Puede que el amor a los pobres sea el criterio último de discernimiento para saber de la tierra y de la semilla, para saber de Dios y de mí…
"Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón el cuerpo de Cristo que son los pobres: los vergonzantes y los que están a la vista, los de la calle y los de las fronteras, los de cerca y los de lejos…"
La fe pregunta…
“Como la lluvia y la nieve… Así será mi palabra que sale de mi boca… No volverá a mí vacía…”.
“Salió el sembrador a sembrar…”.
“Tú cuidas la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales”.
La palabra “sale” de Dios, de lo alto, como la lluvia, como la nieve, “sale” en busca de la tierra que la necesita para hacerse tierra de pan llevar, para ser tierra que dé semilla al sembrador y pan al que come.
La palabra “sale” de la boca de Dios, como sale la semilla de la mano del sembrador, y cae, alguna, al borde del camino, alguna, en terreno pedregoso, otra cayó entre abrojos, y otra cayó en tierra buena.
A la palabra de Dios que “sale”, se la llamó: “la Ley y los Profetas”, también sabiduría y evangelio; y la llamamos Jesucristo el Señor; él es la “Palabra de Dios hecha carne”, la “Palabra de Dios” que se abaja, se humilla, me busca, se pierde por encontrarme, y, lo mismo que sucede con la semilla, cae en la tierra y muere por darme la vida.
La fe reconoce y confiesa el camino que la Palabra ha recorrido para venir a mi encuentro, un camino que, de modo sacramental, la Palabra vuelve a recorrer cada vez que celebramos la Eucaristía. Allí, de forma real y verdadera, resuenan otra vez la Ley y los Profetas, la sabiduría y el Evangelio; allí, de forma real y verdadera, vuelve a caer en nuestra tierra la semilla que es Cristo Jesús; allí, de forma real y verdadera, la lluvia y la nieve de Dios empapan nuestra tierra para que dé fruto, para que dé semilla al que siembra, y pan al que come.
Ahora la fe me pregunta por la tierra en que la semilla ha caído, por la suerte que la semilla ha corrido en ese campo de Dios que es mi corazón, que soy yo…
Ahora la fe me pregunta por “la Ley y los Profetas”: por el conocimiento que tengo de las obras de Dios, de su obsesión de amor con la humanidad, de su obstinación en hacer de la tierra un lugar de paz y de abundancia para un pueblo en libertad… Me pregunta por el conocimiento, y también por la gratitud y por la alabanza…
Ahora la fe me pregunta por Cristo Jesús, por la suerte de Cristo Jesús en mí, por mi comunión con Cristo Jesús: por si ha germinado en mí la pequeñez de Cristo Jesús, por si han brotado en mí su humildad y su mansedumbre, por si se ha asomado a mis ojos su mirada compasiva, por si Cristo Jesús vive en mí… La fe me pregunta qué ha sido de la pobreza de Cristo Jesús en mí, qué de su entrega, qué de su gracia y de su Espíritu…
Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de fe a la que pertenezco, la familia de Dios en la que soy hijo…
Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón la Eucaristía: la palabra de Dios, que escucho; el Cuerpo de Cristo, que recibo; los hermanos, con quienes recuerdo las obras de Dios y las celebro…
Preguntándome por Cristo Jesús, la fe me pregunta por el lugar que ocupa en mi corazón el cuerpo de Cristo que son los pobres: los vergonzantes y los que están a la vista, los de la calle y los de las fronteras, los de cerca y los de lejos…
Y lo que mi corazón responda con verdad a esas preguntas de la fe, eso dirá con verdad qué tierra soy para la semilla que el sembrador ha sembrado en ella…
Puede que el amor a los pobres sea el criterio último de discernimiento para saber de la tierra y de la semilla, para saber de Dios y de mí…
