Trilogía de la Cuaresma
La limosna y la revolución de la austeridad compartida
Trilogía de la Cuaresma
Introducción
La Cuaresma nos coloca cada año ante una práctica antigua y siempre incómoda: la limosna. Pero ¿qué significa hoy dar limosna en sociedades donde la desigualdad es estructural y el consumo se presenta como un derecho incuestionable?
La limosna no promete inmunidad moral automática, sino que revela una verdad antropológica y teológica: el egoísmo mata, el don vivifica. La limosna salva porque nos descentra y pone en el lugar del otro. Es misericordia en acción.
Sin embargo, la tradición mendicante de la Iglesia añade un elemento decisivo: el cristiano no solo está llamado a dar, sino que también necesita recibir. La limosna no es unidireccional. Somos simultáneamente benefactores y mendigos, solidarios y necesitados. Esta doble condición revela una verdad más profunda que cualquier programa asistencial: somos criaturas dependientes llamadas a la comunión.
En un tiempo donde la autosuficiencia se glorifica y la fragilidad se oculta, redescubrir esta doble dimensión puede convertirse en un acto político-teológico capaz de cuestionar estructuras injustas y abrir camino a una revolución de la austeridad evangélica.
Jesús identifica sin ambigüedad su presencia con el pobre: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40). Esta afirmación convierte la limosna en lugar teológico. No es mera asistencia, sino encuentro sacramental con Cristo.
La limosna auténtica une amor a Dios y amor al prójimo. No es un añadido opcional a la fe; la verifica. “¿Cómo puede amar a Dios a quien no ve, quien no ama a su hermano?” (1 Jn 4,20).
Pero también surge una pregunta: ¿desde dónde damos? ¿Desde el excedente que no nos afecta o desde una comunión que nos compromete? El profeta Isaías denuncia el culto vacío que no comparte el pan con el hambriento (Is 58,6). Dar limosna implica romper cadenas injustas, no solo aliviar carencias inmediatas.
Cuando la limosna no cuestiona el estilo de vida que produce exclusión, corre el riesgo de convertirse en anestesia moral. Si damos lo necesario sin revisar las causas de su necesidad, ¿qué estamos sosteniendo?
La limosna cristiana, en consecuencia, no es simple transferencia de recursos; es discernimiento. Nos obliga a preguntarnos por las estructuras económicas, los modelos de consumo y las prioridades sociales que generan pobreza. Aquí comienza su dimensión política de organizar la vida común según la justicia del Reino.
La segunda dimensión es menos explorada: recibir. La tradición mendicante comprendió que quien anuncia el Evangelio debe asumir la condición del necesitado. Por ejemplo, Domingo de Guzmán y Francisco de Asís eligieron depender de la providencia a través de la limosna y fundaron las "órdenes mendicantes" en medio de una sociedad y una iglesia llenas de desigualdad lacerante. No se trataba de romanticismo ni de desprecio por los bienes, sino de una afirmación radical: todo es don. Mendigar era reconocer que la vida no se sostiene por la autosuficiencia, sino por la gracia que circula entre hermanos.
En una cultura obsesionada con el rendimiento y la competencia, reconocerse mendigo parece fracaso. Pero el Evangelio proclama: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt 5,3). El pobre de espíritu es el que sabe que necesita a Dios y a los demás.
Recibir limosna significa ponernos en los zapatos de los necesitados y reconocer que dependemos de otros para vivir. Significa admitir que nuestra prosperidad está entretejida con el trabajo invisible de muchos. Significa abandonar la ficción de la autonomía absoluta y las falsas meritocracias.
Esta experiencia genera empatía real. Solo quien se sabe necesitado puede comprender la vulnerabilidad ajena sin paternalismo. La mendicidad espiritual no humilla; humaniza. Nos sitúa en igualdad radical ante Dios y ante el hermano.
