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El contenido del amor

Acabamos de escuchar el pasaje de san Mateo en el que Jesús revela cuál es el mandamiento principal de la Ley. Según el evangelista, el doctor de la ley que le planteó la pregunta a Jesús tenía una intención torcida. Hizo la pregunta para ponerlo a prueba. ¿Dónde estaba la prueba, cuál era el error en el que Jesús podría incurrir al tratar de responder a la pregunta? Jesús se había comportado con mucha libertad en relación con algunos preceptos de la Ley tales como la observancia del sábado, los rituales de purificación y las prácticas de ayunos. Quizá la trampa consistía en poner a Jesús en aprietos e inducirlo a declarar como principal un precepto que él mismo hubiera desatendido anteriormente. Pero Jesús va en su respuesta más allá de las prácticas, ritos, costumbres y ceremonias. Se fija en dos mandamientos que prescriben una actitud, una intencionalidad y no una acción concreta. Identifica como mandamientos igualmente importantes dos preceptos tomados uno del libro Deuteronomio y el otro del libro Levítico. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Al responder de este modo Jesús logra dos objetivos. En primer lugar identifica el amor, tanto a Dios como al prójimo, como el corazón de la Ley. El amor es una actitud de salida al encuentro del otro, es una motivación que establece relaciones con otro distinto de uno mismo: Dios o el prójimo. Jesús no se pierde en los centenares de preceptos en relación con cosas, prácticas y costumbres, sino que identifica la actitud que debe gobernar toda acción humana: la referencia a Dios que nos creó por amor y la referencia al prójimo en quien cada uno debe descubrir al otro semejante a sí: como a ti mismo. Al declarar que estos mandamientos son los principales, Jesús implícitamente señala que el acatamiento de la voluntad de Dios y el servicio al prójimo son el corazón de toda la revelación. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas. En segundo lugar, Jesús pone a Dios y al prójimo a la par. A ambos hay que amar. Jesús no utiliza un verbo en relación con Dios y otro en relación con el prójimo. Es la misma palabra: amarás. Los dos preceptos tienen la principalidad por igual. De modo que el amor a Dios se comprueba en el amor al prójimo. Como dirá después el apóstol Juan: quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4,20).

Amor y amar son palabras con amplio espectro de significados; algunos ajenos al sentido evangélico. Los primeros cristianos de habla griega se rebuscaron una palabra poco utilizada para expresar la singularidad del amor cristiano. Eligieron el término ágape. Es el término que normalmente aparece en el Nuevo Testamento. En español, existe una palabra específica para designar el amor cristiano, caridad. Pero el término ha adquirido un matiz de afectación y se ha restringido su uso. Pero debemos saber que cuando hablamos del amor de Dios hacia nosotros y del amor con que amamos a Dios, esas palabras “amar” y “amor” tienen un significado específico y peculiar. Es la acción que nos asemeja al mismo Dios para dar vida a nuestro prójimo y gloria a Dios.

Por eso surge la pregunta: ¿En qué consiste el amor al prójimo? ¿Consiste en comportarse con él del modo que al prójimo le gusta o desea? ¿Es el gusto del prójimo la regla del amor? ¿O es su necesidad? ¿Cuál es el contenido del amor? ¿Hay una verdad en el amor? Y ¿cómo amo a Dios? ¿Son el culto y la oración la expresión principal del amor a Dios? ¿Es el estudio de la Biblia y la escucha de su Palabra la mejor manifestación de ese amor? ¿Nos ha dado Jesús un criterio para autenticar el amor a Dios?

Amar al prójimo consiste en servirlo y hacerle el bien. El amor tiene sus reglas y su verdad. El bien que le hacemos al prójimo no se determina por el gusto, el deseo o la opinión. El bien que debemos hacer al prójimo es todo aquello que se ajusta a la condición humana, a la organización justa de la sociedad y al fin para el cual hemos sido creados por Dios. Las reglas morales que conocemos por la razón y por la Palabra de Dios le dan contenido y verdad al amor. En el campo de la medicina lo entendemos muy fácilmente. Porque amamos al niño enfermo le damos el tratamiento que corresponde a su enfermedad aunque no lo quiera o no le damos lo que le hace daño aunque lo pida y lo quiera. La verdad del amor consiste en hacer con el prójimo lo que objetivamente corresponde a su condición humana, a la organización justa de la sociedad y sus instituciones, a la vocación del hombre a la vida divina. Por eso muchas veces el amor incluye el esfuerzo para persuadir a quien amamos de lo que es bueno para sí, o para la sociedad o lo que corresponde a su condición de hijo de Dios llamado a la vida eterna.

El amor a Dios tiene también su criterio de autenticidad, y ese criterio es la práctica del amor al prójimo con generosidad, con alegría, de buena voluntad. En la comprensión cristiana de la acción del hombre, la motivación y el fundamento para amar al prójimo es el amor a Dios. A Dios no le hace falta nada, no le podemos prestar ningún servicio que él necesite. El amor a Dios no entra en competencia con el amor al prójimo de modo que le quitamos a uno para darle al otro. Por eso, el amor a Dios y el amor al prójimo se pueden articular entre sí de modo que el amor a Dios sea la motivación y finalidad del amor al prójimo y el amor al prójimo sea la manifestación y el contenido del amor a Dios. Dios quiere que amemos a nuestro prójimo, por lo que mostramos nuestro amor a Dios amando rectamente a nuestro prójimo. Hay quien ha dicho que esto es instrumentalizar a las personas, que ya no las amaríamos por sí mismas sino como mediación para mostrar el amor a Dios. Pero ni nosotros ni el prójimo al que amamos existimos por nosotros mismos y para nosotros mismos, sino que existimos por Dios y para Dios. La dignidad humana encuentra en la referencia a Dios su consistencia. Por lo que amar al prójimo por amor a Dios es ponernos nosotros mismos y a nuestro prójimo en relación con quien es nuestra plenitud y alegría. Pero el amor cristiano o la caridad se realizan, no en las palabras, sino en la acción.

Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

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