. Un amigo de Mignone que lo acompañó en su gestión en La Plata, destaca que la influencia intelectual de Sampay sobre todos se ejercía en un seminario informal en la biblioteca de su casa donde concurría gente de todos los estrato sociales, le llamaban “la académica” y los de afuera apodaban a los concurrentes como el “coro de ángeles de Sampay” por sus vínculos con la Iglesia[11].
El perfil intelectual y su experiencia en la OEA
A mediados de los años sesenta Emilio Mignone es uno de los inspiradores de “Encuentro”, la reunión anual de los ex dirigentes de la Acción Católica que tenía el fin de analizar los problemas del país. Predicando nuevamente la tolerancia e influido por Jean-Yves Calvez, el filósofo jesuita francés que había escrito en 1956 una importante obra sobre Karl Marx[12], que ayudó a fomentar el diálogo entre “cristianos y marxistas”, Mignone escribe diversos artículos sobre marxismo en que destaca su oposición en términos metafísicos aunque analiza con objetividad las dimensiones sociales del marxismo nacioanalista.
A esta altura Mignone, que ya había sido influenciado por el Vaticano II, se sentía irreconciliable en muchos aspectos con el catolicismo preconciliar de su juventud. En 1962, había aceptado un trabajo en educación del Departamento de Becas de la Organización de Estados Americanos (OEA). Vivió durante cinco años en Silver Spring en las afueras de Washington. Sus hijos fueron a la escuela pública y su trabajo le permitió viajar por toda América Latina, como asesor de la división técnica del Departamento de Educación, analizando programas universitarios y promoviendo el programa de becas.
Cuando volvió a la Argentina, Mignone decía que su experiencia en la OEA le había abierto la cabeza. Sin duda contribuyó también el contacto con las costumbres y la sociedad norteamericanas, y el proceso de cambio iniciado por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Estos años le revelaron a Emilio la naturaleza social liberal y tolerante de la sociedad norteamericana[13]; EE.UU se encontraba en plena ebullición social en los sesenta. Uno de sus vecinos, Irving Trainen, de quien se hizo muy amigo, era funcionario de la Fiscalía Federal y tenía la misión de viajar a los estados del Sur, arriesgando a veces su vida, para mediar en conflictos raciales. Desde una perspectiva ideológica norteamericana, para Trainen, Mignone era un liberal de centroizquierda, y de él decía: “Estaba a favor de los derechos civiles, creía que mi trabajo era apasionante y que debía hacerse”. Muchos años después, cuando Trainen conoció a través de los diarios la obra de Emilio por los derechos humanos en la Argentina tras el secuestro de Mónica, se sorprendió: le resultaba difícil imaginarlo en un rol de líder. Sin embargo, no le sorprendía saber que ante la desaparición de su hija, Chela hubiera reaccionado como una leona, pero Emilio era un hombre tranquilo al que Trainen nunca había visto enojado[14].
El secuestro de Mónica
Durante los años 1973-1976, con la vuelta del peronismo, Emilio fue nombrado rector de la Universidad de Luján que había ayudado a establecer y que tenía novedosas estructuras de extensión universitaria para incorporar a trabajadores al mundo académico y formar profesionales que sirvieran en la región. A su casa iban muchos jóvenes a hablar y discutir sobre política y Emilio siempre proponía la tolerancia en la discusión y advertía sobre los peligros del fanatismo violento. Emilio al igual que Chela iban al Bajo Flores para contribuir en la obra de las misiones religiosas en los barrios pobres.
Las hijas de Emilio, adolescentes cuando llegaron de Estados Unidos, concurrieron al Colegio de la Misericordia en Belgrano. Allí se sorprendieron del “antiamericanismo”[15], reinante que se reflejaba incluso en algunos comentarios de profesores; ellas, por provenir de EEUU, se sentían el blanco de tales críticas. Emilio hubiera querido que fuesen a una escuela pública -su estancia en EEUU lo había convencido de su valor-, pero no pudo por razones burocráticas.
En 1976, cuando las Fuerzas Armadas se adueñan del poder, Mignone pensó que pronto tendría problemas dado su compromiso con la educación popular, por el trabajo junto a sacerdotes en las villas a favor de los pobres, por su pensamiento y por su manera de hablar sin pelos en la lengua. Desde el punto de vista de los militares gobernantes y de aquellos obispos de la Iglesia que los apoyaban, él era una mala influencia ideológica. Sin embargo, el objetivo no era él sino su hija.
Yo le debo mucho a mucha gente, pero fundamentalmente estoy en deuda con Mónica, que fue la causa para que pusiera mi vida al servicio de los demás
Cuando el 15 de julio de 1985, Emilio Fermín Mignone con 63 años, declaró en el Juicio a las Juntas Militares, actuando como querrellante en la causa que involucraba no solo a su hija Mónica sino a otros desaparecidos/as, denominada “Lorusso y otros”, ofreció una descripción detallada de los hechos[16]. Habló “sin papel” durante dos horas y media, con una claridad y contundencia hechas de serenidad, que solo pueden apoyarse en una memoria prodigiosa y una conciencia insobornable, dando así un alto testimonio de patriotismo y de amor a su hija: “Yo le debo mucho a mucha gente, pero fundamentalmente estoy en deuda con Mónica, que fue la causa para que pusiera mi vida al servicio de los demás”, dirá años más tarde[17].
En la madrugada del viernes 14 de mayo de 1976, un grupo militar de tareas, ocho o diez hombres que portaban armas largas, vestidos con camperas, pantalón de fajina y borceguíes, ingresaron en el departamento de los Mignone, un tercer piso de un viejo edificio en Avenida Santa Fe 2949, entre Agüero y Austria. Mercedes, que tenía veintidós años, y María Rosa, la sobrina de Chela, de diecisiete años, estaban despiertas estudiando. En los cuartos del fondo dormían Emilio, Chela, Javier, que tenía diecinueve años, y María Eugenia, otra de las sobrinas que entonces tenía doce y dormía en el cuarto de Mónica. La noche anterior, Mónica había llegado tarde y estaba resfriada, así que se había ido al cuarto de Mercedes a dormir para no contagiar a María Eugenia. Fernando, el mayor de los varones, de veinte años, ya no vivía con los Mignone; se había mudado a la Residencia Universitaria Los Aleros, perteneciente al Opus Dei. Isabel, la mayor de todos, tenía veinticinco años y estaba de viaje en Estados Unidos por trabajo.
