COSMOVISIÓN DE LOS PUEBLOS INDÍENAS DE ABYA YALA

De los pueblos indígenas he aprendido a pasar de un enfoque antropocéntrico a uno más socio-biocéntrico que reconozca la indivisibilidad de todas las formas de vida. Y a tomar conciencia de que todo lo que existe se encuentra interrelacionado y unido a través de un maravilloso entramado.

Desde tiempos remotos, los pueblos originarios de Amerindia han tenido su propia espiritualidad, creencias y ritos. Con la llegada del cristianismo no perdieron su identidad cultural y religiosa. Apaches, sioux, navajos, méxicas (aztecas), tlascaltecas, zapotecos, mayas,  xincas, kunas, quechuas, aymaras, misaks, mapuches, guaraníes y demás tribus amazónicas…, todos ellos conservan su propia cosmovisión y en ella expresan su fe cristiana.

La cosmovisión indígena nos introduce  en el “buen vivir y convivir” con la naturaleza, el cosmos, los antepasados, las comunidades... Le llaman el Sumak Kawsay, que es una filosofía, una ética y un modo de relación armónica de las comunidades indígenas con la naturaleza y con todos los seres humanos. Para los pueblos originarios de Amerindia, todo lo que hay en el universo es animado y tiene vida. Un dirigente indígena proclamaba: “Todos nosotros estamos hechos de los materiales que dieron origen al universo, a las estrellas. Somos polvo de estrellas. Somos tierra, tierra que piensa, tierra que reflexiona, tierra que admira, tierra que ama, tierra que vive, tierra que busca a Dios”.

 Cada ser vivo se complementa con los demás. Las personas son parte del ecosistema. La cosmovisión indígena interpreta el mundo como un sistema interrelacionado y con un orden espiritual que demanda respeto y gratitud. Todo lo que hay en la madre tierra y en el universo es sagrado.

Existe una identificación muy estrecha con la madre tierra, la pacha mama. La tierra es santa porque es generadora de vida. Manifiesta el rostro femenino de Dios. Cuando nace un niño, la placenta se entierra porque es el primer contacto con la madre tierra. Y  cuando una persona muere y se le entierra, retorna a su sagrado vientre.  Por eso la tierra es una hierofanía que debe ser tratada con respeto.

Los pueblos indígenas expresan que la tierra no nos pertenece, somos nosotros los que pertenecemos a la tierra, por ser madre y manifestación de la divinidad. Por eso no puede ser poseída como propiedad privada sino como un don comunitario. De ahí el respeto sagrado que los indígenas sienten por las montañas, las plantas, los árboles, las piedras, los ríos, los lagos, los mares, el sol que da calor y vida, la luna, las estrellas y todas las galaxias. Somos parte del Universo. El tránsito de la “naturaleza objeto” a la “naturaleza sujeto” ha estado presente en los pueblos originarios de Amerindia desde tiempos remotos.

Las comunidades indígenas tienen sus ritos. El culto lo suelen realizar normalmente en las montañas sagradas. Según ellos hay un Espíritu de vida que rige los destinos del mundo, que los mayas llaman “Corazón del Cielo y Corazón de la Tierra” a quién adoran y ofrecen culto. El libro sagrado del Pol Vuh recoge esta cosmovisión.

Por la noche, duermen, en la medida de lo posible, colocando la cabecera de la cama en dirección de la salida del sol. Al levantarse, al amanecer, se arrodillan con dirección al Oriente. Cuando anochece, antes de acostarse se arrodillan en dirección al Poniente.  Cuando trabajan en el campo realizan una ceremonia para “pedir permiso” antes de abrir la tierra a la hora de la siembra.

 Los pueblos originarios se sienten vinculados a los espíritus de sus antepasados. Sienten que son parte de su misma historia, que no están muertos, siguen vivos y se comunican con ellos a través de los sueños, en lo más profundo de sus sentimientos, sobre todo en sus plegarias. “Son nuestros defensores y abogados frente a los malos espíritus”, proclaman.

Es común escuchar la expresión Uk´ux Ulew para asignar el carácter sagrado de la Naturaleza, que significa Corazón de la Tierra y de todo lo que ella contiene, porque engendra vida. También, en las invocaciones, los mayas se dirigen al  Uk´ux Kaj, el Corazón del Cielo, como centro de la energía del Universo, cuya armonía sirve para ordenar la vida en la tierra.

