Bienaventuranzas de la fe

Oración inspirada en las lecturas del domingo 16.08.2026. Tiempo ordinario 20. CICLO A

bien
bien | 5

Bienaventuranzas de la fe

Bienaventurado el que, aun teniendo un miedo urgente de certezas para su corazón, aprende a caminar sostenido por una confianza más honda que sus seguridades.

Bienaventurado el que reconoce en sí las heridas de milenios, las mismas que atraviesan a todos los seres conscientes, porque su fragilidad puede convertirse en compasión universal.

Bienaventurado el que descubre que las palabras pomposas de siempre se quedan escasas, porque comienza a buscar una verdad más desnuda, humilde y verdadera.

Bienaventurado el que desconfía de las verdades troqueladas, demasiado fáciles, demasiado resolutivas y demasiado controladas, porque permanece abierto al misterio que ninguna fórmula puede encerrar.

Bienaventurado el que, en medio de lo confuso y de sus desvaríos nocturnos, sigue hablando con Dios, porque incluso una oración quebrada puede ser una forma profunda de fe.

Bienaventurado el que descubre la costra coriácea de su ego, porque puede comenzar a quebrarla hasta dejar que su alma vuelva a ser vulnerable, receptiva y compasiva.

Bienaventurado el que se deja herir por esas preguntas que llegan como navajazos y que pocos se atreven a abordar, porque una pregunta verdadera puede conducir más lejos que una respuesta aprendida.

Bienaventurado el que no confunde la soberbia de algunos clérigos con el Evangelio, porque seguirá buscando una Iglesia capaz de reunir, servir y crear comunión.

Bienaventurado el que no se conforma con devociones doloristas poco reflexionadas, poco creíbles y poco liberadoras, porque busca una fe que sane, ilumine y ensanche la vida.

Bienaventurado el que echa de menos una humildad visible en quienes se llaman cristianos, porque ha comprendido que el Evangelio se acredita más por la irradiación de una vida que por la proclamación de unas palabras.

Bienaventurado el que reconoce que no es tan listo ni tan bueno de pensamiento, palabra y obra, porque quien acepta sus límites comienza a vivir desde la humildad y la misericordia.

Bienaventurado el que se pregunta si verdaderamente cree o si solamente recubre con palabras su biografía desvencijada, porque esa sospecha puede purificar su fe de engaños y disfraces.

Bienaventurado el que descubre sus intentos de zafarse del camino necesario e imperioso de la conversión, porque reconocer la huida es ya comenzar el regreso.

Bienaventurado el que se pregunta con sinceridad si busca verdaderamente la verdad, el bien y la santidad, porque quien examina radicalmente sus deseos puede comenzar a ordenar su corazón.

Bienaventurado el que aprende a entregarse a la libertad, a la alegría y al juego, porque descubre que la vida recibida como gracia no necesita ser poseída ni controlada.

Bienaventurado el que reconoce en sí las heridas de una cultura obsesionada con el éxito y la autosuficiencia, porque puede aprender que vivir no consiste en triunfar, sino en recibir, agradecer, compartir y amar.

Bienaventurado el que aprende a guardar silencio reverente, porque en el silencio deja de dominar la realidad y comienza humildemente a recibirla.

Bienaventurado el que busca personas capaces de responder, con palabras y con obras, a la consternación de nuestro tiempo, porque no ha renunciado a creer que todavía son posibles la lucidez, la compasión y la esperanza.

Bienaventurado el que recuerda la muerte y a sus muertos, porque la memoria de la finitud puede enseñarle a amar lo que vive con una hondura nueva.

Bienaventurado el que se pregunta si busca a Dios o si se busca solamente a sí mismo en la fiebre de su abatimiento, porque una fe que se deja interrogar puede hacerse más limpia, más gratuita y más verdadera.

Bienaventurado el que no sabe todavía si es un prófugo casi calcinado o un peregrino sediento, porque mientras permanezca la sed permanece también abierto el camino.

Bienaventurado el que contempla el tren de su vida sin saber si se aproxima a la plenitud santa o a la decadencia mineral, porque aprende a confiar incluso cuando desconoce la estación última de su viaje.

Bienaventurado el que reconoce cuándo se deja arrastrar por el resentimiento, la indiferencia o el narcisismo, porque aquello que puede ser reconocido puede también ser atravesado y transformado.

Bienaventurado el que añora días que puedan ser verdaderamente grandes, porque todavía conserva dentro de sí hambre de plenitud, de celebración y de sentido.

Bienaventurado el que siente extrañeza ante un mundo raro y turbio impregnado por el olor frío de las monedas, porque todavía no ha permitido que su corazón confunda el precio de las cosas con su valor.

Bienaventurado el que sabe dudar, porque una duda humilde puede ser más sana para la fe que una certeza arrogante, impermeable al misterio y a la búsqueda.

Bienaventurado el que soporta las coces de las acémilas de su espíritu cuando intenta permanecer en silencio contemplativo ante Dios, porque también la dispersión, la inquietud y la lucha interior pueden convertirse en materia de oración.

Bienaventurado el que atraviesa la tristeza de escarcha sin remedio sin convertirla en la última palabra sobre su existencia, porque incluso bajo el invierno del alma puede permanecer escondida una semilla de esperanza.

Bienaventurado el que reconoce su tentación de subsumirse en el vacío y huir sin rumbo, porque puede comenzar a regresar hacia sí mismo, hacia los otros y hacia Dios.

Bienaventurado el que pide ser salvado de sí mismo, porque ha comprendido que la verdadera libertad comienza cuando uno deja de considerarse autosuficiente.

Bienaventurado el que desea una confianza más auténtica, porque ha comenzado a preferir la verdad de la fe a la seguridad de las certezas.

Bienaventurado el que busca una confianza más desnuda, porque ya no necesita revestir el misterio con demasiadas explicaciones para permanecer ante él.

Bienaventurado el que aprende una confianza más entregada, porque comprende que creer no consiste únicamente en entender, sino también en consentir, acoger y abandonarse.

Bienaventurado el que continúa confiando más allá de su lucidez y de su ceguera, porque ha descubierto que Dios puede ser buscado tanto en la claridad como en la noche.

Bienaventurado el que duda y, sin embargo, sigue diciendo «Señor, sálvame», porque su misma súplica revela que, debajo de todas sus incertidumbres, todavía permanece viva la confianza.

Bienaventurado el que no convierte sus dudas en una morada definitiva, sino en camino, porque la duda atravesada con sinceridad puede transformarse en búsqueda, la búsqueda en entrega y la entrega en fe.

Bienaventurado el que no exige a Dios que elimine todas sus oscuridades, porque aprende poco a poco que creer también significa caminar de noche sin dejar de caminar.

Bienaventurado el que permite que sus preguntas purifiquen sus imágenes de Dios, porque quizá pierda muchas certezas, pero puede acercarse al Misterio con mayor verdad.

Bienaventurado el que acepta no poseer a Dios con sus conceptos, palabras, doctrinas o emociones, porque empieza a comprender que Dios no es una respuesta poseída, sino una Presencia recibida.

Bienaventurado, finalmente, el que puede decir en medio de todas sus dudas: «No sé del todo, no veo del todo, no comprendo del todo, pero me entrego», porque quizá esa confianza desnuda sea una de las formas más puras de la fe.

Amén.

Aleluya,

Aleluya.

Aleluya.

carmeloampelio@gmail.com

También te puede interesar

Lo último

stats