Ten compasión de mí
Palabra denostada por haber sido adulterada su esencia, pero con un significado profundamente liberador. La compasión, a diferencia de la empatía, se centra en lo que puedo hacer en concreto para aliviar un sufrimiento de un ser humano. La empatía va más allá de sentirse afectado por una circunstancia, como ocurre con la simpatía (sentir pena o contento). Decir “te compadezco" hoy, significa sentir lástima, nada que ver con la inteligencia emocional que supone colocarnos en el lugar de otra persona para comprender cómo se siente, e identificarnos con sus sentimientos de felicidad o sufrimiento.
Jesús fue claro e incisivo para involucrarnos en el cambio por un mundo mejor. En uno de los relatos clave del evangelio de Marcos, el Maestro nos invita a la revolución de la compasión. Un ciego estaba sentado al margen del camino principal; era un ser dependiente de los que le rodeaban, esperando una limosna. Un hombre estigmatizado por su ceguera, excluido y abandonado a su soledad y a su miseria. Cuando recobró la vista, lo primero que vieron sus ojos fue el rostro de Jesús que le miraba con la alegría y el amor que inundaba su corazón. Al escuchar este relato, lo cierto es que dan ganas de decir, ¡qué bonito hubiese sido estar ahí!, experimentar que se abran sus ojos y ver a Jesús sonriendo a aquél mendigo. Lo cierto es que es una experiencia que está al alcance de la mano y Dios quiere que experimentemos: como este ciego, sabemos que hoy abundan muchos bartimeos.
La ceguera de este hombre es el símbolo de otra ceguera más profunda, la espiritual e intelectual. Sobre todo porque Marcos nos ubica en medio de escenas en que aparece subrayada la exclusión que practicaban los buenos, los discípulos incluso, tratando de que el ciego continuase excluido al margen del camino e impidiendo que se acercase a Jesús. ¿No se podría decir de nosotros que estamos ciegos porque no acabamos de ver lo que Dios quiere que hagamos? ¿Cómo tratamos a los ciegos que están a la vera del camino buscando, gritando desde las periferias actuales -algunos están entre nuestros allegados- su deseo de verle?
Aquellos que acompañaban a Jesús tuvieron que cambiar el chip y llevar al ciego hasta Jesús. Pero no lo hicieron por compasión sino porque lo pidió el Maestro, lleno de amor. Nosotros no somos tan diferentes de sus acompañantes cuando alguien se acerca y nos importuna reclamando nuestra atención compasiva, y le damos repuestas que son como los gritos que también le daban al ciego: ¡Cállate, no molestes! E interiormente, justificamos el despreocuparnos diciendo: ¿Y por qué no se acerca este más a Dios? ¿Por qué no reza para que le ayude? ¿Por qué no busca con más ahínco trabajo, o pide ayuda a otros más familiares o poderosos? Hoy, en medio de esta crisis global (económica, social, ética, existencial…) debemos revisar nuestra actitud, desde el relato de Marcos, y ver si Jesús nos está diciendo que nos acerquemos a los ciegos que tenemos cerca para ayudarles a que se incorporen al camino y puedan experimentar la liberación gracias a nuestra ayuda. Y decirles con mucha compasión: ánimo, levántate que te ayudo. ¿A cuántos podemos ayudar diariamente -empezando por casa- desde el afecto, la escucha, el perdón, la compañía? Son muchas las cruces que no desaparecen solo con dinero…
Todos, en alguna medida, somos ciegos y podemos ayudarnos a caminar. Qué oración tan profunda pronunció aquél hijo de Timeo: "Maestro, que pueda ver", una invocación necesaria en todo tiempo como preparación de la acogida de la luz nueva que es Dios mismo, el que nos encargó a sus seguidores que seamos luz y revisemos con urgencia si ejercemos de agentes de la oscuridad para otros en forma de mal ejemplo y de escándalo.
Decía el Papa Francisco que el exceso de ternura nunca produce miedo. Y nunca hay exceso de ternura ni de verdadera compasión, sobre todo en este tiempo tan desabrido.