La paz desarmada frente a los imperios del miedo
Cuántas divisiones tiene el Papa
La paz desarmada frente a los imperios del miedo
La célebre pregunta atribuida a Stalin“¿Cuántas divisiones tiene el Papa?” condensa la lógica de los regímenes autoritarios: creer que solo tiene valor aquello que puede imponerse mediante la fuerza militar, el miedo o la coerción. Para el dictador soviético, responsable de millones de muertes y de haber deformado el sueño originario de igualdad del comunismo hasta convertirlo en un sistema de represión y culto al líder, una autoridad moral sin ejércitos carecía de importancia real.
Sin embargo, la historia terminó revelando una paradoja profunda y desconcertante: la Unión Soviética desapareció, mientras el papado continúa existiendo. Los sistemas construidos sobre el control absoluto terminan erosionándose desde dentro, mientras la Iglesia, también atravesada por contradicciones, errores y sombras, sigue hablando de dignidad humana, fraternidad y paz.
Y precisamente porque no posee divisiones militares, su fuerza reside en otro lugar: en la conciencia moral, en la búsqueda humana de sentido y en la persistente necesidad de esperanza que atraviesa todas las épocas.
Hoy León XIV vuelve a clamar: “¡Basta de guerras!”, mientras Gaza, Ucrania, Irán, etc. continúan sufriendo destrucción. El poder efectivo lo controlan las armas, economías, tecnologías y algoritmos. El Papa no puede detener bombardeos ni sustituir la responsabilidad política de los Estados.
Junto con esto asistimos a una forma de hacer política que no busca construir proyectos colectivos sino ser un espectáculo permanente de polarización. Importa más humillar que argumentar, fabricar enemigos que proponer soluciones, provocar emociones inmediatas que construir pensamiento crítico. La coherencia ética se diluye; lo importante es ganar, aunque sea alimentando el miedo, la agresividad o el resentimiento colectivo.
En este contexto, la voz del Papa es incómoda no porque pueda derrotar gobiernos, sino porque recuerda algo esencial: ninguna civilización puede sostenerse indefinidamente solo sobre la fuerza, el miedo y la manipulación.
La lógica de Stalin, Hitler, Trump, etc., es que solo existe el poder capaz de imponerse físicamente. Desde esa perspectiva, el Vaticano parece irrelevante: un microestado sin ejército, sin capacidad militar y sin influencia comparable a la de las grandes potencias económicas o geopolíticas.
Cuando León XIV pide el fin de las guerras, los misiles no dejan de caer. Los líderes armados poseen un poder inmediato infinitamente mayor. Pueden invadir territorios, desplazar poblaciones y modificar el destino de millones de personas en horas. El Papa no.
Por eso es ingenuo imaginar al Papa como un superlíder global capaz de derrotar políticamente a gobernantes autoritarios. Como señalaba Javier Cercas (El País, 9/5/26), convertir al Papa en la “némesis” de Trump o de cualquier dirigente mundial es una fantasía simplificadora. El poder moral jamás sustituye al poder político. Pero tampoco es impotente.
Además, los sistemas basados exclusivamente en la fuerza suelen terminar destruyéndose desde dentro. El miedo puede imponer obediencia durante un tiempo, pero sin legitimidad duradera. El comunismo soviético, que prometía emancipación universal, terminó hundido bajo burocracias opresivas, purgas, censuras y gulags. Lo mismo Nabucodonosor, el Imperio Romano, el Reich de mil años y todos los fascismos autoritarios: “paraísos terrenales” con pies de barro que concluyen sus ciclos con un tendal de destrucción.
Mientras tanto, la Iglesia católica sobrevivió porque su núcleo más profundo no depende de ejércitos, sino de algo mucho más frágil y persistente: la búsqueda humana de trascendencia, sentido y esperanza.