De los pueblos indígenas he aprendido a pasar de un enfoque antropocéntrico a uno más socio-biocéntrico que reconoce la indivisibilidad de todas las formas de vida. Y a tomar conciencia de que todo lo que existe se encuentra interrelacionado y unido a través de un maravilloso entramado. Cada ser compone un eslabón de la inmensa corriente cósmica. Todos los seres de la Naturaleza tienen dignidad y derecho a vivir. Son obra del Creador.

 La Naturaleza puede existir sin los seres humanos, pero nosotros no podemos vivir sin la madre tierra. En este sentido, es clarificadora la Encíclica “Laudato Si” del papa Francisco cuando dice: “Nosotros mismos somos tierra. Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta” Y va más allá Francisco, cuando afirma que “Estamos incluidos en la Naturaleza, somos parte de ella y estamos interpenetrados”.

He vivido experiencias de comunión con la espiritualidad maya. En diversas ocasiones fui invitado a participar en ritos mayas, unas veces en las ruinas de Iximché y otras en la cumbre de alguna montaña considerada sagrada. Con hojas de pino y flores silvestres hacen un altar en el suelo. Colocan seis velas de distintos colores en forma de cruz, marcando los cuatro puntos cardinales. La vela roja al Este simboliza la salida del sol, la vela negra al Poniente simboliza la puesta del sol y la entrada en la noche, al Sur se coloca la vela amarilla que simboliza la siembra y recolección de la cosecha, al Norte la vela blanca que simboliza el mal, la desgracia; en el Centro se colocan dos velas, una azul que simboliza el cielo y otra verde que simboliza la tierra. La comunidad se congrega alrededor. Al pie de altar el aqîj, sacerdote maya, perfuma con el incensario el lugar e invita a la comunidad a orar. Y todos oran en voz alta en su propia lengua. Yo, como cristiano, me he sentido profundamente identificado en las plegarias de aquel pueblo. En sus oraciones aflora la memoria histórica, la vida y muerte de sus antepasados, muchos de ellos mártires desde la época de la colonia hasta el presente. Su sangre corre por los cerros, barrancos y quebradas, y riega los surcos para que germinen de nuevo la fraternidad, la justicia y la paz.

 Los indígenas poseen dos corrientes de espiritualidad. Una la de sus antepasados y otra la que reciben del cristianismo. Para ellos es el mismo Dios, pero en formas y modalidades diferentes. Mantienen las expresiones religiosas cristianas y los símbolos de la época prehispánica. Van a la iglesia y rezan a Jesucristo, a la Virgen y a los santos, pero con la misma devoción van a los cerros, cuevas y lugares sagrados propios, para implorar la ayuda del Creador de la vida que está en cada uno de esos lugares. De este modo viven una doble espiritualidad, constituyendo una armonía de ambas corrientes.  Una de las primeras expresiones religiosas, que hoy llamaríamos Teología India, es el conocido Nican Mopohua o relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. En él se reelaboran las creencias indígenas mostrando su armonía con los contenidos fundamentales del Evangelio. “En la Virgen morena del Tepeyac se reconcilian maravillosamente los dos mundos religiosos que la conquista había contrapuesto”, en palabras del teólogo indígena zapoteco  Eleazar López.  Como el Nican Mopohua, por todos los rincones del Continente se produjeron síntesis teológicas hechas con la misma metodología guadalupana. Es justo destacar en la Teología India el reconocimiento de Dios en la vida cotidiana del pueblo, en la familia, en los antepasados, en la tierra, en las siembras, en las cosechas, en el trabajo colectivo, en la lucha por la dignidad y el derecho de los pueblos oprimidos. Un Dios liberador, que está al lado de los pobres.  Es por eso que la teología india es una dimensión de la teología de la liberación latinoamericana.

 La inculturación práctica en el corazón de los pueblos originarios es una dimensión evidente del diálogo interreligioso.  Es por eso que hago memoria de un amigo jesuita, Vicente Cañas, quien se insertó en la tribu de los indios Enawenê Nawê en el corazón de la selva amazónica brasileña. Vivió con ellos y como ellos, asumiendo sus costumbres y ritos ancestrales, y con ellos se comprometió en la defensa del territorio frente a los explotadores de maderas de Brasil, quienes lo asesinaron el 8 de mayo de 1987.  Pedro Casaldáliga dijo de él: “Se desnudó de prejuicios y hábitos culturales para hacerse indio Enawenê-Nawê”.

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