De Belén al Pentágono: la adoración de los Magos y la apostasía de los poderes
Reyes que adoran y Bestias del poder
De Belén al Pentágono: la adoración de los Magos y la apostasía de los poderes
Introducción: la confianza puesta en Belén, no en el búnker
El relato de los Magos de Oriente (Mateo 2,1-12) expresa la alegría de un encuentro que mueve a compartir dones. Pero también es una escena de contradicción teológica y política. En él se enfrentan dos lógicas irreconciliables: la del poder arbitrario, que se cierra sobre sí mismo y elimina lo que amenaza su estabilidad —representada por Herodes—, y la de los Reyes Magos, cuya autoridad reconoce el Absoluto revelado en el Pesebre. La Epifanía no revela solo quién es Dios, sino también qué tipo de autoridad es compatible con Él. Revela que todas las legítimas realidades temporales penden del hilo existencial de un Dios que es "Misericordia Arkhé" (ἀρχή, principio, origen o fundamento primordial del que todo deriva)
El conocimiento, la verdad y las estructuras sociales no son ingenuamente neutros, sino que siempre están determinados por la dinámica de poder entre grupos dominantes y oprimidos (Foucault). En cambio, los Reyes Magos, con su gesto, rompen esta concepción adánica del poder y reconstruyen su fundamento liberador en la adoración al Dios hecho pobre. (no siempre representado adecuadamente por las instituciones religiosas, proclives al despotismo clericalista).
Esta tensión llega hasta hoy, en que muchos celebramos la adoración del Príncipe de la Paz (Is 9,5). Pero el mundo, de la mano de los conquistadores tecnológicos, asiste a un renacimiento del militarismo, del autoritarismo y de la geopolítica del miedo. Presupuestos armamentísticos récord, debilitamiento de las democracias, resurgimiento de nacionalismos nietzscheanos y naturalización de la guerra revelan una apostasía civilizatoria: la confianza ya no está puesta en Belén, sino en el búnker; no en la vulnerabilidad que salva, sino en la violencia que promete falsa seguridad.
Los Magos representan saber, influencia y prestigio. Por eso, su gesto resulta subversivo: se postran (proskýnesis) ante un niño sin poder militar, sin legitimación institucional, sin capacidad de retribución. Son reyes de una sabiduría que descarta la opresión y afirma el servicio a la Vida.
Este gesto implica un desarme intelectual y espiritual. Los Magos renuncian a la autorreferencialidad de su saber y aceptan que la verdad no se posee, sino que se acoge. En términos teológicos, reconocen que Dios no se manifiesta en la acumulación de fuerza, sino en la fragilidad compartida. La Epifanía es, así, una crítica radical a todo poder que necesita imponerse violentamente para dominar. Su autoridad es para cuidar, no para abusar, para ayudar a crecer, no para enaltecerse.
Sus ofrendas inauguran la "economía del don". El oro no financia ejércitos; reconoce una realeza que no oprime. El incienso no sacraliza un sistema; adora una divinidad que libera. La mirra no glorifica la muerte violenta infligida a otros; anticipa un sufrimiento asumido para redimir. Son dones que no fortalecen Estados mesiánicos ni tiranos del mercado, sino que sostienen a una familia pobre, desplazada, vulnerable.
Finalmente, los Magos practican una desobediencia civil pacífica: no eran ingenuos; “regresaron por otro camino” en vez de cumplir con el pedido de Herodes (Mt 2,12). Este detalle es decisivo: adorar al Niño implica romper la complicidad con el poder injusto, incluso cuando ese poder es de la propia “clase” o corporación. Aquí se perfila una ética política evangélica: no todo orden merece obediencia, y no toda legalidad es justa; hay que verlo a Jesús enfrentando a las leyes hipócritas o a San Pablo afirmando la Gracia y la Misericordia por sobre toda ley.
La contracara de los Magos es la lógica herodiana que persiste. Hoy, los “reyes” no llevan coronas, pero gobiernan desde centros financieros, complejos militares y estructuras tecnocráticas que deciden la vida y la muerte a escala global. Se valen de los conquistadores tecnológicos para forjar sociedades artificiales lucrativas para pocos mediante la seducción de masas narcotizadas por la pantalla y el selfie, el entretenimiento y el narcisismo.
El armamentismo es su liturgia secular. El gasto militar mundial superó los 2,4 billones de dólares en 2023, mientras millones de personas carecen de lo básico que cuesta una ínfima parte. Esta desproporción es idolatría:
Ignacio Ellacuría describió este fenómeno como parte de una “civilización de la riqueza” que necesita producir violencia estructural para sostener sus privilegios. Las estructuras organizan la violencia y la extienden en violencia cultural con narrativas homogeneizadoras.
La estrella que guía a estos poderes no es la de Belén, sino la de la geopolítica del miedo. Se construyen “enemigos y chivos expiatorios” raciales, migratorios e ideológicos. Luego se justifica la escalada armada como defensa. El discurso del odio coloniza la política, generando una obsesión por las fronteras, las identidades patrioteristas, la vigilancia y la exclusión.
Esta lógica no es solo política: es teológica. Supone creer que la salvación viene de los misiles y no de la conversión; de la disuasión violenta y no de la justicia. Como advierte el papa Francisco en Fratelli Tutti, “la guerra es un fracaso de la política y de la humanidad” (FT 261). Cuando incluso discursos religiosos bendicen el poder armado o lo justifican en nombre del orden, la fe se convierte en ideología y traiciona el Evangelio.
Los Reyes Magos son profetas de esperanza; siguen la estrella por otro camino distinto al propuesto por Herodes. No tienen miedo de “desentonar”. La alternativa cristiana no es un pacifismo ingenuo ni una retirada espiritualista que le hace el juego a los señores de la guerra, sino una resistencia profética que construye paz activamente. Seguir “otro camino” hoy implica conversiones concretas:
Primero, una desobediencia espiritual: desmontar el relato que identifica la seguridad con la violencia. La paz cristiana no es pasividad, sino fuerza desarmante. (Papa León). La Satyagraha o resistencia civil no violenta no es una quimera; es un camino realista de construcción de paz ya probado muchas veces.
Segundo, una reorientación de las ofrendas. El oro de la economía hacia el desarrollo integral y la justicia social; el incienso para narrativas de encuentro; la mirra para el cuidado hacia las víctimas del sistema y hacia una ecología integral que sane la casa común.
La Epifanía coloca a cada generación ante una decisión: Belén o el Pentágono, el establo o el búnker. Los Magos eligieron la adoración humilde y la desobediencia creativa. En estos días resuenan tambores de guerra y miedo. Sin embargo, la estrella sigue brillando, iluminando y alegrando la vida de los humildes.
Brilla en cada gesto de desarme interior, en cada presupuesto que prioriza la vida sobre la muerte, en cada comunidad que se niega a normalizar la violencia directa, estructural y cultural. La esperanza cristiana no es evasiva: es la convicción de que la lógica del pesebre —el poder hecho servicio, la autoridad que se arrodilla— es más fuerte, a largo plazo, que todos los Herodes de la historia. El Pesebre salva vidas y genera comunidad. Hay que iniciar “procesos”, decía Francisco.
poliedroyperiferia@gmail.com
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