Esa madrugada, Emilio escuchó ruidos y llamados en la puerta del departamento. Medio dormido y preguntándose cómo alguien había podido entrar en el edificio sin tocar el timbre de la puerta de abajo, llegó a la puerta, corrió la mirilla y escuchó el grito: “Abran al Ejército Argentino”. Al preguntar si traían alguna credencial, alguien por toda respuesta alzó una ametralladora. Emilio abrió la puerta y cuatro o cinco hombres armados entraron en su casa. Tenían la cara descubierta y una edad entre veinte y treinta y pico de años. Al abrir la puerta Mignone sintió miedo y resignación, creía que venían por él. Políticamente estaba ubicado a la izquierda del peronismo; siendo rector, la Universidad Nacional de Luján, había sido cuestionada por algunos militares y civiles como “subversiva”[18], y se había dado cuenta de que en los últimos tiempos por lo menos un obispo de “derecha” de quien había sido amigo en el pasado no quería estar con él[19]. A Emilio le gustaba mucho escribir, en ese momento se le ocurrió la fantasía de que pasaría un tiempo en la cárcel con otras personas de la planta intermedia del peronismo, donde tendría más tiempo para reflexionar y escribir.
Cuando los militares preguntaron por Mónica, el alma se le fue a los pies. La resignación se transformó en terror por lo que le pudiera pasar a esa hija a la cual se sentía unido no solamente por los lazos familiares sino también por la vocación de servicio e intereses sociales e intelectuales que compartían. Emilio no creía que Mónica estuviera dentro de una organización guerrillera. Trabajaba de psicopedagoga, estudiaba y se dedicaba a los chicos de la villa en el Bajo Flores, adonde periódicamente también iban Emilio y Chela a ayudar, y vivía en la casa paterna. Pero mucha gente había sido secuestrada en esos meses.
Esa madrugada después de anunciar sus objetivos, dos militares entraron en el cuarto de Mónica para revisar sus papeles y encontraron a María Eugenia durmiendo. “La nena está durmiendo, ¿la movemos?”, preguntó Chela. “Déjenla”, contestaron. María Eugenia estaba despierta y sentía mucho miedo. Se volvió hacia la pared haciéndose la dormida mientras escuchaba el ruido de las carpetas de Mónica caer al suelo después de ser revisadas. Ya todos en la casa estaban despiertos. Uno de los militares se instaló al lado del teléfono. Otro encerró a Javier en la cocina. Mientras esperaba, Javier comió una mandarina y en un gesto de desafío y desprecio le ofreció un gajo al soldado que lo custodiaba, que no la aceptó[20].
Los militares solo revisaron el cuarto de Mónica y se llevaron dos libretas de direcciones. A Emilio le sorprendió que no revisaran los papeles de su escritorio o los libros de las bibliotecas de la casa. En sus estanterías había colecciones enteras de revistas y libros de política, cuando Emilio “por si acaso” quiso justificar su tenencia, recibió del jefe del operativo una solemne respuesta “el ejército argentino no persigue a nadie por sus opiniones políticas”[21]. Mercedes ayudó a vestirse a Mónica. En un momento que las dos entraron al baño, Mónica le entregó una libreta de direcciones[22], y le pidió que avisara con urgencia a María Marta Vásquez y César Lugones que se la estaban llevando. Mercedes nunca la había visto a Mónica con tanto miedo.
Antes de llevarse a Mónica, el jefe de los militares le dijo a Emilio que le diera dinero a su hija para el colectivo, ya que la llevaban al Regimiento de Infantería de Patricios N° 1 en Palermo, que no quedaba lejos, y le aseguró que después de unas horas que necesitaban para hacer averiguaciones acerca de una amiga, ella estaría de vuelta. No era cierto. Los militares eran marinos a los que, en el reparto de tareas de represión, les había tocado ocuparse de los católicos que pudieran tener alguna vinculación con la guerrilla.
Se llevaron a Mónica a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Pero Emilio y Chela no lo supieron esa madrugada. Querían creer las palabras del jefe del “grupo de tareas” y, alentados por la “corrección” del procedimiento -los hombres no habían destruido muebles ni robado objetos de valor ni golpeado o humillado a los familiares como muchas veces se hacía-, le dieron dinero a su hija, la besaron y la miraron sin saber que sería la última vez: vestida de blusa, jeans y zapatillas, rodeada por militares armados, vestidos de civil, Mónica bajó por el ascensor de rejas hasta la calle.
No bien se fueron, Emilio y Javier entraron en acción para seguirlos con su auto, pero los militares habían desinflado las gomas. Era muy temprano y en la avenida Santa Fe había poca actividad. La ciudad recién se despertaba. Chela y Javier fueron en taxi al departamento de los Lugones para avisarles a María Marta y a César del secuestro. Cuando llegaron, el portero estaba en la calle; subieron al departamento y tocaron el timbre. Nadie contestó. Notaron que el piso del pasillo estaba marcado con pisadas. Ya se los habían llevado. También fueron secuestrados esa madrugada Horacio Pérez Weiss, Beatriz Carbonel y María Ester Lorusso, que vivía con Mónica Quinteiro en su departamento y que esa noche estaba sola. Mónica Quinteiro se había quedado a dormir en la casa de sus padres. Pero ese día, por la tarde, Mónica Quinteiro desapareció del lugar donde trabajaba[23].
Esa noche de mayo, siete familias se quedaron sin un hijo o una hija: los Mignone, los Vásquez, los Lorusso, los Lugones, los Pérez Weiss, los Carbonel y los Quinteiro; sin hermano o hermana, sin nieto ni nieta. Cabe la pregunta: ¿qué pretendía el gobierno militar que hicieran esas familias? ¿Qué aceptaran mansamente no saber nunca si sus hijos estaban vivos o muertos, ignorar de qué crímenes se los acusaba? No había ni siquiera una explicación, no se sabía qué esperar ni qué camino tomar. Solo existía la mentira oficial, la hiprocrecía, la indiferencia y el miedo[24].
Mignone y la lucha por los desaparecidos/as
En la Argentina hacía años que desaparecía gente. “Lo chuparon” era la expresión que se usaba para describirlo. Pero tres meses antes del golpe, en enero de 1976, “los chupados” aumentaron significativamente en número. En enero desaparecieron 139 personas; en febrero, 87. Los militares tomaron el poder el 24 de marzo y ese mes desaparecieron 265 personas, en abril desaparecieron 316 personas; en mayo, el mes en que desapareció Mónica, 335; en junio, 353; y a lo largo de 1976 iban a desaparecer más de 300 personas por mes y lo mismo ocurriría sin un suspiro en 1977. Estas cifras son aproximaciones, no pretenden ser verdaderas ni precisas; están calculadas a partir de las listas de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep)[25], y en ella hay errores[26].
