Hasta que llegue a ser vida… hasta que llegue a ser pan
"Hoy, escuchando y comulgando, acogiendo la vida que es Cristo Jesús, aprendemos a ser vida, aprendemos a ser pan, aprendemos a servir, aprendemos a dar la vida, aprendemos a ser en el mundo presencia viva de Cristo Jesús"
En la liturgia de este domingo se proclama el evangelio de la resurrección de Lázaro, y lo escuchamos como una catequesis que, en el camino de la comunidad eclesial hacia la Pascua, ilustra, para catecúmenos y fieles, un nuevo aspecto del misterio que nos disponemos a celebrar, misterio encerrado -desvelado- en aquella palabra de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Esa palabra resuena hoy en un mundo de hombres y mujeres que aman sentirse dueños de la vida, y que, por eso mismo, se sienten también dueños de la muerte: desde el aborto a la eutanasia, pasando por todas las formas de violencia homicida -el hambre, las guerras, toda forma de esclavitud-, todo va diciendo que utilizamos la muerte como instrumento de poder a nuestro servicio; la sugestión nos dice que estamos escogiendo lo mejor para salvar la propia vida, cuando, en realidad, lo que hacemos es entrar en un camino que lleva a perderla.
No será Jesús quien discuta la validez de nuestras razones para apropiarnos de la vida; sólo nos recordará: “El que quiera salvar la propia vida, ése la perderá; y quien la pierda por mí y por el evangelio, ése la salvará”. Y hoy, la comunidad eclesial oirá que Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Lo primero que, con esa expresión, entendemos, es que Jesús, al modo de Dios, es “dador de vida”.
Eso que acostumbramos a llamar historia de la salvación es la historia de la obstinación de Dios en dar vida a una humanidad que continuamente escoge para sí misma el camino de la muerte. Jesús es la culminación de esa obstinación divina: en Jesús, Dios en persona desciende al reino de la muerte para dar vida, porque Dios es vida, porque es padre y es madre -dador de vida-, porque es amor, y ha querido dar lo que es, ha querido darse…
Esa vida, la que es de Dios, es la que los catecúmenos van a recibir en el bautismo; ésa es la que los fieles alimentamos en la mesa de la eucaristía; ésa es la vida por la que, con verdad, nos llamamos y somos hijos de Dios.
Pero, al escuchar la declaración de Jesús, “Yo soy la resurrección y la vida”, la fe intuye también el modo en que Jesús da la vida; la Palabra que estaba junto a Dios, se hizo carne y puso su morada entre nosotros, para que llegaran a nosotros la gracia y la verdad; que es como decir: Jesús da la vida haciéndose último, lavando los pies de sus discípulos, haciéndose siervo de todos; Jesús da la vida, perdiéndola; Jesús da la vida, dándose…
Causa asombro pensar que, habiendo Dios amado al mundo hasta darle a su único Hijo para que, todo el que cree en él, tenga vida eterna, el mundo escoja ignorar ese don, no recibirlo, incluso despreciarlo, incluso matarlo…
Causa asombro pensar que podamos despreciar el amor humilde de Dios -nada de extraño que despreciemos todo lo que, a nuestros ojos, se presenta despreciable: los pobres, que lo son por vagos; lo inmigrantes, que lo son por hacernos daño…-.
Causa asombro y estupor pensar que la Palabra de Dios, haciéndose carne, se hizo para todos “pan de Dios, que baja del cielo y da la vida al mundo”, y que lo normal será que no nos interese sentarnos a esa mesa, y que, si lo hacemos, también será normal que lo hagamos por obligación más que por hambre de vida, más que por hambre de Dios…
Es hora de empezar a creer. Hoy, escuchando y comulgando, acogiendo la vida que es Cristo Jesús, aprendemos a ser vida, aprendemos a ser pan, aprendemos a servir, aprendemos a dar la vida, aprendemos a ser en el mundo presencia viva de Cristo Jesús.
La eucaristía es la escuela en la que Jesús nos enseña a ser como él…