"Señor mío y Dios mío": Cuando lo piadoso no se identifica con lo virtuoso
"En la Eucaristía, la presencia real de Cristo se presupone, no se confiesa. A la Eucaristía se va para comer y beber: comer el Pan de la vida, beber el Cáliz de salvación, para formar todos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia…"
Sucede cada domingo: la comunidad creyente escucha la palabra de Dios y, en conformidad con el mandato recibido, celebra en memoria del Señor la Eucaristía.
Sucede en cada celebración: la palabra de Dios anuncia lo que en el sacramento se realiza; y los fieles, escuchando lo que nuestro Dios nos dice, nos disponemos a gustar lo que él hace en nuestro favor.
Esto es lo que hoy escucharemos: “Buscad al Señor… invocadlo… Que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor”.
¿De quién se preocupa el profeta? No de Dios, sino del malvado y del criminal. ¿Por qué les dice: «buscad, invocadlo, regresad»? Porque es Dios quien los está buscando, es Dios quien los llama, es Dios quien suplica. ¿Para qué los busca? No pienses que busca restablecer el orden violentado, o afear al criminal su conducta, o humillar al malvado ante la asamblea de los santos; Dios busca a quien salvar, Dios nos busca para ofrecernos piedad y perdón, Dios busca al pecador para que viva.
Que es el Señor quien anda atareado en la búsqueda del hombre nos lo dice también el salmista, y unos a otros nos lo vamos repitiendo como estribillo de nuestra oración: “Cerca está el Señor de los que lo invocan”. No hemos dicho que el Señor está en todas partes, o que nada se oculta a su mirada; hemos dicho que “está cerca”, y, en la humildad de ese adverbio de lugar, encerramos la grandeza de Dios, su clemencia, su misericordia, su piedad, su bondad, su ternura con todas las criaturas. Por eso, su palabra nos dice «buscad al Señor» porque él está cerca, «invocadlo» porque él es clemente y misericordioso.
No pienses, pues, que Dios es simplemente quien invita o manda, y tú eres el que se ha de poner a la tarea de hacer lo mandado; cuando te dice: «búscame», él ya se ha puesto a tu lado para que lo encuentres; cuando te dice: «invócame», ya ha entrado en tu corazón para que le hables.
De esta tarea de Dios da testimonio Jesús en el evangelio, cuando habla de aquel propietario derrochador, “que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña… salió otra vez a media mañana… salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde… salió al caer la tarde”. Cuando el propietario dice a los jornaleros: «Id a mi viña», él ya «ha ido» a la plaza, donde estaban los que necesitaban un jornal. Dios busca a quien dar el salario del día.
El que nos dice: «Buscad», él es el que ya ha salido a buscarnos; el que nos dice: «Id», él es el que ya ha venido a nosotros. Y este misterio de gracia, no es algo que sucedió una vez en el pasado y para otros, sino que es lo que en esta celebración vivimos los creyentes.
Considera la asamblea eucarística a la que perteneces: es una comunidad de hombres y mujeres que, en busca de Dios, invocan al Señor, piden cumplir en sus vidas la voluntad de Dios; es una comunidad de creyentes que buscan, invocan y piden, porque han experimentado que “el Señor está cerca”, que “el Señor es clemente y misericordioso… bueno con todos… cariñoso con todos”. Aquí buscamos al que desde siempre nos busca; aquí invocamos al que desde siempre es nuestro auxilio; pedimos al que por entero se nos ofrece antes de que nada pidamos.
Y ahora piensa en la comunión que vas a hacer: Tú te acercarás para recibir a Cristo, abrirás los labios como un niño que se dispone a comer, extenderás la mano como un pobre que espera una limosna; y allí, en Cristo, hallarás que tu Dios se ha acercado a recibirte, se ha hecho alimento para que comas, tesoro para tu necesidad.
P.S.:
“Señor mío y Dios mío”
Cuando la devoción oscurece la realidad
Supongo que son sus párrocos quienes, entre los fieles de sus comunidades parroquiales, van extendiendo la costumbre de repetir, en la Eucaristía, después de las palabras del Señor sobre el pan y sobre cáliz de vino, la confesión de fe del apóstol Tomás ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.
Que unos párrocos promuevan tal práctica, manifiestamente abusiva, puede entenderse como un intento, seguramente bien intencionado, de que los fieles se muestren activos durante la celebración, y que, al mismo tiempo, hagan un acto de fe en la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Lo que ya se entiende menos es que los obispos, obligados a velar por el bien de los fieles, lo toleren o lo impulsen, pues, en este caso, lo piadoso no se corresponde con lo virtuoso.
Para empezar, nadie está autorizado a introducir, en ese momento ritual, un elemento extraño a la celebración.
En la celebración eucarística, con el relato de la institución -la mal llamada “consagración”-, se nos recuerda el mandato del Señor, y se nos da razón de lo que estamos haciendo en la celebración, que es cumplir ese mandato.
El del relato de la institución es un momento particularmente significativo de la liturgia eucarística, en el que se nos recuerda que la eucaristía es la cena del Señor, es un banquete de bodas -se habla de una “alianza nueva y eterna”-, es una memoria verdadera, real, de Cristo Jesús, de su obediencia al Padre, de su vida entregada, de su amor hasta el extremo; la Eucaristía es memoria del amor con que Dios nos ama, del Hijo de Dios, que se entrega por nosotros –“en favor nuestro”-, de su sangre derramada por nosotros y por todos –“en favor nuestro”-.
Ese mensaje que el relato de la institución transmite, desaparece de la perspectiva de los fieles, cuando se les enseña y se les lleva -se les obliga- a decir: “Señor mío y Dios mío”, una aclamación, con la que se traiciona el significado de la celebración eucarística, y se traiciona también la confesión del apóstol Tomás, pues deja de ser confesión de fe en la resurrección del Señor, para ser nuestra confesión de que Cristo está realmente presente en las especies sacramentales.
En la Eucaristía, la presencia real de Cristo se presupone, no se confiesa.
A la Eucaristía se va para comer y beber: comer el Pan de la vida, beber el Cáliz de salvación; comer de un mismo pan, para formar todos, por la acción del Espíritu Santo, un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia…
Y dado que, para el apóstol Tomás, la exclamación: “Señor mío y Dios mío”, fue una confesión de fe en Cristo resucitado, bueno será que aprendamos a confesar que Cristo resucitado está presente y hemos de venerarlo, respetarlo y honrarlo, no sólo en la Eucaristía, sino en la palabra de Dios, en la comunidad eclesial, en los pobres, en la humanidad entera, en la creación entera, pues, en todos esos sacramentos, está realmente presente, y obstinadamente olvidado.
Si veneramos a Cristo en los pobres, ya no hará falta que nadie nos recuerde su presencia en las especies eucarísticas, porque ese recuerdo será parte entrañable de nuestra vida…
