Todo se puede comprar y, por tanto, todo debe estar a la venta, desde los objetos, pasando por los bienes naturales y hasta las mismas personas. Vidas en compra-venta

Los vientre de alquiler y el neoliberalismo

Vidas en compra-venta
Hay una expresión que se ha extendido mucho en los últimos años, los «vientres de alquiler», para designar el acto por el cual una pareja o persona individual paga para que una mujer geste un hijo para él/ella o ellos/ellas. La expresión induce a pensar que es posible alquilar exclusivamente el vientre, sin que ello afecte al resto de la persona. El término técnico de «gestación subrogada» no deja de ser un eufemismo. En el fondo, la realidad que tenemos es que alguien vende su cuerpo y su vida para que otros puedan obtener sus frutos. Por eso, si hablamos de «vientres de alquiler» para referirnos a la compra de vidas humanas, podríamos hablar igualmente de «cuerpos de alquiler» para designar el trabajo o «vaginas de alquiler» para la prostitución. La lógica que subyace en los tres casos es la misma y tiene que ver con la lógica del mercado que el economista Juan Ramón Rallo, conocido director de una institución neoliberal, expresó hace años en un artículo[1]: la carencia de órganos como la de sangre se soluciona creando un mercado de órganos y sangre. Como todo el mundo sabe, si te sobra un riñón puedes venderlo y así obtener unos ingresos a la par que salvas una vida. Matamos dos pájaros de un tiro: el que puede pagar el riñón se beneficia y el que vende el riñón también, porque lo lógico será que los pobres vendan y los ricos compren. Y, ¿por qué no permitimos que a quien le sobre un corazón lo venda? Todos saldrían ganando. O quizás no. Esta es la lógica del mercado llevada a su extremo.

De manera paulatina pero sistemática, nos han hecho creer que la lógica que rige el mercado es la lógica que debe regir la vida, como si el mercado fuera la estructura natural que determina lo humano y que dirime el ser y el deber ser. Todo se puede comprar y, por tanto, todo debe estar a la venta, desde los objetos, pasando por los bienes naturales y hasta las mismas personas. Contra esta lógica, que subyace a todas las realidades imperiales, surge el decálogo judío para proteger a las personas de un mercado incipiente que pretende someter las personas a la lógica del beneficio. No matarás y no robarás son preceptos que protegen a las personas, también del mercado.

En el derecho romano, por su parte, había una serie de cosas que no podían entrar en la lógica del mercado, quedaban extra commercium, no podían venderse o comprarse. Se trata de tres tipos de cosas: Res divini iuris, son las cosas divinas como los templos y las cosas destinadas al culto; Res publicae, son las cosas que pertenecen al pueblo, como los puentes, acueductos, foros, plazas, termas, etc.; y Res communes omnium, que pertenecen a todos por derecho natural: aire, agua corriente o costas. Es decir, el propio derecho romano entiende que no todo puede ser comprado o vendido, sino que la mayor parte de lo que existe debe quedar protegido de la lógica del mercado, sin esa protección la sociedad misma es la que está en peligro. Karl Polanyi en El sustento del hombre (Capitán Swing 2009), nos muestra cómo el mercado es una realidad ubicua: allí donde el ser humano ha alcanzado el estadio de productor-agricultor se crean mercados para poder intercambiar los productos del trabajo humano. Ahora bien, en todas las culturas, estos mercados han estado controlados y delimitados para que estuvieran sometidos a la sociedad y no acabaran controlándola. Se limitan los días y lugares de mercado, así como los bienes que se intercambian, hasta los precios. Todo se hace para controlar una herramienta poderosa que puede autoerigirse en gobernante omnímodo y enseñorearse de la sociedad.

Lo humano ha surgido como un proceso tortuoso de ensayo y error donde todas las opciones se han llevado hasta el final, de modo que si las distintas civilizaciones han sido tan inteligentes como para poner coto y límite al mercado es porque sus beneficiosos efectos solo pueden experimentarse cuando la hybris mercantil queda embridada por las leyes sociales. En ninguna civilización estuvieron a la venta ni las tierras ni los ríos, ni los bosques ni las estepas, ni los templos ni las objetos de culto. No podían venderse cosas que sobrepasan a la sociedad, que la constituyen. En muchas civilizaciones sí se podían comprar personas, siempre de otros pueblos y fruto de las rafias o las guerras, pero en la tradición judeocristiana esto quedaba expresamente prohibido, pues la experiencia egipcia de los hebreos y el contacto con las ciudades-estado como Tiro o Sidón, donde se vendía a las personas, llevaron a la prohibición de un mercado de seres humanos: no robar es, en origen, no robar personas para su venta en el mercado.

La lógica del mercado se impone de tal manera que nos llega a parecer normal que se implante un mercado de órganos, como propone Rallo, o que los seres humanos sean concebidos y gestados mediante la compra-venta de las madres. Si no ponemos límites al mercado, lo humano acabará sometido de tal forma a su lógica que necesitaremos subir de nuevo al Horeb para recibir nuevas leyes que nos devuelvan la humanidad, de lo contrario acabaremos expulsados del paraíso de lo humano, arrojados a la gehena de Moloc, de un mercado constante y definitivo en el que las vidas están en venta.

[1]https://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/venda-un-organo-salve-una-vida-1276230262.html

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