Además, el pobre no es solo receptor. También da. Da paciencia, sabiduría, resistencia, fe, solidaridad. Cuando el cristiano acepta recibir, descubre que la limosna es circular: el don nunca es unilateral. Esta reciprocidad desmantela la jerarquía del dinero y abre espacio a la fraternidad. Está más que comprobado sociológicamente que las clases populares son más solidarias. La necesidad y la generosidad tienden a tejer una trama comunitaria que Jesús percibió como presupuesto antropológico del Reino: "felices los pobres y ay de los ricos" (Lc. 6)
Dar y recibir limosna no son actos privados sin consecuencias sociales. Son gestos que interpelan el orden económico y cultural. Por eso pueden definirse como actos político-teológicos.
Políticos, porque cuestionan la lógica de acumulación que concentra riqueza en pocos y condena a muchos a la precariedad. Teológicos, porque manifiestan la gratuidad de Dios en la historia.
Cuando Jesús afirma: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24), está señalando un conflicto estructural. El dinero no es neutro cuando se convierte en absoluto. La limosna rompe ese absolutismo al introducir la lógica del don en el corazón de la economía.
Aquí emerge la propuesta de una revolución de la austeridad. No se trata de una moral de privación triste, sino de una libertación. Vivir con lo suficiente para que otros vivan no es pérdida, es justicia y fiesta (vb. film "La fiesta de Babette").
Gran parte de las carencias globales podrían reducirse si el exceso de algunos fuera moderado. ¿Cuántas necesidades existen porque otros consumen sin límite? La austeridad evangélica no empobrece la vida; la enriquece de sentido fraterno.
Esta revolución no se impone por decreto, sino por conversión. Comienza en decisiones concretas: simplificar el estilo de vida, revisar prioridades, optar por economías solidarias. Pero también exige acción colectiva. Porque la generosidad individual es una trampa si es complicidad de las estructuras injustas que permanecen intactas.
La limosna también debe integrarse en procesos sinodales. Comunidades que disciernen juntas cómo vivir con sobriedad y compartir recursos se convierten en signo visible del Reino. La búsqueda del Reino y su justicia (cf. Mt 6,33) es tarea comunitaria.
La limosna entregada y acogida manifiesta nuestra verdad más honda: somos mendigos de gracia llamados a convertirnos en portadores de gracia. Esta doble experiencia desmonta la lógica del dominio y del exceso que estructura tantas relaciones sociales.
Dar limosna significa reconocer que el otro no es objeto de benevolencia, sino sujeto con derecho a nuestra solidaridad. Recibir limosna implica aceptar que también nosotros vivimos sostenidos por la ayuda ajena. Ambos movimientos constituyen un acto político-teológico, porque desenmascaran la ficción de autosuficiencia que legitima desigualdades y alimenta estructuras injustas.
En una cultura marcada por el consumismo desatado, la turismomanía compulsiva, el narcisismo de las redes y el abarrotamiento de dispositivos que prometen conexión, pero generan aislamiento, la limosna cuestiona nuestras prioridades. Comprar para impresionar, acumular objetos innecesarios, practicar un sibaritismo gastronómico excluyente o exhibir obscenamente la riqueza son síntomas de la idolatría del tener sobre el ser y que humilla aún más a los pobres.
La revolución de la austeridad no es ideología ni resentimiento; es consecuencia del Evangelio. No busca uniformar en la carencia, sino redistribuir dignidad. No pretende castigar el bienestar legítimo, sino purificarlo del egoísmo y de la ostentación que humilla.
¿Estamos dispuestos a moderar nuestros excesos para que otros puedan simplemente vivir? ¿Estamos preparados para reconocer nuestra propia mendicidad en medio de pantallas, viajes y vitrinas? La Cuaresma no ofrece soluciones simplistas, pero sí un itinerario de discernimiento profundo. Las mortificaciones de manual ya no bastan frente a la cultura del derroche normalizada.
Bibliografía inspiradora
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