El primer discurso del cardenal Omella como presidente del episcopado Cardenal Omella, el nuevo Tarancón: “Hagamos ahora lo mismo que en la Transición”

Cardenal Omella
Cardenal Omella

Con un estilo llano, directo, concreto, sencillo. Al estilo del Papa Francisco. Sin alardes retóricos

No cree en una Iglesia fortaleza acosada por unos políticos anticlericales, sino en una Iglesia samaritana y humilde, que tiende siempre su mano a la sociedad y a sus dirigentes.

Su presencia en la cúpula de la Iglesia española representa el ejemplo perfecto de la nueva sintonía de la jerarquía con Roma

Pertenece a ese grupo de obispos que, durante la involución eclesiástica de Juan Pablo II y Benedicto XVI, estuvo marginado y que, con la llegada del Papa Francisco, pasó al centro de la escena eclesial

Su estreno, como todo en esta pandemia, fue peculiar. El cardenal Juan José Omella pronunció su primer discurso como presidente de los obispos españoles en una sala de la Casa de la Iglesia semivacía, desangelada. En la presidencia, estuvo acompañado a su derecha por el cardenal Osoro y a su izquierda, por el cardenal Blázquez. Y más lejos, a un lado el Nuncio de Su Santidad en España, Bernardito Auza, y al otro, el secretario del episcopado, Luis Argüello. En el hemiciclo, un puñado de arzobispos: Martínez, Barrio, del Rio, Sanz, Herráez, entre otros.

Aún sin alharacas, Omella tiene algo. Desprende carisma. Hace pensar en el cardenal Tarancón, incluso. Con su mismo sentido del humor, aunque menos socarrón que el cardenal de Burriana. Con su voz radiofónica y menos aguardentosa que la del cardenal de la Transición. Con su misma personalidad y carisma, que, desde la sencillez, le permite conseguir autoridad moral ante sus pares.

Su presencia en la cúpula de la Iglesia española representa el ejemplo perfecto de la nueva sintonía de la jerarquía con Roma. Porque Omella es el purpurado más cercano al Papa, con el que departe a menudo. Quizás por eso, es también el ejemplo perfecto del obispo 'resistente'. Es decir, ese grupo de obispos que, durante la involución eclesiástica de Juan Pablo II y Benedicto XVI, estuvo marginado y que, con la llegada del Papa Francisco, pasó al centro de la escena eclesial.

Como hombre del Concilio Vaticano II, Omella no guarda rencor ni apuesta por la revancha, sino por el diálogo. No se considera el jefe de los obispos (como en la época del cardenal Rouco, el vicepapa español), sino como uno más, el 'primus inter pares'.

Plenaria
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Y estas convicciones profundas se plasman en su primer discurso. Con un estilo llano, directo, concreto, sencillo. Al estilo del Papa Francisco. Sin alardes retóricos. Sin elucubraciones teológicas, con realismo crítico. Y, siempre desde la dinámica del ver-juzgar y actuar, que aprendió de joven cura.

Un discurso largo (38 páginas), pero intenso y, sobre todo, preñado de parresía. Habla claro y con valentía, buscando siempre la colaboración y el diálogo, las claves que le han acompañado siempre a los largo de su ejercicio pastoral. No esconde nada. No oculta la preocupación de la Iglesia, por ejemplo, en el ámbito educativo, pero sin levantar muros. No cree en una Iglesia fortaleza acosada por unos políticos anticlericales, sino en una Iglesia samaritana y humilde, que tiende siempre su mano a la sociedad y a sus dirigentes.

