Faustino Vilabrille, el profeta marginado por la institución, pero abrazado por el Evangelio
"Ahora que ha muerto, tal vez algunos quieran reducirlo a un cura “singular”, a una voz periférica o a un recuerdo incómodo. Sería injusto. Faustino fue, ante todo, un hombre de Dios y del pueblo. Un cura de los de verdad"
Como dice el tópico (aunque en este caso no lo sea), Faustino Vilabrille se ha ido como vivió: con los ojos abiertos sobre el sufrimiento del mundo, la fe pegada a la vida y una palabra libre que no aceptaba el silencio como precio de pertenecer a la clerecía de Iglesia. Sacerdote gijonés, pastor de presos, amigo de África y voz incómoda para los instalados, deja tras de sí una huella de Evangelio vivido en primera persona, sin blindajes clericales ni prudencias calculadas.
Murió Faustino Vilabrille, pero no muere la memoria de un sacerdote de raíz evangélica, de esos que no se conforman con administrar sacramentos, mientras la injusticia devora vidas a su alrededor. Vilabrille fue siempre un profeta de la cercanía y de la denuncia. Sus últimos artículos en Religión Digital -sobre la guerra, el desmesurado gasto militar, la formación de adolescentes y la necesidad de “abrir los ojos”- mantienen intacto el nervio de quien nunca dejó de pensar, rezar y pelear por un mundo más humano.
Un sacerdote con los pies en la cárcel
Faustino no entendía el sacerdocio como una carrera ni como una escalera hacia el reconocimiento eclesiástico. Lo entendía como presencia y testimonio de vida: estar donde está el dolor, escuchar a quienes han perdido casi todo, acompañar sin preguntar primero por los méritos del acompañado.
Su larga dedicación a la pastoral penitenciaria fue la escuela desde la que aprendió a mirar de otra manera. Allí, entre muros, condenas, familias rotas y vidas heridas, descubrió que los últimos no son un asunto marginal de la Iglesia, sino el lugar desde el que se entiende de verdad el Evangelio.
No era el cura del juicio rápido, sino de la segunda oportunidad. No era el capellán de las respuestas fáciles, sino el hombre que sabía que tras cada preso hay una biografía, una herida y, muchas veces, una sociedad que también tiene que rendir cuentas. No era el de las respuestas prefabricadas, sino el de la escucha a fondo perdido.
Aquella experiencia de la pastoral penitenciaria no lo hizo ingenuo. Lo hizo más radicalmente humano. Y, por eso mismo, más cristiano. Quizás por eso, cuando Jesús Sanz le echó, con todo su equipo (más de 35 voluntarios) de la atención a los presos de Villabona, lo que más le dolió fue la razón oficial esgrimida por el arzobispado: "no son gente de Iglesia”. Esa decisión le trajo durante un tiempo por la calle de la amargura de una jerarquía sin entrañas, ¿verdad, Marga?
África en el corazón
África fue una de sus grandes causas, sobre todo Ruanda. No la África de los titulares fugaces, ni la de las fotografías que tranquilizan conciencias occidentales, sino la África real, la de los pueblos empobrecidos, jóvenes sin futuro, comunidades que sostienen la vida con una dignidad que desarma, víctimas de guerras olvidadas y de un sistema económico que extrae recursos y devuelve precariedad.
En su escritura, el compromiso no se agotaba en la emoción. Pedía mirar el origen de las injusticias, nombrar las responsabilidades y desmontar las coartadas que convierten la pobreza en destino. El título de una de sus últimas reflexiones -“Ingente gasto militar en el mundo y en la Unión Europea: ¿No estamos algo locos?”- expresa bien el tipo de pregunta que hacía: no para obtener aplausos, sino para incomodar una normalidad que acepta millones para las armas y migajas para la vida.
En otro de sus textos recientes, titulado sencillamente “La guerra y la paz”, volvía a esa frontera ética que no dejó de atravesar durante toda su vida: la guerra no es una abstracción geopolítica, sino dolor de personas concretas; la paz no puede ser un eslogan, sino justicia, cuidado, diálogo y desarme.
Un profeta marginado
Profeta no es quien adivina el futuro. Profeta es quien se atreve a poner el Evangelio delante de los poderes, incluidos los eclesiásticos. Y Faustino Vilabrille lo fue. Con todas las letras y con la serenidad de quien no busca la pelea, pero tampoco acepta que la obediencia sea sinónimo de hipocresía muda y de mirar para otro lado, para subir en el escalafón clerical.
Su libertad evangélica, su cercanía a los pobres, su apuesta por una Iglesia menos autorreferencial y su voluntad de hablar claro lo convirtieron en una figura incómoda dentro de la diócesis asturiana, especialmente durante el episcopado de Jesús Sanz Montes. Quedó progresivamente relegado de espacios oficiales, pero nunca dejó de ejercer su sacerdocio ni de encontrar púlpito en la palabra, en el acompañamiento y en las causas que defendía.
No fue un marginado por falta de fe, sino precisamente por exceso de Evangelio. En una Iglesia donde a menudo se confunde comunión con uniformidad, Vilabrille defendió la comunión de quienes buscan juntos, preguntan, disciernen y no aceptan que la institución se encierre en sí misma. Su marginalidad fue, paradójicamente, su libertad. Por eso, a pesar de los aires conservadores de su diócesis en los últimos tiempos, él se mantuvo siempre fiel a las comunidades de base, a la teología de la liberación y al foro Gaspar García Laviana.
Una voz que seguía preguntando
Hasta el final, Faustino siguió escribiendo. Sus últimas entradas revelan una coherencia impresionante: “Gran Marginación de la mujer en la Iglesia”, “Abrir los ojos”, “La guerra y la paz”, “Seguimiento del Proyecto de Formación de Adolescentes”, “Lo que tenemos por delante”.Son títulos que resumen una biografía completa, que miraba la realidad sin filtros, resistía a la violencia, cuidaaba a los jóvenes y no abandonaba nunca la esperanza de un futuro distinto.
En su pregunta sobre el gasto militar -“¿No estamos algo locos?”- late toda una teología de quien se niega a aceptar que el miedo sustituya a la fraternidad, que la seguridad se compre con armas y que los pobres paguen siempre la factura de los poderosos. En su insistencia en “abrir los ojos” queda la invitación que deja como testamento el no pasar de largo ante los crucificados de la historia.
Se fue Faustino Vilabrille y deja una Iglesia un poco más pobre de títulos y bastante más rica de memoria. Fue un sacerdote excelente porque no separó altar y calle, oración y denuncia, pastoral y justicia, cárcel y Evangelio, África y Asturias. Nunca quiso una Iglesia acomodada, autoritaria o encerrada en la sacristía; quiso una comunidad que se manchara las manos con la vida de la gente, especialmente con la de quienes no cuentan.
Ahora que ha muerto, tal vez algunos quieran reducirlo a un cura “singular”, a una voz periférica o a un recuerdo incómodo. Sería injusto. Faustino fue, ante todo, un hombre de Dios y del pueblo. Un cura de los de verdad. Un profeta que, incluso cuando fue apartado, siguió hablando desde donde hablan los profetas: desde la fidelidad a los pobres, desde la conciencia libre y desde la esperanza obstinada de que el Evangelio todavía puede cambiar la historia.