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El Papa, con las víctimas

LLEGAMOS A SENTIR EL AMOR A DIOS

Te irás dando cuenta que el amor a Dios llega a nosotros después de llevar muchos años amándole, haciendo oración, dedicándole mucho tiempo a la lectura sagrada. No sé cómo explicarme. No quiere decir que antes hubiera desamor o desinterés. Incluso en los primeros años de la conversión este amor a Dios parecía como más sensible. Pero después de muchos años en su servicio, es del todo imprescindible, como la sustancia de la propia vida. Esa al menos es mi experiencia y supongo también la tuya.

A pesar de ello, es verdad aquel dicho de Arróniz: "El cántaro creía que tenía sed, y era la fuente la que tenía ansias de desbordar los vacíos del cántaro". Por eso, nada de orgullo propio. Es Dios quien infunde en nuestras almas ese amor hacia El, si perseveramos en la Fuente.

Le pido a Dios para ti y para mí, un amor hacia El lleno de ternura, ese amor afectivo que se llama santidad y que nos impulsa al amor hacia nuestros semejantes. Nuestra alma con este amor se va robusteciendo vez más. Por esto suspiro en la vida espiritual: el gran amor a Dios. Que sea como el fuego que obliga a crepitar las leñas y a hervir al agua; que nos mantenga en constante suave tensión amorosa; llenos de fervor. Si para ello nos viene bien que nos inunde con sus consuelos, vengan los consuelos en abundancia; si para ello nos ha de probar con el sufrimiento, que lo mande, pero que sea un dolor que nos refuerce en ese amor. Dicen que crece el amor cuando llega el sufrimiento. Para que crezca será preciso abundancia de amor.

Hemos de envidiar y admirar a los santos verdaderamente enamorados de Dios. Hemos de colocarnos a "tiro" para que El nos inunde de su amor.

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