No se 'vio morir a nadie', la gente simplemente desaparecía 'todos los días', alrededor de trescientas personas por mes a lo largo de dos años
Cuando el 11 de septiembre de 2001 en el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York murieron 3700 personas en dos horas, se las vio morir por televisión saltando de las Torres o quemadas y enterradas en el derrumbe. En la Argentina no se “vio morir a nadie”, la gente simplemente desaparecía “todos los días”, alrededor de trescientas personas por mes a lo largo de dos años. Los dos hechos fueron acciones terroristas, pero el terror que infudieron fue abismalmente distinto. Robert Cox -el intrépido periodista que dirigió el “Buenos Aires Herald”, el periódico argentino publicado en inglés que desafió a la dictadura militar, dice en el prólogo de la biografía que le escribió su hijo: “La justicia en la Argentina, llega con retraso. La declaración de la comisión nombrada en 1983 para investigar las desapariciones no ha perdido vigencia: “Declaramos categóricamente -contrariamente a las afirmaciones de los ejecutores de este plan siniestro- que no solo persiguieron a los miembros de las organizaciones políticas que cometían actos de terrorismo. Entre las víctimas hay miles de personas que jamás tuvieron relación alguna con esa actividad y no obstante fueron sometidas a torturas horribles porque se oponían a la dictadura militar, participaban de actividades sindicales o estudiantiles, eran intelectuales de renombre que cuestionaban el terrorismo de Estado o simplemente por ser parientes, amigos o nombres que figuraban en la libreta telefónica de alguien”[27].
Desaparecida Mónica, Emilio llamó a conocidos, amigos y familiares; fue a comisarías y cuarteles, hizo gestiones y trámites, habló con autoridades seculares y eclesiásticas, y rezó más que nunca. El hermano Septimio figura en la primera lista de las personas a las que llamó. El primero de todos fue el ministro de Educación, Ricardo Bruera[28], con quien tenía una relación amistosa. Los llamados, las gestiones y los trámites no arrojaron ningún resultado. Pero Emilio siguió adelante. Expandió la red de sus gestiones, funcionarios, militares, periodistas, diplomáticos, hombres de negocio y de la Iglesia católica, tanto nacionales como extranjeros. Y siempre, nada. A quien fuera que le escribiera por cualquier asunto, lo conociera o no, le decía: “Usted sabrá el problema familiar que nos aqueja”, y pasaba a narrar el secuestro de Mónica y las infructuosas gestiones para encontrarla. En 1976, Emilio seguía trabajando como consultor en educación para la Organización de Estados Americanos y del Banco Internacional de Desarrollo, y era director del programa de Buenos Aires de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), con sede en Chile. Por trabajo viajó a Brasil, Chile y Venezuela y, en 1977 a Estados Unidos; se veía gente que había conocido a lo largo de los años y con gente que acababa de conocer. A todos les contaba una y otra vez que a Mónica la habían secuestrado, que no aparecía, que no tenía noticias sobre su existencia y que el gobierno negaba su responsabilidad.
La búsqueda de su hija fue el eje de su vida, el mismo eje alrededor del cual giraban primero cientos, luego miles de familias argentinas. Del departamento de la avenida Santa Fe entraba y salía gente a toda hora, conversaban, comparaban hábeas corpus y solicitaban entrevistas con gente influyente. Emilio y Chela ingresaron en el universo de los familiares de personas desaparecidas muy al comienzo, cuando recién se estaban formando y cuando existía la esperanza, que tardaría mucho en desvanecerse, de que los secuestrados estaban con vida en algún campo de concentración clandestino. Así forjaron amistades con hombres y mujeres, padres, madres, hermanos e hijos, con creyentes, escépticos, ateos, comunistas, socialistas, demócratas cristianos, peronistas, antiperonistas, conservadores y apolíticos, todos absorbidos por un mismo drama que les tocaba vivir. De esta manera, el Movimiento de Derechos Humanos (DD.HH) argentino “no tuvo un origen partidario, religioso o ideológico”, sino que fue concebido como un fin en sí mismo. Años después, Emilio escribió en “Derechos humanos y sociedad” que después de la Segunda Guerra Mundial se había llegado: “[a la] conciencia universal de la necesidad de preservar derechos esenciales de la persona humana en su condición de tal con independencia de nacionalidad, ciudadanía, sexo, raza, cultura o religión. Decenas de miles de años y dos espantosas guerras mundiales precedidas de sangrientos genocidios, ha requerido la humanidad para arribar a esta concepción”[29]. Pero para que esta concepción se extendiera en toda su realidad, a los argentinos les hizo falta la experiencia directa, espantosa, que permitiera romper las barreras ideológicas, culturales y religiosas que los habían separado.
Hay que saber que la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH) fue el primer organismo de derechos humanos de la Argentina, creado en 1937. Por su experiencia de décadas en defensa de las libertades democráticas, la LADH fue referencia para quienes buscaban a los desaparecidos. Los miembros de la Liga les sugerían a los familiares de desaparecidos la presentación de hábeas corpus y el envío de cartas dirigidas al presidente de facto Jorge Rafael Videla. La Liga “no se pronunciaba públicamente” sobre las desapariciones, en línea con la política del Partido Comunista (PC), que prefería distinguir a los represores entre halcones y palomas, mientras Moscú y Buenos Aires hacían negocios con trigo y minerales[30].
