Caminata sobre el agua del mar de Galilea

Religión Digital
08 ago 2014 - 17:10

Los evangelios nos cuentan algunos episodios de la vida de Jesús, en los que él dejó ver a través de su condición humana, la dimensión invisible de su divinidad. Los milagros que él hacía también permitían ver que en él actuaba una fuerza y un poder superior al que ordinariamente tenemos los humanos. Pero hay dos episodios concretos, que no son obras poderosas para curar un enfermo o para dar la vista a un ciego, sino manifestaciones de la divinidad en la humanidad de Jesús. Uno de esos episodios es la transfiguración; el otro es este que nos narra el evangelio de hoy: su caminata sobre el agua del mar de Galilea.

Con esas manifestaciones Jesús introducía a sus discípulos en la dimensión oculta de su identidad. Miren, les decía, mi identidad no se agota en lo que ustedes ven y oyen y palpan. Mi identidad abarca también una dimensión invisible, que da consistencia a esta dimensión visible. Yo no soy solo el Hijo del hombre, soy también el Hijo de Dios. Por eso, al terminar la visión, cuando él subió a la barca con sus discípulos, y ellos ya no vieron más que su humanidad, se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. En cierto modo la fe es la capacidad de ver más allá de la superficie de las cosas, para intuir esa otra dimensión de la realidad, que envuelve y penetra lo visible, y que es la presencia creadora, providente, acogedora y vivificante de Dios. En la persona de Jesús, Dios se hace humano y comparte nuestra historia. Pero Jesús es el hombre en el que se concentra de modo personal la presencia divina en el mundo y en nuestra historia.

El creyente es como el profeta Balam, el varón clarividente, que escucha palabras de Dios y conoce los designios del Altísimo (Nm 24, 15.16). Los creyentes somos en cierto modo personas capaces de ver lo invisible en lo visible, y de ver el sentido de lo visible desde las realidades invisibles. Para acompañar el relato de la caminata de Jesús sobre el agua, la liturgia nos propone hoy el relato del encuentro del profeta Elías con Dios. El profeta se siente solo, abandonado. Siente que ya solo él queda para dar testimonio del verdadero Dios. Y se refugia en el Monte Horeb, donde Moisés había encontrado a Dios, y se mete en una cueva. Dios lo invita a salir para encontrarse con Él. Suceden tres fenómenos poderosos: un terremoto, un huracán y una tormenta eléctrica. Elías no ve a Dios en esos despliegues de poder y de fuerza. Solo cuando se escuchó el murmullo de una brisa suave, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cuerva, porque en el murmullo de la brisa, allí sí estaba Dios.

Dios no se nos manifiesta con la potencia de su poder, con la magnificencia de su majestad, con el despliegue esplendoroso de su gloria. Dios es discreto, latente, se esconde, pero deja su huella para que lo intuyamos. Esa es nuestra tarea, descubrir el murmullo de Dios en la brisa suave que siempre sopla sobre el mundo. Solo si percibimos el murmullo de Dios seremos capaces de transformar el mundo. Sólo cuando captemos la realidad que está más allá de lo visible, tendremos fundamento para transformarnos y transformar a los demás. Sólo cuando oigamos el rumor de Dios en las cosas del mundo descubriremos su verdadero sentido y su consistencia y podremos encaminarlas para que sean más humanas y más santas.

En el relato de Mateo, hay un incidente. Pedro duda de que sea real lo que ve, y pide la prueba que confirme la visión. Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua. Jesús lo invita a ir y Pedro comienza a caminar. Pedro comienza a actuar a partir de la realidad invisible en la que se manifiesta Jesús. Pero el peso de lo palpable, la evidencia de lo sensible, la contundencia de la realidad evidente lo hace dudar y sucumbe. Y tiene que gritar ¡sálvame, Señor! Jesús le tiende la mano y le recrimina: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? La tentación de Pedro es también la nuestra. Cuando vislumbramos esa otra realidad que reverbera en la realidad evidente y la trasciende, comenzamos a caminar guiados por ella. Pero la fuerza de la cultura que nos dice que no hay más realidad que la que se ve, el poder de los medios que nos inducen a pensar que lo que vale es tener y poseer, y la fascinación de la técnica que crea en nosotros la ilusión de que somos omnipotentes y nos valemos por nosotros mismos hacen que perdamos la visión de fondo y nos hundamos en el mar de la inmediatez, de lo transitorio y de lo caduco. Sólo Jesús nos puede tender la mano, y solo cuando nos postremos ante él en adoración para proclamarlo Hijo de Dios encontraremos nuestra salvación.

Oremos al Señor para que nos muestre su rostro siempre, para que veamos más allá de lo inmediato la presencia latente de Dios. Muéstranos, Señor, tu misericordia, hemos dicho en el salmo responsorial. Y una de las estrofas ha afirmado: cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. Que tengamos siempre los ojos abiertos y penetrantes para ver cómo la gloria de Dios llena la tierra.

Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

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