Agrelo: "El mundo de la Iglesia apesta a clero y no a oveja, a paternalismo y no a fraternidad, a señores y no a siervos, a dueños y no a hermanos"
"Mientras el amor no sea la razón de nuestra vida, no seremos pastores sino lobos, no seremos ejemplo sino escándalo, no llevaremos a Dios y nos perderemos a nosotros mismos"
En la cátedra de Moisés…
En la asamblea litúrgica sólo hablamos nosotros, los clérigos: los obispos, los presbíteros, los diáconos.
Nuestra es la cátedra de Moisés.
Me pregunto qué hicimos, qué estamos haciendo, del ministerio que se nos ha confiado: de la palabra de Dios que hemos de vivir y proclamar, del Espíritu con el que hemos sido ungidos, del evangelio que hemos de ser para los pobres…
Me pregunto por lo que el Señor dice de mí, cuando se dirige a los sacerdotes de la Antigua Alianza para denunciar su conducta: “Os habéis separado del camino recto y habéis hecho que mucho tropiecen en la ley” …
Me pregunto por lo que Jesús dice de mí cuando, a sus discípulos y a la gente, les dice: “En la cátedra del Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen” …
Me pregunto por mi modo de “alargar las filacterias y agrandar las orlas del manto” …
El mundo de la Iglesia apesta a clero y no a oveja, a paternalismo y no a fraternidad, a señores y no a siervos, a dueños y no a hermanos…
Olvidamos obstinadamente las palabras del único maestro: “Todos vosotros sois hermanos… Uno solo es vuestro Padre, el del cielo… Uno solo es vuestro maestro, Cristo… El primero entre vosotros, será vuestro servidor…”.
Medicina para ese olvido, antídoto contra esa arrogancia, es la fe confiada en ese “uno solo”, que es “nuestro Padre del cielo”, fe confiada con la que decimos, desde el corazón: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos, altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad…”.
No pretendamos más grandeza que la de servir, la de ser últimos…
No pretendamos más grandeza que la de ser, por la confianza, “como un niño en brazos de su madre, como un niño saciado”.
No pretendamos más grandeza que la de ser, por amor, “como una madre que cuida con cariño de sus hijos…”.
Mientras el amor no sea la razón de nuestra vida, no seremos pastores sino lobos, no seremos ejemplo sino escándalo, no llevaremos a Dios y nos perderemos a nosotros mismos.
Sólo el amor pone verdad en la vida de un pastor: amar, como el Señor nos mandó; amar, como el Señor nos amó; amar, hasta dar la vida, como el Señor la dio por nosotros…
Amar siempre, aunque pueda parecernos ridícula la cosecha del amor que hemos dado… aunque, entre el trigo de la acogida al Evangelio que sembramos, nazca también la cizaña del odio, o del desprecio, o de la indiferencia…
Que nadie pueda decir de nosotros: “En la cátedra de Moisés se han sentado escribas y fariseos, hipócritas y arrogantes, trepadores y amos…”.
Que de todos los pastores se pueda decir: “En la cátedra de Moisés se han sentado quienes hacen visible el amor con que Dios nos ama… presencias vivas de Cristo Jesús en medio de su pueblo… madres, que a todos recuerdan el amor materno de Dios.
Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.