La imposible neutralidad
Se sigue oyendo decir que Jesús fue apolítico. Es una señal de reduccionismo de la política a las “políticas de partido”. En realidad, cada acto y cada palabra de Jesús tuvo repercusiones políticas, pues influyó en la vida social de las personas que le rodeaban. Tan fue así que murió por ello clavado en un madero después de haberse dedicado a hacer el bien y denunciar el mal.
Jesús fue apolítico en el sentido de negarse a ser rey o líder de una determinada opción partidista. Al mismo tiempo, esto chocó con la manera de aplicar las normas que regían en el judaísmo. Es decir, que tuvo influencia directa también en las prácticas religiosas. Con todo, hay quien sigue creyendo que es posible la neutralidad política, cuando la realidad es que la persona que se declara apolítica apoya una opción política concreta sin saberlo: todo es política en la medida que cualquier acción u omisión tiene repercusiones personales, sociales, religiosas… y pastorales, ojo; hay de aquél que escandalice…
Así pues, proclamarse apolítico es tomar la postura de Pilato, no querer mancharse las manos… para acabar con las manos vacías, o todavía peor, con las manos manchadas. El pasaje Mateo 25 es inapelable cuando señala la norma universal: …porque tuve hambre, estuve enfermo, estuve preso, etc. Las Bienaventuranzas son el corazón del cristianismo y yo añadiría de la segura convivencia solidaria y pacífica entre diferentes.
Lo que ha dañado la libertad del mensaje del Evangelio es la confesionalidad religiosa de los Estados en aras a una causa política determinada, o la entrada en política partidista por parte de la Iglesia; “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Un ejemplo de este mismo año lo tenemos con monseñor Argüello, presidente de la CEE, cuando pide el adelanto electoral y participa en cursos de verano promovidos por Vox y acude a la presentación, junto con Santiago Abascal, de un libro del ideólogo de la extrema derecha, Miguel Ángel Quintana.
El riesgo consiste precisamente en identificar lisa y llanamente el reinado de Dios con un tipo de política o con un gobierno particular, sea del color que sea. La incidencia del cristiano en la política debe enfocarse a defender especialmente los derechos de los más débiles y desfavorecidos. No es una tarea fácil, ya que hay que significarse en las luchas entre los políticos profesionales al servicio de sus intereses, no siempre alineados con el bienestar del pueblo que los elige. Hace casi 50 años un grupo de sacerdotes denominado “cristianos por el socialismo” estudiaba la compatibilidad del socialismo con el cristianismo. Otros podrían llamarse ahora “cristianos por el neoliberalismo”. Quizá la fórmula menos distorsionada sería “Políticos por el cristianismo”. El Evangelio como fin y la política sería el medio. El Evangelio fecunda la política, pero la política no agota el Evangelio.
¿En qué sentido Jesús fue un político? Su aparición se entiende como Evangelio, “buena noticia”, para el colectivo de despojados de casi todo, enfermos en exclusión social, viudas abandonadas, huérfanos, mendigos, locos… todos los considerados por las autoridades despreciables e impuros, e incapaces de cumplir una Ley aplicada de manera inmisericorde e injusta. Jesús anunció un mensaje contracultural y cuestionador. Su reino no abolía la Ley, pero su interpretación subvertía por completo el orden establecido. Y ese mismo mensaje nos interpela hoy desde la radicalidad del amor.
Jesús reveló en la cruz que el poder de su Reino era precisamente el amor, pero su pueblo no creyó que vencería con su vulnerabilidad. Entonces y ahora tampoco nos comportamos demasiado convencidos de que el poder que atesora el ejemplo cristiano está unido al triunfo del bien sobre el mal, a que nuestra libertad puede construir un mundo radicalmente distinto con relaciones humanas muy diferentes si trabajamos por el amor como la bandera principal. Esta es nuestra fe, gracias al ejemplo del Crucificado.