Blogs, bulos y ‘buenos católicos’: 'Tucho' Fernández desmonta la pseudoortodoxia ultra
“Hoy en día, en cualquier blog, cualquiera, aunque no haya estudiado mucha teología, expresa su opinión y condena como si hablara ex cathedra”
Cuando el cardenal Víctor Manuel ‘Tucho’ Fernández dice que hay quienes “han convertido la fe en ideología y se arrogan el derecho de decir quién es o no es buen católico”, no está lanzando una ocurrencia: está haciendo una radiografía certera de un fenómeno muy concreto, con nombres, apellidos y URLs.
“Hoy en día, en cualquier blog, cualquiera, aunque no haya estudiado mucha teología, expresa su opinión y condena como si hablara ex cathedra”, concreta más el cardenal, que habla de ese microcosmos ultra, rígido y criptofascista que vive de patrullar internet repartiendo carnés de ortodoxia, manipulando el Evangelio y reduciendo la doctrina católica a munición identitaria.
Un diagnóstico quirúrgico del catolicismo ultra
La frase de Fernández apunta certeramente al núcleo del problema: no es solo que haya católicos conservadores –lo cual es legítimo–, sino que existe un ecosistema que ha convertido la fe en ideología de combate. No buscan la verdad, sino la victoria. No anuncian el Evangelio, sino que lo usan como bandera para marcar territorio político y cultural. Ponen la fe al servicio de sus intereses políticos. Y, desde ahí, se atribuyen la potestad de decidir quién entra y quién queda fuera del “club de los auténticos”.
Ese ‘reparto de carnés’ se hace hoy, sobre todo, como bien denuncia el purpurado argentino, desde plataformas digitales: páginas digitales, blogs rigoristas, canales de YouTube, cuentas de X o Telegram donde se canoniza o se excomulga simbólicamente en función de una agenda ultracatólica muy precisa.
Basta discrepar mínimamente en temas como migraciones, economía, sinodalidad, liturgia o acompañamiento pastoral para ser etiquetado de “hereje”, “modernista” o “enemigo de la fe”. Una fe que queda así secuestrada por un pequeño grupo que la confunde con su propio paquete ideológico.
Ayer mismo, por ejemplo, el cura Juan Manuel Góngora, párroco en El Ejido, se atreve a tachar de ‘traidor’ a Luis Argüello, presidente del episcopado, por bendecir la regularización de emigrantes, solicitada por una gran mayoría de prelados y fieles católicos.
Doctrina al dogmatismo: manipular el corazón del Evangelio
En esa dinámica, la doctrina católica deja de ser un camino hacia el misterio de Dios y se convierte en un código de identidad rígido. Se absolutizan algunos aspectos –casi siempre relacionados con moral sexual, autoridad y orden social– y se silencian otros –pobres, migrantes, paz, justicia social, misericordia–. Se habla sin descanso de ortodoxia, pero se pisotea la primera ortodoxia: la de un Dios que “prefiere la misericordia al sacrificio”.
Fernández apunta justo ahí: el problema no es amar la verdad, sino usar la verdad como garrote. Cuando la fe se vuelve ideología, ya no se mira al hermano como misterio y don, sino como potencial enemigo o aliado; ya no se discierne, se ficha; ya no se acompaña, se clasifica.
Esa es la perversión que la frase del prefecto deja en evidencia: quienes dicen defender la pureza de la doctrina terminan reduciéndola a una caricatura que poco tiene que ver con el Evangelio vivo de Jesús.
Un cardenal que habla desde la cruz, no desde la teoría
‘Tucho’, además, no habla desde la comodidad de quien mira desde fuera o desde lo alto. Él mismo es uno de los blancos favoritos del pim‑pam‑pum ultra: se le ha acusado de todo –hereje, destructor de la fe, cómplice de ‘agenda globalista’– por atreverse a pensar, por sostener una teología de la misericordia y por ser colaborador cercano de Francisco y ahora de León XIV. Sabe lo que es ver su nombre triturado en blogs, páginas y canales que viven de alimentar sospechas y odio eclesial.
Por eso su frase tiene peso: no es un lamento abstracto, sino la respuesta de alguien que, desde el centro mismo de la Doctrina de la Fe, recuerda que custodiarla no es montar una policía ideológica, sino servir a la verdad de un Dios que se ha revelado como amor.
Y que las listas negras digitales, por muy piadosas que se presenten, son incompatibles con un cristianismo que llama ‘bienaventurados’ a los mansos, a los perseguidos por la justicia y a los que trabajan por la paz, no a los que viven de ametrallar hermanos desde un teclado en clave ideológica.
En el fondo, la frase de Fernández es una invitación a elegir: o seguimos a los que convierten la fe en trinchera y reparten carnés de pureza, o volvemos al Evangelio, que nos prohíbe juzgar el corazón del otro y nos recuerda que, al final, no se nos examinará de ideología, sino de amor.