Jesús se fija en Zaqueo
La primera lectura de hoy es una bellísima oración. Meditar sus palabras, interiorizar sus pensamientos invita a crecer en la fe. La primera declaración es un reconocimiento de la grandeza de Dios. Señor, delante de ti, el mundo entero es como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero, que cae sobre la tierra. El grano de arena y la gota de rocío son tan pequeños a nuestros ojos, que casi ni los vemos.
Del mismo modo, Dios es tan grande e inmenso, que este mundo, enorme y dilatado a nuestros ojos, le debe parecer como a nosotros el grano de arena y la gota de rocío. Y sin embargo no pasan inadvertidos para Dios, sino que Él se inclina, lo sostiene y lo llena de vida. Por supuesto, la grandeza de Dios no se mide por volumen o tamaño, sino porque su existencia no tiene principio ni fin, porque su poder es capaz de crear el mundo, porque su inteligencia conoce cuanto existe, porque su amor es capaz de perdonar al pecador. Este es el pensamiento que sostiene la oración.
Al ver la maldad, al ver la violencia, el atropello, el egoísmo y la injusticia humanas, Dios podría responder con la destrucción. Está en su poder; el mundo es una nimiedad frente a él. Así reaccionamos los humanos en nuestras cosas. Cuando no nos salen como queremos, intentamos destruirlas. Pero Dios no. Su compasión es tal, que aunque puede destruirlo todo, él aparenta no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. La paciencia de Dios frente al mal que realizamos no es indiferencia ni menos aún aprobación. Es perdón ofrecido de antemano para suscitar el arrepentimiento y la conversión. En las relaciones entre Dios y los hombres, él siempre va por delante. Él nos conoce, nos crea y nos ama para que lo conozcamos, lo adoremos y amemos. Él nos llama para que le respondamos. Él nos ofrece de antemano el perdón para que nos convirtamos.
¡Cuántas veces pensamos las cosas justamente al revés! Cuando hemos pecado, pensamos que tenemos que convencer a Dios de que nos perdone. Cuando tenemos una necesidad, pensamos que tenemos que persuadir a Dios en la oración de que sea bueno para satisfacerla. Cuando queremos estar a buenas con Dios, pensamos que tenemos que ser primero santos para que él se fije en nosotros. Pero no es así. Su perdón ofrecido de antemano suscita nuestro arrepentimiento; su promesa de bendición anima la oración que nos capacita para recibirla; su amor paterno nos hace santos y nos pone en su presencia. Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho, pues si hubieras aborrecido alguna cosa, no la habrías creado. … Por eso a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor. Dios no descarga su ira para destruir al pecador, sino que como un padre paciente y amoroso, poco a poco, va corrigiendo, va apretando y aflojando, a veces nos causa un dolor o un sufrimiento, para que vayamos aprendiendo a creer en Él, a amarlo a Él y dejemos todo lo que nos aparta de Él.
A partir de este modo de ser de Dios entendemos la actitud de Jesús, que hoy se nos muestra benévolo y compasivo en el encuentro con Zaqueo. La fama de Jesús, como hombre bueno, misericordioso y acogedor había llegado a oídos de Zaqueo. Zaqueo habría oído hablar de Jesús como hombre venido de Dios, como hombre que actuaba en nombre de Dios para perdonar y rehabilitar. Este hombre, publicano y pecador, más de alguna vez habría considerado el rumbo de su vida, y se habría preguntado cómo hacer para que su pasado pecador no hipotecara su futuro, cómo hacer para nacer de nuevo, para comenzar de nuevo. Había oído hablar de Jesús, y pensó que él podría darle luz a su búsqueda. Se subió a un árbol para verlo mejor, quizá también para dejarse ver de Jesús. No debemos pensar que la simple curiosidad por conocer a un hombre famoso llevó a Zaqueo a encaramarse en un árbol. Aunque el texto no lo dice, en Zaqueo hay una inquietud, hay una esperanza de que su vida pueda cambiar, de que Jesús, en nombre de Dios, le pueda dar esa posibilidad. Zaqueo encaramado en el árbol simboliza al hombre pecador que busca y pide perdón en una oración, sin saber siquiera si es posible.
Los evangelios en varias ocasiones nos presentan a Jesús como aquel que lee el interior del corazón humano. También en esta ocasión, Jesús se fija en Zaqueo, y se invita a su casa. Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa. Zaqueo comprende que, con Jesús, Dios ha llegado no solo a su casa, sino a su vida. Es posible romper con el pasado y comenzar de nuevo. Por eso la resolución de Zaqueo de enmendar su pasado es la expresión de un comienzo nuevo: Voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más. Hasta para un pecador tan grande como Zaqueo es posible un comienzo nuevo. Por eso Jesús declara con alegría: Hoy ha llegado la salvación a esta casa; porque llegó él y con él la fe que comunica el perdón y la salvación.
Pero historia termina con otra declaración de Jesús sobre sí mismo. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Jesús es encarnación del designio y del amor de Dios del que habló la primera lectura. Esta frase de Jesús es polémica contra la opinión de los fariseos que comentan escandalizados que Jesús hubiera entrado a la casa de un pecador. Según esa manera de pensar, el hombre debe hacer el esfuerzo por llegar a ser santo e intachable para hacerse digno de que Dios se le pueda entonces acercar y aprobar. Además, un hombre que viene de Dios y representa a Dios no se debería mezclar con los pecadores. La conducta de Jesús pone de manifiesto cómo son en verdad las cosas en relación con Dios. Dios no se interesa por los que se creen santos; sino que sale a buscar, en Jesús, a los que se saben perdidos. Los que se creen santos y perfectos no necesitan de un Dios que los salve. Ya se salvaron a sí mismos; o eso es lo que piensan. Jesús vino a buscar a quienes como Zaqueo, abrumados por sus pecados buscan quien los libere de su pasado y confían en que Dios, el único que puede hacer tal cosa, se fije en ellos. Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos, Señor, que amas la vida, porque tu espíritu inmortal está en todos los seres.
Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán