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Una anciana que se escribía cartas

Hace pocos días me enteré de una noticia que me ha sorprendido: una anciana culta, bien puesta y que vivía en amarga soledad, cada semana se escribía una carta a sí misma; la franqueaba; la echaba al buzón; y a los dos días la recibía. Enseguida la abría y leía con toda ilusión, como si fuera de una amiga o familiar.

¡Qué dura la soledad para muchas personas!

Existen por fortuna asociaciones para pensionistas en las

que se brinda la posibilidad de mutua compañía. El ser humano, salvo limitadas excepciones, está creado para vivir en compañía. Todo cuanto hagamos para favorecer y potenciar las relaciones humanas cordiales será poco. Incluso dentro de los estatutos de este asociacionismo altruista, debiera existir la idea de ofrecer sistemáticamente posibilidad de afiliarse a personas que, por ignorancia o timidez, nunca se acercarían a unos locales extraños para ellas.

Pero también es bueno apreciar el aislamiento relativo e incluso el casi absoluto de los eremitas. Nos enriquecemos dedicando largos ratos al estudio, a la oración, al sosiego íntimo. ¡No temamos tanto la soledad! Los grandes genios y los santos eminentes se han fraguado en horas eternas junto a sus libros o al lado del Sacramento del Amor, la Eucaristía.

Me producía admiración respetuosa el caso de la señora que se

escribía a sí misma. Pero ¿has probado alguna vez practicar la oración por escrito? A mí se me había ocurrido hace ya tiempo, aunque de tarde en tarde. Me resultaba un poco extraño; pero desde que leí que el Beato Foucauld durante largas temporadas se dedicaba a este ejercicio de oración escrita, me resulta más familiar y lo hago con mayor frecuencia.

Y, a decir verdad, de esta forma parece más fácil mantener la atención en Dios a quien dirigimos unas líneas.

Además, como no las echamos al buzón, pues los carteros no llegan hasta el Cielo, y Dios lee los escritos igual que los pensamientos, podemos repasar nuestras plegarias en épocas de aridez. Disfrutamos de nuevo repitiendo una oración que en su día enviamos al Señor.

Por si a algún enfermo, anciano o solitario le sirve de algo,

¡ahí queda eso! La respuesta del Cielo siempre llega, aunque no en forma de escrito, por supuesto.

José María Lorenzo Amelibia

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