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Pedir a Dios esa dificil facilidad

Son confidencias a un amigo religioso o sacerdote, monja, diácono o seminarista

No sé si tú pensarás lo mismo. La experiencia de mi vida pasada es un poco negativa cuando miro la cantidad de resoluciones estériles de ella. Muchos ensayos han acabado mal porque han comenzado mal. Me he perdido muchas veces en mi agitación humana. Y he sufrido inútilmente porque las cosas no salían a medida de mi deseo.

A veces comenzaba bien un asunto, pero con el tiempo olvidaba poner todo mi apoyo en Dios, y me roía la amargura. Me voy dando cuenta: en el fondo casi todas cosas nacen de mi interés, de mi amor propio y muy pocas brotan de una total pureza de intención.

He tenido demasiada fe en mí mismo y no demasiada en la ayuda del Señor. Pero es bueno advertir esto para ir enmendando la plana propia y colocando todo en su debida escala de valores.

Puedo decirte, querido amigo: el aumento del fervor en mi alma comenzó hace ya bastantes años: en 1976. Me di cuenta de que la vida transcurre con rapidez. Todo se va terminando poco a poco. La mitad de mi existencia terrena ya había pasado y tal vez con creces.

Los ejercicios espirituales anuales con los amigos me iban

estimulando cada vez más. Después la lectura espiritual todos los días del año me ha ayudado a mantener encendida la lámpara de mi alma.

Lo importante es ir aumentando el amor a Dios y al prójimo. Ir creciendo en la caridad. ¡Lástima que en mi vida se produzcan tantos altibajos! Jesús en su misericordia nos va dando esa "difícil facilidad".

Si merece la pena vivir es para amar a Dios y para servirle. Y esto se olvida con tanta frecuencia...

¡Entregarnos a El en la oración y a todas las horas! Yo no

entiendo ya la vida de otra manera.

Vamos creciendo en edad. Ahora se aceptan con más fe y confianza situaciones y problemas, que al principio de nuestra vida espiritual nos hubiera parecido imposible. Los años pasan y vamos recibiendo muchos golpes en la vida.

Y todo esto lo vamos realizando en la oscuridad de la fe. La presencia de la Trinidad en nuestras almas no suple el acto de fe.

No hay sustitutivo para la fe. El Señor desde nuestro interior va elaborando la obra de santificación y nos va sosteniendo en la esperanza, pero nada suple a la fe. Será, como quiere San Juan de la Cruz, que tanta luz produce oscuridad; no lo sé. Aun en la mayor oscuridad sentimos destellos de Su presencia. El nos va ayudando poco a poco a perseverar, a aceptar, a tener deseo constante de ser mejores. Según pasa el tiempo nos parece fácil cosas que antes se nos antojaban poco menos que imposibles. ¡Qué bueno es el Señor!

José María Lorenzo Amelibia

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