Plenaria
Plenaria

Un discurso centrado en la realidad actual de un mundo y un país arrodillado ante la Covid-19. Por eso, comenzó pisando realidad. Con un recuerdo a los difuntos de la pandemia y solidaridad con los que “están sufriendo las consecuencias económicas, sociales y laborales”

Y remontándose a uno de los hitos del actual pontificado: el 27 de marzo, cuando el Papa Francisco se mostró solo ante el mundo en oración “en una oscura plaza de San Pedro sacudida por una gran tormenta”. Y, en medio de la plaza vacía y en silencio, el Papa lanzó al mundo el grito de 'todos o ninguno o todo o nada', con la imagen de la barca, en la que estamos todos, par remar juntos, si queremos salir de la pandemia. Una pandemia que, a juicio de Omella, está descosiendo las costuras de la civilización mundial y dejando al descubierto las desigualdades y el ecocidio.

Francisco solo en San Pedro

Pero la Covid, que es catalizador de todos lo males, también se presenta como un crisol de solidaridad mundial, que ha abierto nuestros ojos y corazones a los que están tirados en la cuneta de la vida. Y, ahí está, para demostrarlo, el ejemplo de los sanitarios y de los propios clérigos, atendiendo a miles de personas.

Según Omella, la pandemia también puso al descubierto el lado oscuro de la sociedad. Por ejemplo, “el espectáculo del enfrentamiento casi continuo de los líderes políticos”, que puede “incentivar a desesperanza y hundir la autoestima colectiva”. Y critica abiertamente la dinámica de la “desconfianza constante, aunque se disfrace detrás de la defensa de algunos valores”, en clara referencia a la ultraderecha, pero sin hacer sangre ni descalificar por completo.

Nuncio Bernardito
Nuncio Bernardito

Eso sí, con claridad total: “El que se ha equivocado, que pida perdón. El que ha caído en la corrupción que devuelva lo robado”. Y, como es lógico, muchos pensamos en el Rey emérito y en una ristra de políticos.

Pero, una vez que les ha tirado de las orejas, Omella llama a la colaboración, siguiendo la lección política que el Papa dio a Sánchez en su reciente visita a Roma: “Es necesario construir la patria con todos”. Es decir, no es el momento de divisiones ni de populismos. O dicho de otra forma, “es el momento de la buena política”, la que mira el bien común.

'Foto de familia' del Papa con Pedro Sánchez y la delegación española
'Foto de familia' del Papa con Pedro Sánchez y la delegación española

La gran política, como en la época de la Transición, con concordia. Como recuerda el cardenal, “entonces, fuimos capaces de perdonarnos, de reconciliarnos, de programar unidos la España del futuro”. Y casi suplica: “Hagamos ahora lo mismo”. O dicho en terminología del Papa, “reducir la crispación y promover la cultura del encuentro”

En el ámbito económico, Omella señala la precariedad laboral y el desempleo en medio de la “peor recesión económica desde la II guerra mundial”. Y pide una política laboral que apueste por la dignidad de los trabajadores en una situación en que los más desfavorecidos lo están pasando cada vez peor, como certifica Caritas a diario.

Osoro y Omella
Osoro y Omella

Incluso para los Iglesia nos son buenos tiempos. De hecho, Omella reconoce que las colectas han menguado, “los cepillos se están quedando vacíos” y “a las parroquias les cuesta llegar a fin de mes”. Y, sin embargo, sigue siendo una Iglesia samaritana y hospital de campaña.

El otro ámbito que preocupa, desde siempre, a la Iglesia es el educativo y, como es lógico, al abordarlo lo hace barriendo para casa y pidiendo (también en esto como el Papa) un pacto educativo global a largo plazo, convertido en ley sólida. Lamentando, por supuesto, las trabas a la concertada y al derecho constitucional de los padres a elegir la educación que consideren para sus hijos. Y, por lo tanto, también la clase de religión en la escuela pública.

Tras asegurar que emigrar es un derecho de todo ser humano y condenar la eutanasia (“no hay enfermos 'incuidables' aunque sean incurables”), Omella terminó su discurso pidiendo una mayor integración europea e invitando a la sociedad a buscar lo esencial, acogiendo al Espíritu de Dios, que impulsa a nacer de nuevo a un deseo mundial de fraternidad. Un discurso con sabor taranconiano total.

Cardenal Tarancón

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