Los que, como Emilio y Chela, estaban en posición de denuncia permanente, eran considerados locos. No por nada el primer apodo que se les dio a las Madres de Plaza de Mayo cuando comenzaron sus rondas fue 'las locas de Plaza de Mayo'
Emilio y Chela se convencieron de que había que denunciar los hechos públicamente sin ocultar nada para penetrar el manto de clandestinidad y obligar al gobierno a responsabilizarse. Años después Emilio describió y fundamentó su decisión en su pequeño libro “Derechos humanos y sociedad”, allí decía: “No ocultar el hecho, como entonces con frecuencia se hacía, y por el contrario, difundirlo. Sostener ante los interlocutores y en especial frente a los representantes castrenses que el operativo había sido oficial, no irregular, y que ellos eran responsables de su detención y ocultamiento. Participar activamente en la organización de solidaridad y de los movimientos de denuncia y protesta”[31]. Así actuó, religiosamente, el matrimonio Mignone, desde el primer momento. A muchos esta actitud de los Mignone les parecía demencial, como si el dolor por la ausencia de la hija los hubiera trastocado. La gente cercana pero de afuera no podía comprender cómo se arriesgaban tanto; los que como ellos, estaban afectados directamente por el mismo drama a menudo creían que esa actitud ponía más en riesgo a los secuestrados. Los que, como Emilio y Chela, estaban en posición de denuncia permanente, eran considerados locos. No por nada el primer apodo que se les dio a las Madres de Plaza de Mayo cuando comenzaron sus rondas fue “las locas de Plaza de Mayo”, y esta era una expresión popular. A una persona que se le muere un hijo en un accidente de tránsito o por enfermedad recibe condolencias de familiares y amigos, pero a los padres de un hijo desaparecido de quien no se sabe si vive o está muerto, ¿qué se le dice? “Rezamos para que Mónica esté con ustedes para cuando reciban esta carta”[32], así les escribían muchos amigos y conocidos. No había lugar para el duelo ni el consuelo, solo había lugar para transmitir la esperanza del regreso y después de transmitir esa esperanza, algunas de estas mismas personas dijeron para sí o a otros: “Por algo será o algo habrá hecho”. Así se tranquilizaban y se convencían de que a ellos, a los suyos, no les podía tocar. Emilio dejó una breve descripción de este fenómeno y sus consecuencias, sin culpar a nadie en particular: “Como es natural, los no afectados directamente optaban por mirar al costado y mantenerse indiferentes. No querían comprometerse por egoísmo, adhesión al régimen o temor. Muchas amistades se deshicieron y con frecuencia esto afectó la relación familiar”[33].
Cuando desapareció Mónica, el gobierno estaba recién instalado, llevaba cuarenta y nueve días en el poder. Todavía contaba con la adhesión de muchos argentinos que pensaban que los “militares iban a poner orden y a terminar con la violencia de todo signo” que había azotado a la sociedad durante el gobierno de Isabel Perón[34]. El primer reclamo público de Mignone fue al nivel más alto. Después del mensaje al país que pronunció el general Jorge Rafael Videla el 25 de mayo de 1976, Emilio le escribió una carta abierta de tono cortés. En ella le informa sobre cómo fue secuestrada su hija y “que todos los organismos consultados o requeridos ya sea en forma personal o mediante el recurso de hábeas corpus han respondido negativamente”[35]. También escribe que es algo elemental en una sociedad civilizada “conocer dónde se halla; qué autoridad ha dispuesto su detención; cuál es su estado (dado que posee un problema congénito de salud); si es posible, de qué se la acusa” y apela a los “principios y valores humanos, cristianos y argentinos reiteradamente anunciados” [Videla][36]. Nunca recibió respuesta y la carta no fue difundida por los grandes diarios.
Desaparecían cientos por mes y no era noticia. Quizá porque no se denunciaba públicamente. Si se arriesgaba uno a denunciar el hecho, tampoco era noticia. No hubo carta más sensata, más clara, más relevante para los tiempos que se vivían que la carta que Emilio Mignone le escribió al presidente de la República general Jorge Rafael Videla. En ella reconocía la posibilidad de que Mónica fuera culpable de un delito, solo pedía a las autoridades que se aplicaran las leyes del país y de la humanidad.
Pero para la lógica militar de entonces, si Mónica había sido secuestrada significaba que se la consideraba subversiva, y si se la consideraba subversiva, no se la consideraba un ser humano, no tenía derecho a nada, era una “irrecuperable”, es más una “basura”, algo “inservible”. Estas ideas fueron acuñando la llamada “disposición final”, que según testimonio de Jorge Rafael Videla al periodista e investigador Ceferino Reato en entrevistas en la prisión de Campo de Mayo: “son dos palabras muy militares y significan sacar de servicio una cosa por inservible. Cuando, por ejemplo, se habla de una ropa que ya no se usa o no sirve porque está gastada, pasa a disposición final. Ya no tiene vida útil”[37]. Este era el mensaje del gobierno militar a las personas que gobernaba.
"Iglesia y dictadura": un libro nacido por un imperativo de conciencia
En el marco de memoria de los 50 años del inicio del Terrorismo de Estado, un lugar destacado se le debe a “Iglesia y dictadura”. Este libro que Emilio Mignone escribió en 1986 y que está cumpliendo 40 años, es un testimonio vivo donde el autor acusa a la jerarquía de la Iglesia católica argentina en general y a unos obispos y sacerdotes en particular de no haberse opuesto con firmeza a la represión ilegal, y a otros de justificar y aun participar en ella.
Mignone escribió el libro “por un imperativo de conciencia”[38]; no se habría quedado tranquilo como cristiano y católico de no haberlo hecho. En el prólogo, dos citas expresan sus propósitos. En la primera, tomada de Ezequiel 34, 1,2, Dios le dice al profeta que predique contra los sacerdotes de Israel porque estos, a diferencia de los buenos pastores, en vez de cuidar al rebaño se cuidan a sí mismos. La segunda es del historiador argentino José Luis Romero, donde reconoce que la pasión con que se escribe sobre ciertos temas es el resultado de los sufrimientos con que están asociados. Romero cree, sin embargo, que esa pasión no le impide ser objetivo y espera que el equilibrio entre pasión y objetividad deje intacto el interés por los temas de la realidad argentina. Otro de sus objetivos era abrir un diálogo en la Iglesia sobre las relaciones entre Iglesia y sociedad, e Iglesia y Estado.
El libro se vendió mucho, fue un “best-seller” pero no tuvo eco en la opinión pública porque ni los grandes diarios ni las publicaciones católicas lo comentaron. En 2023 cuando en el auditorio de la Pontificia Universidad Católica Argentina se presentó oficialmente la monumental obra “La verdad los hará Libres”, el P. Juan Guillermo Durán, historiador, profesor emérito de la Facultad de Teología (UCA) y uno de los editores, fue claro y contundente al recordar las palabras dirigidas al grupo de investigadores: “en este sentido la relectura de la obra de Emilio Mignone constituyó una instancia motivante que nos movilizó a ofrecer a Mignone en el recuerdo, el apoyo documental con el que no pudo contar en su momento. Esto nos llevó a poner una base diciendo: no diremos menos de lo dicho, trataremos de decir mucho más de lo dicho”[39]. En el prólogo que Adolfo Pérez Esquivel (Premio Novel de la Paz en 1980), escribió para la edición en inglés [1987], con el sugerente título “Witness to the truth” [“Testigo de la verdad”], señala atinadamente que “seguramente habrá quienes traten de desacreditar este libro, clamando que es solo un ataque a la Iglesia. Nada podría ser más erróneo e injustificado […] Es imperativo hacer un llamado al interior de la Iglesia argentina, para desafiarla a reflexionar seriamente sobre el compromiso de los cristianos con la realidad histórica de la vida de su pueblo”[40].
