"El Dios de la vida se abre paso más allá del mal" Coronavirus o la fascinación del mal

Curación del ciego de nacimiento
Curación del ciego de nacimiento

"Hace tiempo que el Coronavirus venía siendo una amenaza. Solo unos pocos, sin embargo, le prestaron atención. Ahora no se habla de otra cosa"

"O somos de los que ven únicamente lo que les llama la atención o de los que quieren ver más y no pueden. Lo primero no lo elegimos: el mal nos atrae y nos inquieta a todos"

"Creyente lo es el que quiere ver, el que no se conforma con ver lo que atrae la atención distrayendola de todo lo demás"

"Sabemos que Dios no escucha a los pecadores sino al que es religioso y hace su voluntad" Jn 9, 1-41

¿Qué vemos cuando miramos? Sin duda, lo que nos llama la atención. Mirar es como oír una llamada. Oírla con los oídos o con los ojos, no importa. De dónde viene es lo único que importa. Lo que nos llama la atención no espera nuestra respuesta. No nos habla al corazón por la cabeza. Grita o susurra como quien necesita solo eso, nuestra atención.

Y, ¿qué podría captarla de inmediato? ¿Qué tiene sobre nosotros el poder de atraernos hasta distraernos de todo lo demás? ¿Qué nos podemos quedar mirando hasta el punto de no ver ya nada más, fascinados por su grito o su rumor? El mal, por cierto. Nada nos atrae y nos inquieta como el mal. Cuando lo vemos, quedamos ciegos para todo lo demás. Y de Jesús es el juicio sobre los que ven y los que no: "yo he venido para que los que no ven vean y los que ven queden ciegos".

No tenemos elección. O somos de los que ven únicamente lo que les llama la atención o de los que quieren ver más y no pueden. Lo primero no lo elegimos: el mal nos atrae y nos inquieta a todos. No hay, por ello, mayor ciego que el que no quiere ver más allá del evidente y amenazante mal. Lo segundo, en cambio, podemos elegirlo: Jesús ha venido para que los que no ven puedan ver, si quieren, y no únicamente el mal que siempre llama la atención. El relato de Juan sobre la curación del ciego de nacimiento que la Iglesia proclama en su camino cuaresmal es nada menos que el testimonio de una decisión sobre el mal, bajo el estigma del pecado, la enfermedad y la miseria.

La fascinación del mal

Sobre lo que nos fascina, la libertad. Más allá del mal, la visión del ciego que quiere ver, que no está ciego en castigo de su propio pecado o el de sus padres sino, como proclama Jesús, "para que se manifiesten en él las obras de Dios". La decisión sobre el mal, decisión de resistir a su irresistible atracción sobre nosotros, ¿podrá no descolocar a las personas religiosas en la persona del que cura en sábado, transgrediendo así la más sagrada de todas las leyes religiosas de Israel? Las personas religiosas, preocupadas por evitar el pecado, que les aleja de Dios, y por cumplir los preceptos, que les acercan a Él, ¿cómo no van a pensar de Jesús que de ninguna manera viene de Dios porque cura en sábado? El temor al pecado y la impureza, esto es, la fascinación del mal, impide a las personas religiosas de Israel ver más allá del pecado y de la ley. Por eso de ellos dirá Jesús que están ciegos. Son ciegos porque, en palabras de Jesús, no exentas de ironía,  "dicen ver". Lo son de veras porque no ven más que lo que les llama la atención y les inquieta: el pecado y la ley.

En contraste con las personas religiosas de Israel, el ciego de nacimiento es mucho más que un ciego, un desgraciado, un indigente y un maldito. Todo esto lo es para los que, en palabras de Jesús, "dicen ver". El ciego de nacimiento representa nada menos que a todos los creyentes del nuevo Israel. Por eso, será el santo y seña de los catecúmenos en su camino hacia el bautismo. Creyente lo es el que quiere ver, el que no se conforma con ver lo que atrae la atención distrayendola de todo lo demás.

Y nos preguntaremos entonces, ¿qué es todo lo demás? Todo lo demás es sencillamente la vida. La vida o el bien, que es su raíz, es invisible. Las buenas obras pasan normalmente desapercibidas. Rara vez son noticia. Nunca llaman la atención. El ciego que ve no sabe nada de Jesús. Pero sabe que ve y quién le ha dado el ver. Por eso cree que no es un ser humano sino el Hijo de Dios. Los seres humanos vemos lo que nos llama la atención. Es natural. Solo Dios ve y da el ver más allá: la vida invisible que es la luz del mundo. Esa luz a la que el mundo, fascinado por el mal, nunca le ha prestado atención.

Hace tiempo que el Coronavirus venía siendo una amenaza. Solo unos pocos, sin embargo, le prestaron atención. Ahora no se habla de otra cosa. Pero, lejos de los focos, el Dios de la vida se abre paso más allá del mal. Los que quieren verlo no están ciegos. 

Jesús y el ciego
Jesús y el ciego

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