María atraviesa el río

Las migraciones desde las Fiestas Patronales de la Virgen de Alarilla en Fuentidueña de Tajo

embarcación Virgen de Alarilla
embarcación Virgen de Alarilla | P&P

Hay imágenes religiosas que, de tanto contemplarlas, corren el riesgo de volverse inmóviles. María coronada. María sobre el altar. María rodeada de flores. Son imágenes hermosas y forman parte de la memoria creyente de nuestros pueblos. Pero los Evangelios nos muestran también otra María: María caminando.

María peregrina. María buscando posada. María atravesando caminos y fronteras. María huyendo para proteger a su hijo. María regresando. María acompañando.

María, en definitiva, mujer de camino.

Quizá por eso resulte especialmente sugerente contemplarla desde Fuentidueña de Tajo. Nuestra Virgen de Alarilla tampoco es una Virgen inmóvil. Sale del pueblo, recorre caminos, llega hasta su ermita, regresa y, finalmente, realiza ese gesto que identifica de manera tan singular nuestra fiesta: embarca y atraviesa el Tajo acompañada por su pueblo.

María atravesando el río.

Esa imagen puede ayudarnos a mirar uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: las migraciones.

No es un asunto sencillo. Las imágenes de las fronteras, los debates sobre seguridad, capacidad de acogida, integración y convivencia provocan preocupación y, algunas veces, miedo. Existen preguntas legítimas que necesitan respuestas serias. Los Estados tienen el derecho y la obligación de ordenar sus fronteras, combatir a las mafias que trafican miserablemente con la desesperación humana, establecer normas y procurar una convivencia segura.

Negar los problemas sería ingenuo.

Pero en tiempos de miedo puede suceder algo mucho más peligroso: comenzamos hablando de un problema y terminamos considerando a las personas como el problema.

Y entonces aparece una pregunta anterior a cualquier discusión partidista. Una pregunta radicalmente cristiana:

¿Cómo mira Dios a quien viene de lejos?

Una Biblia llena de emigrantes

La Biblia entera está atravesada por caminos.

Muy pronto encontramos a Abraham escuchando una orden desconcertante: «Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre». La aventura de la fe comienza con alguien que abandona su tierra.

Después vendrá José en Egipto. Después un pueblo entero huyendo de la esclavitud y atravesando el desierto en busca de una tierra donde vivir en libertad. Y aquella experiencia quedará tan profundamente grabada en la memoria de Israel que Dios le recordará: «No maltratarás al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en Egipto».

La Escritura podría haber dicho: vosotros sufristeis, ahora que cada cual resuelva sus propios problemas.

Dice exactamente lo contrario.

Porque conociste la vulnerabilidad de ser extranjero, no hagas al extranjero aquello que un día hicieron contigo. Dios transforma la memoria del sufrimiento en compasión.

Y esa memoria no pertenece solamente al antiguo Israel. ¿Qué familia, qué pueblo, qué nación podría reconstruir honestamente su historia sin encontrar desplazamientos, huidas, emigraciones, exilios, llegadas o personas obligadas a comenzar nuevamente?

La humanidad ha estado siempre en camino.

Rut: una extranjera detrás de los segadores

Hay una historia bíblica especialmente hermosa para contar en un pueblo agrícola como Fuentidueña: la historia de Rut.

Rut era extranjera. Moabita. Viuda. Sin tierra y sin seguridad. Llega a Israel acompañando a su suegra Noemí y hace algo que quienes conocen el campo comprenden perfectamente: sale a espigar detrás de los segadores.

La Ley de Israel había establecido que, al recoger la cosecha, no debía aprovecharse absolutamente hasta la última espiga: «Cuando siegues la mies de tu campo y olvides una gavilla, no vuelvas a buscarla; será para el emigrante, el huérfano y la viuda».

Hay una extraordinaria teología escondida detrás de unas pocas espigas.

Quien trabaja la tierra sabe cuánto cuesta preparar, sembrar, cuidar y esperar. Pero sabe también que no todo depende de nosotros. No fabricamos la tierra. No hacemos salir el sol. No podemos ordenar a la lluvia que llegue cuando la necesitamos. Trabajamos sobre algo que previamente hemos recibido.

Y de lo recibido nace también una responsabilidad.