Ese desfío fue precisamente lo que Mignone realizó en su libro. No todo es negativo en “Iglesia y dictadura”, reconoce y admira el heroísmo de los obispos argentinos que lucharon por los DD.HH en sus respectivas diócesis. Menciona a Jaime de Nevares, obispo de Neuquén; Miguel Hesayne, obispo de Viedma; y Jorge Novak, obispo de Quilmes. Tampoco desconoce a los obispos que realizaron gestiones privadas para aliviar el sufrimiento de las familias victimizadas por la represión y que también salvaron vidas: Vicente Zaspe, Carlos H. Ponce de León, Jorge Kemerer, Manuel Marengo, Alberto Devoto, Justo Laguna, Jorge A. Marozzi y Olimpo Maresma. Sin embargo, el libro es primordialmente un “J’accuse”[41], a la Iglesia católica argentina en lo institucional y en lo personal a aquellos obispos y sacerdotes que colaboraron de distintos modos con la represión ilegal. Empieza con monseñor Adolfo Servando Tortolo, arzobispo de Paraná, vicario de las FF.AA y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina [CEA], a quien fue a ver apenas desapareció Mónica. Emilio lo conocía de antes. Habían sido amigos cuando Tortolo fue vicario general de la diócesis de Mercedes, a fines de los años cuarenta. Cuando los Mignone volvieron de Estados Unidos, Tortolo ya era obispo. Pasaron por Paraná y Emilio fue con toda la familia a visitarlo a la catedral. Después de la desaparición de Mónica, Emilio le escribe a Tortolo aludiendo a sus años de amistad: “No es de ayer, por cierto, que nos conocemos”. Y le cuenta de su sufrimiento y del sufrimiento de miles de personas que tenían familiares desaparecidos. Pero Mignone solo recibía respuestas indirectas de Tortolo, entre ellas que no tenía pruebas de que se torturara. Mas supo que como presidente del CEA, Tortolo defendió la tortura entre sus pares. Esa fue la razón por la cual Emilio en “Iglesia y dictadura” recordó la frase de su hija en la visita que le hicieron en Paraná en 1968, cuando luego de recibir una pésima impresión, Mónica comentó “me parece un hipócrita”, aunque en el momento Emilio intentó defenderlo, con el paso de los años se dio cuenta que su afirmación no solo era correcta sino profética[42].
Otra de las figuras analizadas es monseñor Victorio Bonamín, provicario del Ejército, no era hipócrita. No negaba la tortura, simplemente se negaba a recibir a los familiares de los desaparecidos “porque no quería interferir en la acción del Ejército”. Bonamín era un hombre corpulento, que en los cuarteles arengaba a los oficiales y a la tropa usando fases apocalípticas. Seis meses antes de la dictadura militar, y probablemente en conocimiento de lo que iba a suceder, saludó y llamó a los militares “purificados en el Jordán de la sangre para ponerse frente a todo el país”[43]. Mignone detecta en sus homilías y discursos que “la sangre y la muerte son sus temas predilectos”, y no duda en llamarlo “el profeta del genocidio”. Su intuición servirá de motivación cuando 30 años más tarde un historiador, Lucas Bilbao y un sociólogo Ariel Lede Mendoza, acometan la tarea de trabajar sobre el “diario privado” de Bonamín, titulado: “Profeta del genocidio. El Vicariato castrense y los diarios del obispo Bonamín en la última dictadura”[44]. Allí los investigadores confirman muchas de las intuiciones y afirmaciones de Mignone, cuando al hablar de la “moral de la lucha antisubversiva” señalan: “el punto más alto de acompañamiento al Terrorismo de Estado por parte de Bonamín y el vicariato fue la elaboración y difusión de lo que él mismo denominó una “moral de la lucha antisubversiva, la justificación teológica de la tortura y la muerte, y el consecuente alivio de la conciencia de los militares”[45].
Desde su posición de vicario del Ejército, Bonamín es responsable de haber contribuido a elaborar durante muchos años, una doctrina seudorreligiosa dirigida a sustentar el ejercicio del poder político por las FF.AA y la utilización de cualquier medio para lograr sus fines. El 22 de diciembre de 1981, día en que Bonamín pasó a retiro, el comandante en jefe del Ejército, general Cristino Nicolaides, presidió un agasajo durante el cual le entregó la medalla que constituye el máximo galardón de la fuerza. En el discurso de despedida no escatimó elogios ni agradecimientos, poniendo de manifiesto la identificación del prelado dimitente con la concepción ideológica que sustentó la denominada “guerra sucia”. “Cuadros y tropas -dijo Nicolaides- lo recibían sedientos de su prédica, sustento espiritual imprescindible para afrontar los esfuerzos y superar las incomprensiones […] su consejo aseguraba definitivamente el buen rumbo de la espada”. Y abusando de la amalgama militar y religiosa lo calificó de “auténtico soldado de Cristo y de la Patria”[46].
Mignone se detiene también en una de las patéticas figuras episcopales, como monseñor José Miguel Medina, obispo de Jujuy y sucesor de Tortolo en el vicariato castrense. De él abundan testimonios de víctimas en el informe “Nunca Más” de la Conadep, que lo pintan a las claras como aliado y colaboracionista del plan y metodología de la dictadura[47].
Otro punto de sumo interés de Mignone, que debería abrir a “nuevas investigaciones”[48], es “el papel de los capellanes militares”[49]. Dentro del marco del Vicariato castrense los capellanes militares, policiales, penitenciarios, -estos últimos bajo control operacional de las FF.AA- cooperaron con la acción represiva. Son numerosos los testimonios ofrecidos ante la justicia y la Conadep que ponen de manifiesto esa actitud y franca contradicción entre sus enseñanzas y la doctrina del magisterio de la Iglesia contemporánea. Los solos nombres del P. Astigueta, capellán de la fuerza aérea en Córdoba quien “confesaba” a los prisioneros antes de ser fusilados clandestinamente y que nunca formuló la denuncia pública a que obliga la ley. El P. Gallardo, capellán del III cuerpo de Ejército, también en Córdoba, visitaba el centro clandestino La Perla. En una oportunidad le dijo al ex diputado José Osvaldo Musa, que estaba allí detenido desde el 22 de septiembre de 1978, que “solo es pecado torturar más de 48 horas”. También el P. Julio Mackinon, asiduo del mismo campo de concentración de La Perla[50], entrevistó a varios presos antes de ser ejecutados. El capellán del Liceo militar General Paz de Córdoba y jefe del servicio religioso de la IV Brigada de infantería aerotransportada, P. Miguel Ángel Regueiro, quien también cumplía funciones en la parroquia San Fermín, comentó en una reunión de curas de decanato en 1976, que al P. Nicoleau “hubo que matarlo”.
