Humanidad luz…
"Hoy, para quienes nos llamamos cristianos, es muy grande el riesgo de estar recorriendo caminos que ocultan a Dios en vez de manifestarlo"
Lo dice el profeta, y es oráculo del Señor: “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne”.
En realidad, el profeta, aunque parece hablar de los pobres, nos está mostrando a todos el camino de la justicia; si recorremos ese camino, nuestra vida se hará luz, nuestra oscuridad se iluminará como el mediodía, y también de nosotros se podrá decir con verdad: “En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo”.
El alma, matriz de la piedad y la misericordia, se ha ausentado de los ojos desahuciada por la codicia
La humanidad vive tiempos de sumisión a la mentira: la riqueza -el bienestar- de unos pocos, se levanta sobre la pobreza -sobre el sufrimiento- de una multitud; un mundo, engañosamente libre, se ha llenado de verdaderos esclavos; el alma, matriz de la piedad y la misericordia, se ha ausentado de los ojos desahuciada por la codicia… El otro, el diferente, el desconocido, ha dejado de ser yo, para ser un obstáculo en mi camino, un posible competidor, un posible enemigo, una amenaza para la tranquilidad de mi vida.
Por su parte, en estos tiempos, el mundo de la religiosidad tampoco parece ir muy de la mano con la autenticidad y la verdad. En los días del profeta, eran engañosos los ayunos y las penitencias, los ritos y las ofrendas. En los días de Jesús, los valedores de la fidelidad a la ley, los que velaban por el respeto de la sacralidad del sábado y del templo, los defensores de Dios, todos se confabularon para llevar a la cruz al Hijo de Dios… Y hoy, en la Iglesia, corremos el riesgo de engañarnos a nosotros mismos con una religiosidad de esclavos, con ritos que tranquilizan la conciencia, con experiencias de consolación, con doctrinas, que no pasan de ser ideología religiosa, y que confundimos con la verdad; hoy, para quienes nos llamamos cristianos, es muy grande el riesgo de estar recorriendo caminos que ocultan a Dios en vez de manifestarlo…
En este mundo lleno de pobrezas y de oscuridad, resuena la palabra de Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”, una luz encendida “para que alumbre a todos los de casa… para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. No les dijo: Que vean vuestros ayunos y mortificaciones, que vean vuestros ritos y vuestras manifestaciones, que vean vuestras limosnas, que vean vuestra felicidad o vuestras penas. Dijo: “Que vean vuestras buenas obras”. Y el profeta acudirá en nuestra ayuda para que sepamos de qué va eso de las buenas obras: “Éste es el ayuno que yo quiero”, ésta es la religión que a mí me agrada: “Hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne” …
Cuando a la vista de todos esté tu luz, cuando la que hable sea tu vida, cuando seas humanidad luz, entonces, sólo entonces, dejarás a tu Dios a la vista de todos.
Aquellas trabajadoras de la limpieza que, en la playa del Tarajal, salvaron de morir ahogado a un inmigrante clandestino, ellas saben lo que es “ser luz”, lo que es “dar vida”, lo que es “no cerrarse a la propia carne”, lo que es mirar a otro desde el corazón, lo que es poner a Dios delante de los ojos de un pobre, delante de los ojos de todos…
En la Jornada Mundial de la Vida Consagrada vienen a la memoria del corazón tantos Institutos religiosos que, en la querida Iglesia de Tánger, hacen presente a Dios en la vida de los pobres -felicidades a las Religiosas de Jesús y María, por la fiesta de su fundadora, santa Claudina Thevenet-.
El mundo necesita una Iglesia luz, una humanidad luz.