Rut recoge aquellas espigas, conoce a Booz, se integra en el pueblo y forma una familia. Siglos después, Mateo la introduce en la genealogía de Jesús.

Aquella extranjera pobre que recogía lo que quedaba detrás de los segadores termina siendo antepasada del Mesías.

Como si la Escritura quisiera susurrarnos una advertencia: cuidado con despreciar a quien viene de fuera; quizá Dios esté escribiendo con esa persona una historia que todavía desconocemos.

Una familia refugiada llamada Jesús, María y José

También María conoció el camino.

Después de la Anunciación podría haberse quedado contemplando el misterio recibido. Pero Lucas dice que «se levantó y se puso en camino» para visitar a Isabel.

María recibe a Dios y sale de sí misma.

La primera consecuencia de llevar a Cristo dentro es ponerse en camino hacia alguien que necesita compañía.

Y allí canta el Magníficat: el canto de un Dios que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» y que «a los hambrientos colma de bienes». El Dios de María no permanece alejado de la historia: mira especialmente hacia quienes han quedado abajo.

Después llegará Belén.

Una mujer embarazada buscando alojamiento.

Y una frase terrible precisamente por su sencillez:

«No había sitio para ellos».

Cuántas veces ha vuelto a pronunciarse esa frase a lo largo de la historia.

Después llega Herodes. José recibe la advertencia de tomar al niño y a su madre y huir a Egipto. Y la Sagrada Familia se convierte en una familia refugiada.

María atraviesa una frontera para proteger la vida de su hijo.

¿Dónde dormirían? ¿Quién les daría de comer? ¿Encontraría José trabajo? ¿Comprenderían la lengua? ¿Quién confiaría en aquellos extranjeros recién llegados?

Y podemos hacernos una pregunta todavía más incómoda: si la Sagrada Familia llamara hoy a nuestra puerta, ¿cómo sabríamos que son ellos?

No llevarían aureolas.

Veríamos solamente una familia extranjera, cansada, asustada y buscando seguridad.

Pensar sin dejar de amar

Recordar estas páginas del Evangelio no resuelve automáticamente la complejidad de las migraciones contemporáneas. Tampoco debería utilizarse la Biblia como un eslogan político.

La inmigración plantea desafíos reales. Puede tensionar servicios públicos y generar dificultades de convivencia. Existen mafias, problemas de seguridad y deberes de integración. Existen también temores en las poblaciones receptoras que no deberían ser ridiculizados.

La fe cristiana no nos pide dejar de pensar.

Nos pide algo bastante más difícil:

pensar sin dejar de amar.

Una sociedad necesita leyes, procedimientos, fronteras ordenadas, cooperación internacional y seguridad. Podemos discutir cuántas personas puede recibir un país, cómo deben entrar, cuáles son las mejores políticas de integración y qué obligaciones corresponden a quien llega.

Pero existe una frontera que un cristiano no debería atravesar jamás: la que convierte al extranjero en alguien menos humano que nosotros.

Porque el miedo tiene una peligrosa capacidad para borrar los rostros.

Dejamos de ver a Ahmed, Mamadou, Fátima, María o Juan y comenzamos a ver solamente «los inmigrantes». Después llegan las generalizaciones: «vienen», «nos quitan», «son peligrosos», «viven de nosotros».

Pero las personas reales son siempre más complejas que nuestras etiquetas.

Hay quienes vienen a trabajar, quienes huyen y quienes buscan una oportunidad. Quienes se integran con facilidad y quienes encuentran dificultades. Hay personas generosas y egoístas, honradas y deshonestas.

Exactamente igual que entre quienes hemos nacido aquí.

El cristianismo no idealiza al extranjero. Simplemente se niega a deshumanizarlo.

El arte del injerto

Quizá quienes viven cerca del campo puedan comprenderlo mediante otra imagen.

La convivencia se parece a una cosecha. No aparece de repente. Hay que preparar, sembrar, regar, podar, esperar y cuidar.

También la integración exige responsabilidades recíprocas.

Quien llega debe aprender, respetar las leyes, conocer las costumbres, trabajar, participar y asumir responsabilidades. Pero quien recibe también tiene una tarea: acompañar, explicar, corregir cuando sea necesario, ofrecer oportunidades y permitir que quien sinceramente desea formar parte pueda hacerlo.

