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La tentación

Solemos hablar de las tentaciones que se nos presentan diariamente. Las hay de diverso tipo. Pedimos a Dios fidelidad y fortaleza para no caer en ellas. En el fondo, son aristas de la única y verdadera tentación: pequeñas o grandes, las tentaciones cotidianas tienen que ver con la gran y única tentación, la de creernos superiores a Dios o, al menos, igual a Él.

Cada vez que oramos con el Padre Nuestro pedimos no caer en la tentación. Y es ésa, precisamente: no sustituir a Dios ni reemplazarlo por nuestra voluntad o nuestra autosuficiencia.

El libro del Génesis nos relata cómo Eva y Adán sucumbieron ante la tentación que les presentara el maligno: ¡Claro que sí se podía comer del árbol del bien y del mal! ¡Claro que Dios no quería, porque si lo hacían se convertirían en otros dioses! El tentador lo que buscaba era separar a los dos, y con ellos a la humanidad, de la comunión con Dios Creador. Lastimosamente lo logró. Por eso, aún cuando Dios les dio la sanción les prometió que en el tiempo llegaría Alguien que liberaría la humanidad de las consecuencias de esa desobediencia que rompió la serenidad y la convivencia en el Edén.

En la plenitud de los tiempos llegó el Mesías Salvador anunciado y prometido: Jesús de Nazaret. Antes de comenzar su ministerio en medio de los hombres de su época, Jesús se retiró al desierto y allí permaneció cuarenta días con sus noches, en oración y ayuno. Durante ese período también fue tentado. El maligno sabía quién era Jesús y no iba a permitir que Él realizara su misión. Entonces, sale a su encuentro y lo tienta.

Todas las tentaciones que le presenta tienen que ver con una sola cosa: que Jesús renuncie al Padre y también a ser Dios y lo adore. Es decir, la tentación a minar la fuerza de Dios y traspasársela al maligno o demonio. Bien sabemos que el señor sale victorioso, pues a Él no le interesa ni el poder ni las prerrogativas humanas, sino cumplir la voluntad de Dios.

Hoy también a todos los creyentes se nos sigue presentando la tentación de reemplazar a Dios: por nuestro egoísmo, por nuestra autosuficiencia, por privilegios y poderes… Estos se disfrazan de variadas maneras: ansia de poder y de dinero, creerse superiores incluso a Dios; pensar que el pensamiento del hombre es capaz de hacer todo rompiendo la ley natural…

La Iglesia, al iniciar la cuaresma nos recuerda este episodio de la tentación sufrida por Jesús, a fin de que tomemos conciencia de la necesidad de estar abiertos a la fuerza de la gracia divina. Sólo con ella, que fortalece nuestra voluntad y nuestros actos, se podrá vencerla. Cualquiera que sea la manera de presentarse la tentación, siempre apuntará a tratar de romper la seguridad de la fe de quien es tentado. Es la tentación el camino para no actuar con el temor de Dios, principio de la sabiduría como nos lo recuerda la Palabra de Dios.

San Pablo nos indica, en la carta a los Romanos, cómo nos debemos dejar auxiliar por la gracia de Dios.

“¡Cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos!” La gracia nos permitirá ser fieles y así ser justificados; esto es, caminar y alcanzar la salvación, que es, ante todo, la plenitud del encuentro con Dios. Este encuentro lo vamos viviendo ya desde ahora en nuestro peregrinar por esta tierra, dejando a un lado toda tentación y venciéndola con la gracia. El mismo Apóstol Pablo nos lo vuelve a decir con certeza: “¡Con cuánta más razón los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno solo, Jesucristo!”

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal

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