Subir en el ranking social
Subir, ocupar puestos de relumbrón. Es la gran aspiración de gran parte de los humanos. Para conseguirlo se cometen los mayores disparates; con frecuencia se llega para ello incluso a matar. Y no ocurre esto tan solo en el mundo de la política; también en lo profesional, en lo eclesiástico, en todo. Y todavía se aprecia con mayor fuerza el anhelo del ascenso, cuando lleva consigo aumento del peculio.
Distinguirse del común de los mortales atrae muchísimo. El puesto de prestigio, ser el primero, ganar a los demás. Todos saben que se trata de algo efímero; meros fuegos de artificio. Pero… ¡al fin he llegado!
Impresiona más este fenómeno en el mundo eclesiástico, porque, al aspirar a las alturas, al saber que lo importante está en la otra vida, al disfrutar de una fe más o menos profunda, parece que habrían de considerarse como niñerías y futilidades circunstancias como las de ser arzobispo o cardenal.
Pero no; también aquí el criterio mundano hinca sus raíces en los célibes sacerdotes o religiosos. Porque el voto de castidad, si no llegamos a sublimarlo hacia la verdadera entrega a Dios y a las almas, puede cegarnos, y de alguna manera conducirnos a buscar una compensación humana. La más frecuente, llegar a altos cargos, ser poderoso. Mangonear.
Y estas personas que se han metido en el círculo del poder, en el fondo inmaduras, hacen mil filigranas para subir en el escalafón. Varios papas han llamado la atención a sus sacerdotes que no traten de “hacer carrera”. El peligro es constante.
En ocasiones se han considerado como más válidas para desempeñar el cargo de importancia, a aquellas personas que nunca lo han pretendido. Tal vez tampoco sea esta la solución.
Dentro del clero, el aspirar por puestos de relumbrón es bochornoso, antievangélico. Y pienso que el haber creado estamentos como el de prelado doméstico, canónigo, canónigo honorario y otras lindezas no rima demasiado con el espíritu evangélico que Jesús nos enseñó.
José María Lorenzo Amelibia
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