¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!
"El científico podrá prescindir de ti, también el hombre de religión interesada: pero los pecadores no podemos, los pobres tampoco… Necesitamos de tu amor, ¡Dios inútil! ¡Dios injusto!: amor sin medida, amor incondicional, amor hasta el extremo…"
¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!:
A propósito de Dios, se dice que dijo Pierre-Simon Laplace: “¿Dios? Ya no necesito esa hipótesis”.
Y mucho antes del astrónomo-físico-matemático-filósofo francés, siempre a propósito de Dios, los hijos del pueblo de Israel comentaban: “No es justo el proceder del Señor”.
¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: Dios siempre más allá de nosotros, tanto que, ni la ciencia lo alcanza, ni la religión lo comprende; Dios siempre más acá de nosotros, tanto que su misericordia nos envuelve, su bondad nos sostiene, su rectitud nos enseña el camino que hemos de seguir.
¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: Amor sin más razón que el amor, Amor de puro dar, Amor encarnado en el seno de una Virgen, Amor revelado en la entrega de un Unigénito, Amor sacramentado en el misterio de una Eucaristía.
¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: Dios despojado de su categoría, Dios esclavo de todos, Dios último, Dios fracasado, Dios al que todos pueden crucificar, Dios, cuyo grito de dolor será olvidado como se olvida el grito de un hombre cualquiera.
“Enséñame, Señor, tus caminos”: llévame a Jesús, llévame al que es “el camino y la verdad y la vida”, para que entre por él, para que lo siga… llévame a Jesús, para que aprenda de él, para que comulgue con él…
“Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas”, y que, lo mismo que los publicanos, lo mismo que las prostitutas, necesito siempre acogerme al abismo insondable de tu amor.
El científico podrá prescindir de ti, también podrá hacerlo el hombre de religión interesada: pero los pecadores no podemos, los pobres tampoco… Necesitamos de tu amor, ¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!: amor sin medida, amor incondicional, amor hasta el extremo…
En la encarnación de tu Palabra, y en el misterio de la Eucaristía, tú has dejado, escrita para siempre, una declaración de amor a la humanidad entera, a toda la creación: Dios pospuesto, Dios olvidado, ¡Dios inútil!, ¡Dios injusto!… Señor y Dios nuestro… “Loado seas, mi Señor” …
P.S.:
“Señor mío y Dios mío”
Hablemos aún de la confesión de fe, que nos legó en herencia el apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”.
Si, en la Eucaristía, en ese espacio, todo del Señor Jesús, que es el relato de la institución, no le damos cabida a otras palabras que no sean las del Señor, eso no quiere decir que la confesión del apóstol no esté llamada a nutrir nuestra vida espiritual, a expresar la hondura de nuestra fe, a fortalecer nuestra esperanza, a mitigar la oscuridad de nuestra noche…
El corazón creyente se apropia de aquella confesión, y va diciendo: “Señor mío y Dios mío”, desde el asombro por la presencia, en nuestras vidas, del Señor resucitado; desde nuestra experiencia de comunión con el sufrimiento de Cristo, con su soledad, con su tristeza, con su abandono… con su muerte; desde la esperanza de compartir su misma vida…
Grabadla en la memoria de la fe: “Señor mío y Dios mío”. Hasta que él venga.