El P. Nicoleau fue secuestrado, torturado y asesinado en San Nicolás en la época en que el P. Regueiro se desempeñaba en esa ciudad[51]. En un estudio posterior, María Soledad Catoggio, menciona al P. Miguel Ángel Nicoleau de la congregación salesiana, y lo da como “desaparecido”[52]. No hablaremos de otros lamentables ejemplares episcopales como: Antonio José Plaza, arzobispo de La Plata y su delirante expresión en una homilía, “roguemos por el felíz resultado de la ardua tarea de quienes espiritualmente y temporalmente nos gobiernan”, calificando así la actuación de los militares. O también de Carlos Mariano Pérez, arzobispo de Salta, cuando en enero de 1984 sostuvo ante la prensa nada menos que: “Hay que erradicar a las Madres de Plaza de Mayo”[53].
Que el Episcopado Argentino tuvo problemas para reconocer al Movimiento de Derechos Humanos y que eso le acarreó en gran medida una notable pérdida de credibilidad es algo que Mignone deja muy claro en su libro. La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (C.I.D.H) de la O.E.A en 1979, causó irritación a muchos obispos. Mignone señala que en esa reacción se mezclaban varios factores, y destaca como primero “la ignorancia”. Casi en tono de ironía, dice que los obispos dan la impresión de no saber que la C.I.D.H integra la Organización de los Estados Americanos, a la cual pertenece Argentina y que ésta, por los tratados que ha suscripto, está obligada a aceptar su intevención.
Mignone es rotundo al decir “no tienen la menor idea del papel -encomiado con frecuencia por la Santa Sede- que desempeñan los organismos internacionales en la salvaguardia de los derechos humanos”[54]. De su viejo amigo monseñor Octavio Nicolás Derisi, de quien se había distanciado hace tiempo, comenta que en una declaración sobre DD.HH el primitivismo se combina con el agravio a las víctimas del terrorismo de Estado: “Creo que la C.I.D.H no debería haber venido”, sostiene Derisi en septiembre de 1979. “El gobierno -agrega- con una gran generosidad la ha aceptado. Por eso yo también la respeto, pero no tenía por qué una comisión extranjera venir a tomarnos examen. Creo que en este momento el gobierno lo está haciendo bien y no era necesario todo esto. Pero en fin, ya que han venido pido a Dios que sean objetivos y no se dejen influenciar por aquella gente que ha creado este problema en la Argentina: las familias de aquellos guerrilleros que mataron, secuestraron y robaron”[55]. En fin, huelgan las palabras para comentar el pensamiento del entonces rector de la Universidad Católica Argentina y obispo auxiliar de La Plata.
Mignone y el CELS: el fin de su vida y un legado permanente
La historia de las violaciones a los derechos humanos en la Argentina de los setenta, de los miles de desaparecidos por la dictadura militar, es mucho más que una historia, pero también es una historia. Desde varios puntos de vista, es la historia más importante de los últimos cincuenta años en este país y sigue vigente.
Emilio Mignone entra de lleno en el entramado de esta historia junto a un grupo de personas unidas por el deseo de llegar a la verdad y de castigar a los culpables por las desapariciones de esa época a través del sistema legal de la justicia argentina. Ellos fundaron y trabajaron en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), la organización no gubernamental que se encargó de llevar adelante la mayoría de los juicios en contra de los represores de la dictadura. Sus fundadores son padres y madres de clase media de jóvenes desaparecidos, como Emilio y Chela Mignone, y Augusto y Laura Conte. A diferencia de sus hijos, que despreciaban la democracia burguesa y querían cambiar el sistema, ellos pensaban que la dictadura que se había llevado a sus hijos era una aberración del sistema[56]. Supieron ver que solo conocerían la verdad sobre las desapariciones y obtendrían justicia para sus víctimas si recuperaban ese sistema, esa democracia tan vapuleada y despreciada por la generación de sus hijos.
Desde mediados de los setenta, cuando una valiente estrategia legal y un minucioso archivo doméstico sirvieron para enjuiciar a los responsables de la dictadura militar, el CELS ha logrado ser la organización de DD.HH más influyente y podersosa de Argentina. El 21 de diciembre de 1998 encontró a todo el plantel de CELS reunido. Todos menos Mignone, que estaba internado grave hacía algunos días en el Hospital Alemán. Murió ese día a los 76 años y lo velaron en la Cooperativa Eléctrica y de Servicios Públicos Lujanense[58].
El P. Eduardo de la Serna comenta que el obispo Jorge Novak, de la diócesis de Quilmes, “defensor de los Derechos humanos”, no había podido ir por enfermedad, y que la noche anterior había estado en el velatorio el obispo coadjutor, monseñor Gerardo Farrell, quien dijo: “A este hombre la Iglesia jerárquica tiene que pedirle perdón. Amaba a la Iglesia, por eso la criticó”.
Lo enterraron en el Cementerio Parque Los Pinos, en la ruta 192. Estaban sus viejos amigos de la JAC, José Luis Cantini y Antonio Cafiero y nuevos amigos militantes de los DD.HH, como José Westerkamp, Laura Conte, Nora Cortiñas y muchos otros. Antonio Cafiero tomó la palabra en la última despedida y dijo emotivamente: “¡Que pasó para te convirtieras de un militante de la Acción Católica en un cruzado de los Derechos humanos!”[59]. Todos los allí presentes supieron que la respuesta era su hija Mónica. “El Civismo”, diario de su pueblo que escribió sobre el casamiento de sus padres y criticó a Emilio en 1941 cuando tenía dieciocho años en una nota de primera página por sus discursos “incovenientes”, ese día tituló su nota necrológica: “Hemos perdido un padre”[60].
Notas de referencia:
[1] Así denominada al “conjunto de acciones ilegales, coactivas, violentas y violatorias de los derechos humanos llevadas adelante por un Estado en contra de un grupo determinado de personas -violentas o no- con el fin de eliminarlas o hacerlas cesar en sus intenciones”, en C. Galli, J. Durán, L. Liberti, F. Tavelli (eds.), “La verdad los hará Libres. La Iglesia católica en la espiral de violencia en Argentina 1966-1983”, Tomo 1, Buenos Aires, Planeta, 2023, p. 914.
