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El Papa hace balance de su viaje a España

¿Quién saciará la sed de Dios de España?

"Si la Iglesia española quiere responder a la sed de Dios evidente en la sociedad española, tiene que cambiar de tono y de estilo. Tiene que ponerse menos a la defensiva. Ser más humilde; menos corporativa, más evangélica y menos obsesionada por el ruido, más atenta al dolor"

El Papa en España

La gente tiene sed de Dios, y esa es quizás la gran noticia religiosa de nuestro tiempo, confirmada por la reciente visita papal a nuestro país. Lo más interesante es que ya no lo dicen solo los creyentes convencidos, sino también observadores externos que perciben un cansancio profundo frente al vacío, la polarización y la trivialidad.

El Papa y Évole

Jordi Évole lo resumió con claridad en su artículo de La Vanguardia, al señalar el impacto descomunal y el buen recuerdo que dejó el Papa en España: "El éxito de público y de crítica ha sido descomunal. Lo digo sin ninguna ironía. Creo que nadie ha pasado por España en los últimos años que haya dejado tan buen recuerdo en tantísima gente. Personas muy diferentes en ideologías. No hace falta que seas un católico practicante para que este Papa te caído haya bien, que no es mucho, pero, teniendo en cuenta los líderes mundiales que nos han tocado, no está mal".

La reacción laudatoria de Évole indica que existe un hambre de sentido que la Iglesia todavía puede saciar, pero solo si vuelve a presentarse como una fuente limpia, cercana y creíble.

La pregunta no es, pues, si la sed existe. La pregunta es si la Iglesia española está preparada para ofrecer el agua del Evangelio sin contaminarla con sus propias incoherencias. Y ahí aparece el problema central, porque demasiadas personas siguen viendo a la institución como rancia, demasiado pegada a la derecha y demasiado alejada del pueblo.

Y esa imagen no se cambia con campañas de comunicación, sino con una conversión visible del tono, de las prioridades, de los gestos y de las palabras. De arriba abajo, de los obispos a los curas de cada parroquia del país. Si la Iglesia quiere volver a ser escuchada, primero tiene que dejar de sonar a la defensiva y aprender a hablar desde la humildad.

Reparar la herida

El segundo gran requisito es ineludible: afrontar de una vez, de raíz y con verdad, la reparación integral de los abusos del clero. No basta con lamentos genéricos ni con gestos parciales. Hace falta arrepentimiento público, petición humilde de perdón, escucha real de las víctimas y una voluntad decidida de justicia y reparación que no deje zonas de sombra. Sin eso, cualquier discurso sobre misericordia o esperanza queda debilitado desde el principio y de raíz.

Victimas de abusos en España

La autoridad eclesial se la juega en este ámbito de forma decisiva. Una Iglesia que predica el Evangelio no puede permitirse parecer más preocupada por proteger su imagen que por sanar a los heridos. En esta materia no caben matices tácticos: o se actúa con transparencia y valentía, o la sospecha seguirá contaminando todo lo demás. La reparación no es un capítulo accesorio; es una condición moral para que la palabra religiosa vuelva a ser percibida y recibida como buena noticia.

Figuras que orienten

Junto a la limpieza interior hace falta una estrategia pública más inteligente. La Iglesia necesita obispos-estrellas en el mejor sentido de la expresión: figuras mediáticas, serenas, comprensibles y capaces de orientar a una opinión pública que busca referentes. No se trata de fabricar celebridades, sino de reconocer que en una sociedad muy mediática la ausencia de voces reconocibles deja el espacio libre a los extremos y a los sectarismos de figuras como Munilla o Sanz.

En ese sentido, el cardenal Cobo puede asumir un papel decisivo. Su perfil parece más capaz de conectar con sensibilidades distintas y de ofrecer una imagen menos crujiente que la de aquellos obispos que convierten cada intervención en una trinchera.

Si la Iglesia deja la representación pública en manos de voces ultras, hirientes y odiosas, el daño no lo sufren solo quienes las escuchan; lo paga (y muy caro) toda la institución. Por eso también urge dar cancha mediática a laicos preparados, expertos en medios y capaces de hablar en nombre de la Iglesia con naturalidad y solvencia.

Caridad visible

Pero ninguna estrategia comunicativa será suficiente sin una presencia más visible de la caridad. Cáritas y tantas otras asociaciones eclesiales dedicadas a los pobres son, hoy por hoy, una de las mejores cartas de presentación de la Iglesia.

Migrantes esperando al Papa | RD/Efe

Ahí la palabra se vuelve servicio, y la doctrina deja de sonar abstracta, porque se traduce en ayuda concreta, en acompañamiento y en dignidad compartida. Se pasa del predicar al dar trigo. Si la Iglesia quiere parecer menos lejana, debe poner en primer plano esa labor silenciosa y eficaz.

Esa es también la vía más creíble para recuperar la confianza perdida. No se trata tanto de hablar de los pobres, sino con los pobres y desde los pobres. La ternura y la misericordia no son un adorno del mensaje cristiano; son su centro. Y la esperanza no se transmite a base de consignas, sino de gestos que curan la desconfianza y devuelven a la gente la sensación de que Dios no es una idea lejana, sino una presencia que levanta y acompaña.

Una Iglesia que abrace

Si la Iglesia española quiere responder a la sed de Dios evidente en la sociedad española, tiene que cambiar de tono y de estilo. Tiene que ponerse menos a la defensiva. Ser más humilde; menos corporativa, más evangélica y menos obsesionada por el ruido, más atenta al dolor.

Porque la oportunidad evangelizadora es única ante una sociedad que busca, una generación que se hace preguntas, una sensibilidad que ya no se conforma con consignas vacías y una sociedad que despierta de la secularización y empieza a rechazar el consumismo como única vía de sentido.

La cuestión es si la jerarquía sabrá estar a la altura. Si lo hace, el agua del Evangelio volverá a correr con fuerza por los caminos de España. Si no, la semilla seguirá creciendo, mientras otros llenan el vacío con sucedáneos. La Iglesia todavía tiene mucho que ofrecer, pero solo podrá hacerlo si se deja convertir primero ella misma.

El abrazo del Papa a un niño en Tenerife

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