Feliz año: más que un deseo

Año nuevo
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En los comienzos de la humanidad, el hombre primitivo no medía el tiempo, simplemente se guiaba por el día y la noche, por la posición de las estrellas, por el calor del verano y el frío del invierno. Hoy en día coexisten más de 40 calendarios vigentes, pero con distinto día primero del año.

Todavía estamos en fechas para desear un “Feliz Año”. Esto es una de las cosas buenas que tiene la Navidad (hasta el domingo siguiente a la Epifanía), que hay gente que todavía nos desea buenas cosas, espontáneamente. Como un ritual, año tras año nos deseamos lo mejor e incluso nos empeñamos en nuevas metas. La esperanza en mejorar y el deseo de felicidad se convierten en un objetivo compartido. Nunca sobran los buenos deseos verbalizados, aunque haya demasiadas personas que rechazan estos gestos con amargura, desencantadas de la vida.

Más allá de la retórica social, es una ocasión para recordar la aspiración universal humana que no está claro dónde encontrarla, ni cómo podemos conseguirla. Es evidente que necesitamos cariño, valorar lo pequeño y lo sencillo -que no es lo simple-, y vernos reflejados en el necesitado al decidir ayudarle, huyendo siempre de la indiferencia.

Hoy se ha impuesto la cultura de la felicidad que se compra; sólo necesitamos capacidad económica. Cuanto más poder adquisitivo dispongamos, más felicidad al alcance de la mano. Es la lógica del consumismo, basada en generar dopamina sin importar nuestra felicidad; esta sería el señuelo para ganar dinero. La gente que se siente satisfecha, feliz, consume poco. Está a gusto como está, sabe disfrutar con lo que tiene, sobre todo afectos en torno al amor a los demás. Esto supone una ruina para la economía capitalista, basado consumo insaciable.

La felicidad no es solo un sentimiento pasajero de alegría, sino un estado de vida alcanzado a través del desarrollo personal. Aristóteles la entiendía como bienestar gracias a trabajarse cada uno para ser la mejor posibilidad de uno mismo, no solo afanarse en el placer momentáneo. Séneca razona de manera similar, aunque él fue bastante inconsecuente con los consejos que daba. Pero hay un estadio superior: la ética de hacer el bien (Sócrates), la entrega por amor al prójimo desde la experiencia de sentirse amado por Dios (Jesús de Nazaret).

Las filosofías de vida centradas en el placer, que no son pocas, no abren la puerta de la felicidad. Ser feliz es una actitud a trabajar, más allá incluso de no padecer problemas físicos, psíquicos o sociales. Es aprender a valorar los atributos que nos da la vida y quienes nos rodean, y que se enriquece a base de trabajarlos, sobre todo en el afán de desplegar nuestra capacidad de amar. La felicidad requiere, en buena parte, de una postura activa en la dirección adecuada.

Que sea un feliz año también depende en una parte significativa de mí. Desear el mejor año a los demás, junto a decirnos interiormente como un mantra: "Ocúpate en hacer feliz tu futuro a base de trabajar la felicidad del presente".

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