[2] Cf. John W. O’Malley SJ., “Cuando los obispos se reúnen. Estudio comparativo de Trento, Vaticano I y Vaticano II”, Maliaño (Cantabria), 2021, pp. 142-146.
[3] En nuestro artículo subyace la perspectiva del “estilo cristiano” desarrollada ampliamente por el teólogo jesuita franco-alemán Christoph Theobald y que vemos emerger en diversos aspectos de la vida y obra de Emilio Mignone, puede verse: Christoph Theobald SJ., “Il cristianesimo come stile. Un modo di fare teologia nella postmodernità”, Bologna, EDB, 2010, p. 46 ss.
[4] Cf. Mario del Carril, “La vida de Emilio Mignone. Justicia, catolicismo y derechos humanos”, Buenos Aires, Emecé, 2011, pp. 21-28; (en adelante: “La vida de Emilio Mignone”).
[5] Sobre los desarrollos del nacionalismo cultural, figuras relevantes y obras que marcaron una época, puede verse: Francisco Leocata, “Los caminos de la Filosofía en la Argentina”, Buenos Aires, CESBA, 2004, pp. 209-230.
[6] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, pp. 82-83.
[7] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, pp. 71-72.
[8] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 76.
[9] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 75.
[10] Entrevista con la periodista Cristina Caiati, en Emilio F. Mignone, “Iglesia y Dictadura. El papel de la Iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar”, Buenos Aires, Colihue, 2013, p. 255 (en adelante: “Iglesia y Dictadura”).
[11] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 81.
[12] Jean-Yves Calvez SJ., “La pensée de Karl Marx”, Paris, Du Seuil, 1956, pp. 644-705; 696, 698.
[13] Cf. Thomas P. Ferguson, “Catholic and American. The political theology of John Courtney Murray”, Kansas City, Sheed & Ward, 1993, pp. 31-32.
[14] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 120.
[15] Sobre la cuestión del “americanismo” y la “libertad religiosa” puede verse nuestro artículo en Religión Digital: Ricardo Mauti, “John Courtney Murray SJ., y el combate por la libertad religiosa”, [en línea]: https://www.religiondigital.org/pensar_un_cristianismo_incomodo-_ricardo_mauti/Courtney-Murray-SJ-Libertad-Religiosa_7_2839586016.html.
[16] Puede verse la declaración completa de Emilio F. Mignone en el Juicio a la Juntas Militares, [en línea]: https://www.youtube.com/watch?v=pP1vP9Hd0wA.
[17] “La vida de Emilio Mignone”, p. 230.
[18] La obra “La verdad los hará Libres” ofrece en su “glosario histórico-político-jurídico” una atinada descripción y definición contextual del vocablo “subversión”, dice: “en sentido amplio se entiende como la acción de un movimiento político revolucionario que intenta alterar de forma violenta la estabilidad política o social de un país. En la Argentina, el término fue empleado profusamente a partir de la década de 1970 con referencia a la actuación de las organizaciones guerrilleras, con sentido negativo, para descalificarlas política y éticamente. Se hablaba en general de “la subversión” y de los participantes en ella como “delincuentes subversivos”. Y continuó usándose así por muchos años. El gobierno “de facto” (1976-1983) denominó “lucha antisubversiva” a su plan de exterminio de la guerrilla y de cualquier persona sospechada fundada o infundadamente de vínculos con grupos de izquierda. En la sentencia de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional que condenó a los miembros de las Juntas Militares, al describir la actuación de las organizaciones armadas en relación con el contexto en que se cometieron los delitos juzgados, se emplearon expresiones tales como “subversión terrorista”, “bandas subversivas”, “grupos subversivos”. Por otra parte, el sentido negativo puede aplicarse a los golpes del estado que subviertieron el orden constitucional. En cambio, la palabra subversión no parece haberse utilizado con significado positivo. Las propias organizaciones armadas y luego quienes fueron sus integrantes, defensores y simpatizantes, prefirieron autocalificarse como tales organizaciones armadas y a su actuación como “lucha armada”, entre otras formas. Para evitar connotaciones marcadamente valorativas, descalificadoras o épicas, podría recurrirse a vocablos como “organizaciones armadas”, “guerrilla”, “ataques”, “acciones”, “operaciones”, “La verdad los hara Libres”, Tomo 1, p. 916.
[19] Mario del Carril, cita una carta que Emilio Mignone le envió a Octavio Derisi el 16 de abril de 1977. En efecto, Octavio Nicolás Derisi (1907-2002) fue filósofo y obispo auxiliar de La Plata (1970-1984). Fundó en 1955 la Universidad Católica de Buenos Aires de la que fue rector y profesor; fiel representante del neotomismo argentino durante la segunda mitad del siglo XX, fundó en 1946 la revista “Sapientia” y en 1948 la Sociedad Tomista Argentina. Sobre la carta de Mignone a Derisi, Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 230.
[20] Entrevista con Javier Mignone [nota 260], Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 231.
[21] Declaración en el Juicio a las Juntas Militares.
[22] Entrevista con Mercedes Mignone [nota 261], Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 231.
[23] Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 232.
[24] En un estudio reciente, los historiadores argentinos Luis Liberti y Federico Tavelli analizan desde fuentes documentales desclasificadas de la Conferencia Episcopal Argentina, Nunciatura Apostólica y Secretaría de Estado del Vaticano, en dos capítulos titulados “La mentira” y “El juego”, cómo ha sido el proceder de las Fuerzas Armadas para llevar adelante su plan de combate y exterminio del “oponente” que pretendía instalar en el país ideas que fueran en contra de los “valores occidentales y cristianos”, Luis O. Liberti, Federico Tavelli, “Confesiones de Estado. La estrategia de la dictadura frente a la Iglesia argentina, 1976-1983”, Buenos Aires, Edhasa, 2026, pp. 29-50; 51-81.
[25] “Nunca Más”, Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas, Buenos Aires, Eudeba, 2018. Datos actualizados pueden verse [en línea]: https://datos.gob.ar/ko_KR/dataset/justicia-registro-unificado-victimas-terrorismo-estado--ruvte-.
[26] Mario del Carril utiliza también las listas del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, creado el 24 de febrero de 1976 por la Iglesia de Dios, la Evangélica Metodista Argentina, Evangélica del Río de la Plata, Evangélica Valdense (Presbiterio Norte), Evangélica Discípulos de Cristo y Evangélica Luterana Unida. Posteriormente fue incorporada la diócesis de Quilmes de la Iglesia católica, Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 234 [nota 262].