Me gusta particularmente la imagen del injerto.

Una rama nueva se incorpora a un árbol. No destruye sus raíces, pero tampoco permanece simplemente atada por fuera. Poco a poco comienza a participar de la misma savia. Y un día produce fruto.

Tal vez nuestras sociedades tengan que reaprender el arte del injerto: ni arrancar las raíces ni cortar toda rama nueva, sino conseguir que una vida nueva pueda entrar en una historia antigua y dar fruto junto con ella.

«Fui forastero y me acogisteis»

Y finalmente llegamos a unas palabras de Jesús de las que resulta difícil escapar.

Mateo 25.

«Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis».

Los discípulos preguntan sorprendidos: «Señor, ¿cuándo te vimos?».

Y Jesús responde: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

Aquí está probablemente el corazón de todo.

Jesús no dice simplemente que debemos ser buenas personas con los extranjeros. Dice algo mucho más desconcertante:

«Yo estaba allí».

Podemos venerar imágenes, hacer novenas, llevar flores y participar en procesiones. Todo eso puede expresar una fe bellísima. Pero María siempre termina conduciéndonos hacia su Hijo. Y su Hijo termina preguntándonos qué hicimos con el hambriento, el enfermo, el preso y el extranjero.

Por eso una verdadera devoción mariana no puede encerrarnos dentro de nosotros mismos.

María hace justamente lo contrario:

nos pone en camino.

Samaritanear la realidad

Jesús contó también la historia de otro extranjero: un samaritano.

Un hombre perteneciente a un pueblo despreciado encuentra a alguien herido al borde del camino. Y se detiene. Se acerca. Venda sus heridas. Lo carga. Lo lleva. Lo cuida. Se compromete.

Y Jesús cambia magistralmente la pregunta.

No pregunta solamente quién es mi prójimo.

Pregunta:

«¿Quién se hizo prójimo?»

Ésa sigue siendo la cuestión. No solamente quién merece ser considerado mi prójimo, sino de quién estoy dispuesto yo a hacerme prójimo.

En otras ocasiones he utilizado un verbo un poco extraño para expresarlo: samaritanear.

Ser cristiano quizá consista precisamente en aprender a samaritanear la realidad: acercarnos donde otros se alejan, curar donde otros hieren y construir puentes donde otros levantan enemistades.

No porque seamos ingenuos.

Sino porque creemos que el mal no se vence multiplicando el mal.

Y también porque el patriotismo puede ser una gran virtud, siempre que sea un patriotismo samaritano: amar profundamente la propia tierra sin necesitar despreciar a quien nació en otra.

Cuando María atraviese el Tajo

Dentro de pocos días, Fuentidueña volverá a contemplar una de sus imágenes más queridas.

La Virgen de Alarilla atravesará el Tajo.

Quizá podamos mirarla de otra manera.

Mientras María avance sobre las aguas, podríamos recordar por un instante a tantos hombres, mujeres y niños que atraviesan otras aguas, otros mares, desiertos y fronteras. Algunos llegan. Otros quedan para siempre en el camino.

Y podemos pensar también en quienes sienten miedo ante los cambios. La caridad cristiana tampoco desprecia a quien tiene miedo. Intenta que ese miedo no termine convirtiéndose en odio.

Necesitaremos leyes, seguridad, fronteras ordenadas, cooperación, trabajo, educación e integración para afrontar uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Pero necesitaremos también algo que ninguna ley puede fabricar por decreto:

humanidad.

Y quizá podamos pedir a María que nos enseñe también a nosotros a atravesar algún río.

Del miedo al encuentro.

Del prejuicio al rostro.

De la indiferencia a la responsabilidad.

De la limosna a la justicia.

Del «ellos» y «nosotros» hacia un nosotros un poco más grande.

Virgen de Alarilla, mujer de camino, cuando vuelvas a atravesar las aguas del Tajo, recuérdanos que seguir a tu Hijo significa también atreverse a cruzar hacia el otro.

Que antes de una estadística, antes de una frontera, antes de una nacionalidad y antes incluso de nuestros miedos, sepamos descubrir siempre una persona.

Porque tal vez, en el rostro de esa persona, nos esté esperando tu Hijo.

poliedroyperiferia@gmail.com

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