Jesús comparte y resignifica la cruz de los pobres
Semana Santa que libera o culto "beis" que tranquiliza conciencias
Jesús comparte y resignifica la cruz de los pobres
La Semana Santa es el corazón del cristianismo. Pero precisamente por eso, también es el lugar donde puede darse su mayor distorsión. Porque no toda celebración es fiel al Evangelio, ni toda devoción conduce a la conversión.
Hoy asistimos a una tensión profunda: por un lado, una fe que se encarna, incomoda y transforma la realidad; por otro, una religiosidad que emociona, tranquiliza y refuerza identidades culturales, sociales y de clase social.
En un mundo marcado por el consumismo, donde incluso lo espiritual puede convertirse en experiencia para consumir, la fe corre el riesgo de ser absorbida por la lógica del sistema: sentir mucho para el selfie sin cambiar nada en la realidad.
Por eso, la pregunta es inevitable y urgente:
¿Vivimos un culto que nos convierte en samaritanos… o una religión que nos permite seguir pasando de largo ante las víctimas?
La Semana Santa pasa del relato piadoso; es una revelación escandalosa: Dios se identifica con los pobres, los sufrientes, los crucificados de la historia. La Semana Santa no es solo memoria litúrgica ni tradición cultural. Es el momento en que el cristianismo revela su verdad más profunda e incómoda. Su presencia no puede ser reducida ritualmente a una salvación de pecados abstractos y culpas controladas por "especialistas de lo sagrado".
Jesús denuncia con fuerza una religión aliada al poder y al dinero. Advierte: “¡Ay de vosotros, ricos!” (Lc 6,24) y desenmascara a quienes “devoran los bienes de las viudas” (Mc 12,40). Expulsa a los mercaderes del templo: “Han convertido la casa de mi Padre en cueva de ladrones” (Mt 21,13). A los fariseos les reprocha: “atan cargas pesadas… y no las mueven ni con un dedo” (Mt 23,4). Así revela una fe deformada, cómplice de la injusticia, en la que el culto encubre la opresión. Frente a ello, proclama el Reino para los pobres y denuncia toda alianza entre religión, abuso y explotación.
En un mundo que exalta el éxito, el consumo y la acumulación, la Pasión de Cristo desvela una lógica opuesta: la de un Dios que “se hizo pobre por nosotros” (2 Co 8,9), que no se alía con los poderosos, sino que elige habitar en los márgenes. Como recuerda el papa Francisco, “el corazón de Dios tiene un lugar preferencial para los pobres” (Evangelii Gaudium, 197).
Esta afirmación no es retórica ni devocional. Es profundamente teológica. Si Cristo se identifica con los pobres, entonces la Semana Santa es, ante todo, la semana de los pobres, de los migrantes, de los refugiados, de las víctimas de la guerra, de los sin techo ni trabajo ni pan, de los excluidos de un sistema que produce riqueza para unos pocos, exhibida descaradamente, con ostentación, ante la mirada de mayorías sufrientes. Y también las víctimas abusadas de la sociedad y la iglesia, humilladas una y otra vez por encubrimientos, denigración, revictimización, negociaciones infames para no indemnizar, etc., como podemos leer con vergüenza en los periódicos.
Celebrar la Semana Santa sin asumir esta realidad es vaciarla de su contenido salvífico: la parodia de venerar al Crucificado sin reconocer a los crucificados.
El contexto eclesial actual requiere una advertencia lúcida: existe el riesgo de que el culto, que debería ser fuente de vida y misión, quede atrapado en una espiritualidad privatizada, autorreferencial y desconectada de la realidad. No se trata de cuestionar la piedad ni las expresiones devocionales en sí mismas, sino de discernir su conexión con la totalidad evangélica.
Porque no basta con multiplicar adoraciones eucarísticas, encuentros intensos o experiencias emotivas para pensar en revivals religiosos. Lo que aparece como fervor puede enmascarar una retrotopía: volver a pasados idealizados de religiosidad que consuela individualmente, pero no quiere que nada cambie socialmente.
Se configura así una fe emocional, superficial y socialmente irrelevante. Una fe que siente mucho, pero se compromete poco. Que celebra con fervor, pero es indiferente al sufrimiento fuera de la burbuja del grupo. Así, el culto se degenera en un espacio que refuerza identidades cerradas, generalmente asociadas a sectores que no ven cuestionados sus privilegios ni su estilo de vida.
Se absolutizan formas, se privilegia la emoción sin discernimiento y se sacralizan prácticas que distraen de la radicalidad del Evangelio. Así, “estar ante Dios” no requiere salir al encuentro del hermano herido. Es la espiritualidad color “beis”. (el beige como paradigma estético del gusto "pijo", "cayetano", “old money” o "lujo silencioso").
Este fenómeno va de la mano del clericalismo. En una Iglesia muy marcada por estructuras jerárquicas y poco sinodales, muchas de estas prácticas no nacen desde el Pueblo de Dios, sino que son estimuladas desde una lógica vertical. El resultado es una religiosidad que, en lugar de ampliar y empoderar a la comunidad, termina reforzando el protagonismo sacralizado de un clero… “beis” aspiracional.
Así, este culto es funcional a un orden que no incomoda, que no cuestiona las injusticias y que convive sin conflicto con una sociedad marcada por el consumismo, la desigualdad y las guerras.
Frente a ello, es urgente recuperar un culto auténticamente evangélico: un culto que desinstale, envíe y transforme. Que conduzca del rito a la vida, de la celebración al compromiso, de la contemplación a la entrega concreta. Un culto de "Pueblo de Dios" como las primeras comunidades (Hechos 2:42) y no sectas emocionales de elitismo identitario.
Porque la verdadera fe no se mide por la intensidad de lo que se siente, sino por la capacidad de amar, de compartir e implicarse. Solo cuando el culto se prolonga en una vida solidaria, austera y comprometida con los más vulnerables, deja de ser evasión de grupitos selectos… y se convierte en camino de salvación del Pueblo de Dios.
La Pascua no es un refugio espiritual ni un rito que se repite sin consecuencias: es una irrupción que desinstala y trae Resurrección. Nos llama a salir de toda fe cómoda, de todo entretenimiento piadoso que tranquiliza conciencias sin cambiar estilos de vida. Seguir a Cristo es caminar con Él hacia los pobres, donde las cruces continúan esperando redención.
Hoy se nos invita a discernir desde dónde creemos, para no reproducir religiosidades identitarias de cultura, nación o de clase, ni tampoco el clericalismo que concentra poder y domestica para ejercer supremacía sacralizada y sumisión devota. La fe pascual no se encierra en normas ni privilegios: se comparte, se hace pueblo, se vuelve servicio.
Es tiempo de una Iglesia que camina, que escucha, que se compromete.
Porque solo una fe que se entrega… resucita con Cristo y hace nueva la historia.
poliedroyperiferia@gmail.com
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