[27] Robert J. Cox, “Prólogo”, en David Cox, “Guerra sucia, secretos sucios. La vida de Robert J. Cox, el periodista que hizo su trabajo: publicar lo que otros callaban”, Buenos Aires, Sudamericana, 2010, p. 16.
[28] Bruera le habría dicho a Mignone que mataban a los secuestrados muy rápidamente, Cf. “La vida de Emilio Mignone”, p. 235 [nota 263].
[29] Emilio Mignone, “Derechos humanos y sociedad. El caso argentino”, Buenos Aires, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1991, pp. 80-81.
[30] Santiago O’Donnell, Mariano Melamed, “Derechos Humanos. La historia del Cels. De Mignone a Verbitsky, De Videla a Cristina”, Buenos Aires, Sudamericana, 2015, p. 35.
[31] Emilio Mignone, “Derechos humanos y sociedad. El caso argentino”, op. cit. p. 83.
[32] Carta de Monseñor Antonio Quarracino a Emilio Mignone, 28 de mayo de 1976, en Mario del Carril, “La vida de Emilio Mignone”, [nota: 270], p. 240.
[33] Emilio Mignone, “Derechos humanos y sociedad. El caso argentino”, p. 242.
[34] Cf. Adrián Federico Grünberg, “Manual sobre Terrorismo de Estado en Argentina”, Buenos Aires, Editorial octubre, 2024, pp. 65-75.
[35] Carta abierta de Emilio Mignone al general Videla, “La Nación”, 26 de mayo de 1976; puede leerse el texto completo de la carta [en línea:] https://www.cels.org.ar/especiales/correspondenciamignone/wp-content/uploads/sites/16/2018/03/19760525-Carta-a-Videla.pdf.
[36] Carta abierta de Emilio Mignone al general Videla.
[37] Ceferino Reato, “Disposición Final. La Dictadura por dentro y la confesión de Videla sobre los desaparecidos”, Buenos Aires, Sudamericana, 2026, p. 67.
[38] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura. El papel de la Iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar”, Buenos Aires, Colihue, 2013, p. 21.
[39] Intervención del P. Juan G. Durán en la presentación de “La verdad los hará Libres”, [en línea:] https://www.youtube.com/watch?v=6AEqVF2r3Us. [en tiempo, 1:30:01].
[40] Adolfo Pérez Esquivel, “Prólogo” de la edición en inglés y primera edición en español, Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, p. 18.
[41] “J’accuse” [¡Yo acuso…!] es el título de la histórica carta abierta escrita por el novelista Émile Zola en 1898. Publicada en el periódico L’Aurore el 13 de enero, la misiva denunciaba la injusta condena del capitán judío Alfred Dreyfus, víctima de un complot antisemita en el ejército. La carta tuvo un enorme impacto social que dividió a Francia en dos bandos: los “dreyfusards” (defensores de la verdad y los DD.HH) y los “anti-dreyfusards” (nacionalistas y antisemitas).
[42] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, pp. 26, 28.
[43] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, p. 28.
[44] Lucas Bilbao, Ariel Lede, “Profeta del genocidio. El Vicariato castrense y los diarios del obispo Bonamín en la última dictadura”, Buenos Aires, Sudamericana, 2016
[45] Lucas Bilbao, Ariel Lede, “Profeta del genocidio”, p. 203.
[46] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, p. 33.
[47] Emilio F. Mignone, Iglesia y dictadura”, p. 34.
[48] Entre los capellanes denunciados ante la Conadep, hay tres registrados en el “Nunca Más”: Christian von Wernick (Legajos n°s 683, 2818, 2820, 2821, 2822, 2852, 6949 y 6982), Alejandro Antonio Manuel Cacabelos (Legajo n° 6482) y el capellán Felipe Antonio Pelanda López (Legajo n° 4953), Cf. “Nunca Más…, pp. 259-263.
[49] Sobre las responsabilidades de los “capellanes militares, de la marina y de la policía”, hay un buen apartado: “Los capellanes castrenses: entre el acompañamiento y asistencia a militares y detenidos y las violaciones a los derechos humanos (1975-1983)”, en un excelente capítulo de Guadalupe Morad y Ernesto Salvia, “La formación espiritual de las Fuerzas Armadas. El Vicariato Castrense, una jurisdicción eclesiástica singular”, en C. Galli, J. Durán, L. Liberti, F. Tavelli (eds.), “La verdad los hará Libres. La Conferencia Episcopal Argentina y la Santa Sede frente al Terrorismo de Estado (1976-1983)”, Tomo 2, Buenos Aires, Planeta, 2023, pp. 274-284.
[50] Sobre el rol del algunas figuras de la jerarquía de la Iglesia en relación a “La Perla”, puede verse el exhaustivo estudio preparado por: Ana Mariani, Alejo Gómez Jacobo, “La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración”, Buenos Aires, Aguilar, 2012, pp. 89-96.
[51] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, p. 38.
[52] María Soledad Catoggio, “Los desaparecidos de la Iglesia. El clero contestario frente a la dictadura”, Buenos Aires, siglo veintiuno, 2016, p. 253.
[53] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, pp. 115-116.
[54] Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, p. 116.
[55] Diario “La Razón”, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1979 [nota 47], Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”, p. 117.
[56] En una conferencia en el Coloquio de París sobre la desaparición forzada de personas en 1981, Mignone y Conte ofrecieron un pormenorizado análisis de la metodología militar, en un pasaje dice: “En un plano más específico, la aceptación de un sistema represivo paralelo y de máxima eficacia, contó con el apoyo de ciertos círculos del poder económico por considerarlo el único medio idóneo para imponer, sin riesgos inmediatos, la política económica inaugurada el 24 de marzo de 1976. Fue frecuente, especialmente en el Gran Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Salta, que empresarios industriales, a pedido de los servicios de inteligencia o espontáneamente, denunciaran a los activistas sindicales combativos para inmediatamente desaparecer”, Emilio F. Mignone, Augusto Conte Mc Donell, “Estrategia represiva de la dictadura militar”, Buenos Aires, Colihue, 2006, pp. 45-46.
[57] Santiago O’Donnell, Mariano Melamed, “Derechos humanos. La historia del CELS, de Mignone a Verbitsky de Videla a Cristina”, p. 201.
[58] Mario del Carril, “La vida de Emilio Mignone”, p. 371.
[59] Testimonio que me fue narrado por Eduardo de la Serna.
[60] “Hemos perdido un padre”: Periódico “El Civismo”, primera página, 24 de diciembre de 1998
