La pregunta será sólo sobre el amor…
"Al Evangelio no le importa lo que ven en Ceuta tus ojos de político, de estratega, de informador, de observador, de soldado, de ciudadano; siempre que tú te hagas evangelio para ellos… si te obstinas en no ser evangelio para ellos, por favor, no ofendas a Cristo acercándote a comulgar"
“Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”.
“Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor”.
“La plenitud de la ley es el amor”.
“Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”.
El hecho es que, en estas reflexiones semanales y en las homilías, lo mismo en las dominicales que en las feriales, parecemos obsesionados con los pobres: hablamos de ellos como si fuera necesario hacerlo, como si fuera ineludible; los reconocemos presentes en todas las páginas del evangelio, hasta en el forro; los traemos a la memoria una y otra vez, con razón y sin ella; curiosamente, a ellos no les echamos sermones: sólo nos ocupamos de recordar cosas al rico epulón, y nada le decimos al pobre Lázaro.
Se pudiera pensar que tenemos ojeriza a quienes, disfrutando de las riquezas que han acumulado con su buen saber, se olvidan de quienes pasan necesidad.
Pero la realidad es que, esa obsesión con los pobres, si algo tiene de amor al pobre, tiene mucho más de amor al rico: es una obsesión por salvarle la vida, y, de paso, es la necesaria preocupación por salvar la nuestra.
El profeta lo dijo así: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”.
El salmista los dijo así: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor”.
Jesús nos lo dice así en su evangelio: “Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”.
La Iglesia lo evoca así, en el cántico al Evangelio: “La plenitud de la ley es el amor”.
Intentemos ir con ellos -con el profeta, con el salmista, con Cristo Jesús, con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia- hasta la ciudad de Ceuta -no hay español que, durante el último mes, no haya estado en Ceuta todos los días-: La Iglesia y Cristo, el salmista y el profeta, no entienden de vallas ni de fronteras, no discuten de territorios, tampoco de nacionalidades, no tienen prioridades nacionales, ni afinidades religiosas, tampoco distinguen entre nuestros y ajenos… La Iglesia y Cristo, el salmista y el profeta, se ocupan de “hablar al malvado”, siempre con la esperanza de que deje de serlo y se salve; se ocupan de hablar al creyente, para que se mantenga siempre atento a la voz del Señor, ¡y se salve!; se ocupan de ayudar a quien lo necesita, y lo hacen siempre por obediencia al mandato del amor, tan simple él y tan inabarcable, tan hermoso y tan arduo, tan de Jesús y tan nuestro.
Al Evangelio no le importa lo que ven en Ceuta tus ojos de político, de estratega, de informador, de observador, de soldado, de ciudadano; puede que, incluso, no le importe que, al hombre, a la mujer, al niño que han entrado de aquella manera en la ciudad de Ceuta, se te escape llamarles invasores, los consideres una amenaza, o los mires con recelo; nada de eso le importará al Evangelio, siempre que tú te hagas evangelio para ellos, siempre que tú seas buena noticia para ellos, siempre vayas a ellos para socorrerlos, siempre que te hagas su prójimo, sencillamente porque necesitan de ti para vivir con dignidad.
Y, si no es así como tratas al pobre que ha llegado hasta ti -no hace falta que sepas cómo ni por qué-, si te obstinas en no ser evangelio para ellos, por favor, no ofendas a Cristo acercándote a comulgar: no reclames de Dios para ti, lo que tú no estás dispuesto a ofrecer a tu hermano necesitado.
Será saludable que lo piense antes de acercarme a comulgar.
Feliz encuentro con Cristo y con los pobres.