Esto no significa idealizar al papado. La Iglesia cayó muchas veces en la tentación del poder; desde Constantino (s.IV) hubo papas guerreros, corruptos, alianzas con sistemas opresivos, inquisiciones y formas de dominación religiosa que traicionaron el Evangelio. Por ello, el cristianismo tuvo que aprender dramáticamente que la mezcla entre religión y poder político resulta destructiva. La “Cristiandad” ya no cuela y los clericalismos nacionalistas o clasistas que la tejen tampoco.
León XIV comprende esta lección histórica. Su insistencia en la paz, la dignidad de los inmigrantes y la crítica a los nacionalismos religiosos no apunta a conquistar gobiernos, sino a recordar límites éticos fundamentales frente a los ultras que usan la religión como herramienta identitaria y electoral.
Vivimos una paradoja inquietante: mientras la tecnología alcanza niveles inéditos, el debate público se degrada en exhibición emocional donde la complejidad desaparece y el adversario es el enemigo absoluto.
En este clima, el insulto sustituye al pensamiento. Las redes sociales alientan dinámicas tribales de miedo y agresividad, que generan más impacto que la reflexión crítica. Muchos líderes descubrieron que la polarización moviliza más rápido que la verdad y que el conflicto permanente resulta electoralmente rentable.
Así, incluso la política internacional es escenario de provocaciones destinadas al consumo interno. Se viaja a otros países para alimentar guerras culturales (Milei, Ayuso), provocar escándalos mediáticos o reforzar identidades ideológicas. Esa política no busca el bien común sino la administración estratégica de emociones. La coherencia ética solo es "de los nuestros"; lo importante es vencer.
Frente a esta deriva, el Papa representa una voz incómoda porque recuerda la existencia de valores anteriores a encuestas y cálculos electorales: la fraternidad, la paz, la dignidad humana y el cuidado de los pobres.
León XIV insiste en estos principios no por ingenuidad política, sino porque comprende que una sociedad que pierde toda referencia moral termina en autodestrucción. Las civilizaciones no colapsan únicamente por derrotas militares; también colapsan cuando se vuelven inhumanas.
El Papa no controla mercados, no dirige plataformas digitales ni posee ejércitos. Pero quizá precisamente allí reside su importancia: en recordar que la humanidad no puede reducirse al cálculo de fuerzas ni a la lógica del enemigo permanente.
En un mundo fascinado por el ruido, la agresividad y el poder inmediato, esa voz parece débil. Pero el cristianismo cree en la paradoja del Crucificado ajusticiado por el poder y resucitado por Dios, en los bienaventurados que el mundo considera fracasados y en los samaritanos que “pierden tiempo” acompañando el dolor ajeno.
La pregunta de Stalin o de los actuales autócratas expresa una tentación permanente de la historia: creer que solo vale lo que se impone mediante la fuerza. Sin embargo, el siglo XX dejó una lección distinta: los imperios militares caen, las ideologías absolutas se desgastan y los líderes "invencibles" terminan en el ridículo.
El Papa no puede detener guerras con decretos ni sustituir la responsabilidad política de los pueblos. Pero sí anuncia algo esencial: que ninguna nación tiene derecho a construir su bienestar sobre la humillación de otros y que el sufrimiento de los pobres jamás debe pasarse por alto.
En una cultura dominada por el espectáculo, la velocidad y la agresividad, esa voz parece insuficiente. Pero quizá precisamente ahí resida su fuerza: en negarse a convertirse en parte del juego perverso.
Dos mil años después, Pentecostés sigue animando la débil pero esperanzadora voz de un hombre desarmado que continúa diciendo al mundo “Bienaventurados los que trabajan por la paz”.
poliedroyperiferia@gmail.com
También te puede interesar
La paz desarmada frente a los imperios del miedo
Cuántas divisiones tiene el Papa
Cristianos confundidos con el colonialismo
El Evangelio frente a la lógica de la dominación
La reproducción de un sistema jerárquico abusivo
Orígenes del Clericalismo laical
Lo último
#poesíatraslashuellas
Aquí estoy, vengo porque me has llamado. 1Sm 3,5b
Entrevista al cardenal de Madrid
José Cobo: “Tenemos que superar la polarización y apostar por el bien común”